Opinión | Editorial
Mujer y ciencia en Canarias
La ciencia no es un club cerrado ni un itinerario reservado a quienes pueden permitirse años de incertidumbre. Si el conocimiento es un proyecto colectivo, también lo debe ser la creación de las condiciones para que las personas con talento puedan desarrollarlo.

Las investigadoras Ana Raquel Díaz, Carmen Elisa Díaz e Irma García en uno de los laboratorios del CSIC / Andrés Gutiérrez
La ciencia canaria se enfrenta a una paradoja difícil de justificar en pleno siglo XXI. Mientras el discurso público insiste en que la generación de conocimiento es un proceso colectivo, diverso y cooperativo, una parte sustancial del talento se queda fuera o abandonado en el camino. La brecha de género en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas no es solo una cuestión de justicia social: es un problema de pérdida de capital humano que no se debería desaprovechar.
Desde edades tempranas, los datos reflejan una orientación desigual. Las chicas continúan dirigiéndose mayoritariamente hacia Ciencias de la Salud y ramas sociales, mientras los chicos copan las vocaciones en Ingeniería e Informática. No se trata de una diferencia de capacidades. La falta de referencias femeninas cercanas en ámbitos científicos y tecnológicos, unida a una orientación académica insuficiente, contribuye a moldear decisiones vitales cuando todavía se desconocen todas las posibilidades. Que la mayoría del alumnado no sea capaz de nombrar a una científica canaria es síntoma claro de este déficit.
Iniciativas parlamentarias que impulsan indicadores de género en políticas de I+D+i, formación para detectar sesgos en comités de evaluación, medidas para no penalizar interrupciones en la carrera investigadora, jornadas divulgativas, mesas redondas con investigadoras y programas que acercan la ciencia a adolescentes no deben ser gestos simbólicos. Tampoco mostrar a mujeres que lideran proyectos en inteligencia artificial aplicada al medio ambiente, en ingeniería de materiales sostenibles o en tecnologías marinas, como ha ocurrido esta semana en Canarias con motivo del Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia.
Sin embargo, la cuestión de fondo es estructural y afecta al modelo de carrera científica. En las Islas, como en el resto del país, la trayectoria investigadora se caracteriza por una precariedad prolongada: contratos temporales ligados a proyectos, estancias mal remuneradas o sin remunerar y una estabilización que, en muchos casos, no llega hasta pasados los 40 años. Este itinerario coincide con una etapa biográfica en la que se concentran decisiones personales inaplazables, como la maternidad.
Aunque la legislación ha avanzado y ya no penaliza bajas por maternidad o paternidad en las evaluaciones, persisten efectos indirectos. No se trata solo de meses fuera del laboratorio, sino de un sistema basado en métricas de productividad continua, alta competitividad y disponibilidad casi absoluta. Cualquier interrupción es una desventaja. El resultado es un goteo silencioso: investigadoras que ralentizan su progresión, renuncian a optar a determinadas plazas o abandonan la carrera científica.
Este fenómeno no puede interpretarse como un problema individual. Es un desajuste entre un modelo laboral pensado para trayectorias lineales y unas vidas reales que no lo son. Y, aunque también afecta a los hombres, las mujeres soportan una presión añadida por la desigual distribución de los cuidados y por expectativas sociales que les asignan la responsabilidad principal en la esfera familiar.
Para una región que aspira a posicionarse en ámbitos estratégicos como la astrofísica, la oceanografía, la vulcanología o las tecnologías vinculadas a la economía azul, esta fuga de talento tiene consecuencias. Cada vocación que se pierde es una oportunidad menos de innovación, de transferencia de conocimiento y de desarrollo económico. No se trata de incorporar mujeres al sistema tal como está, sino de revisar el sistema para que no expulse a parte de quienes entran.
Es imprescindible reforzar la visibilidad de científicas canarias, introducir asesoramiento estable en todas las etapas educativas y anticipar la orientación profesional. Hay que consolidar carreras investigadoras a edades más tempranas, ofrecer estabilidad y diseñar evaluaciones que reconozcan trayectorias diversas. La conciliación no debe ser un asunto privado que cada investigadora resuelve como puede.
La ciencia no es un club cerrado ni un itinerario reservado a quienes pueden permitirse años de incertidumbre. Si el conocimiento es un proyecto colectivo, también lo debe ser la creación de las condiciones para que las personas con talento puedan desarrollarlo. Canarias, con su potencial científico y su tamaño, tiene la oportunidad de convertirse en laboratorio de buenas prácticas. Perder ese tren sería un error no atribuible a la falta de recursos, sino a la falta de voluntad.
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