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Opinión | Retiro lo escrito

No valdrá la pena

Marc Anthony

Marc Anthony / Andrés Gutiérrez

Alguien que sabe mucho (pero mucho) de los cachés de artistas conocidos internacionalmente y que protagonizan giras por América y Europa me asegura que el millón cuatrocientos mil euros que le pagará el ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria a Marc Anthony por su concierto carnavalero supone un escandaloso disparate. El caché actual de Marc Anthony es de 750.000 dólares. ¿Por qué Carolina Darias y sus mariachis le pagan casi el doble? Es difícil saberlo. Las respuestas son varias y complementarias. Pero la primera aparece enseguida. Es muy obvia. Darias paga toda esa pasta por su crasa y ensoberbecida ignorancia. Porque en materia de artísticas internacionales y chachés no tiene ni puñetera idea, y como tantos políticos engreídos, no va a reconocerlo ante nadie. Así que le responde a algún sobrerito en las oficinas municipales que lo de Marco Antonio le parece maravilloso y le sueltan:

-Y lo podemos conseguir solo por 1.400.000 dólares. Un chollo, Caaa-rooolll.

--Desde luego.

-Y es bajito como tú. Como todos los grandes genios creativos de la Historia. ¿Sabes cómo se titula su canción más conocida?

-No. ¿Cómo?

-“Valió la pena”. Es casi un lema tuyo. Valió la pena. “Valió la pena votarte para estar contigo amor./Tú eres una bendición./Las horas y la vida a tu lado nena/están para vivirlas, pero a tu manera/. Y enhorabuena/porque valió la pena”.

-Chos. Chos. ¿Tú te encargas?

-Claroooo. Tengo un amigo que tiene un amigo que tiene un amigo. Son cuatro amigos que se mueven casi por nada.

-Pues palante.

Sin embargo un servidor sostiene que la razón principal que explica el derroche con el artista neoyorkino es que Darias y su equipo no tienen un proyecto. Y no me refiero a un proyecto de carnaval, que tampoco. No han pensado ni construido socialmente un proyecto de ciudad digno de una capital como Las Palmas. Actúan espasmódicamente entre tensiones y objetivos cambiantes, revolotean como luciérnagas atontadas alrededor de luces que se apagan y se encienden arbitrariamente, y en ese torpe e indeciso totum revolutum han olvidado tanto las prioridades inmediatas y hasta urgentes como la costumbre de tratar a los ciudadanos como mayores de edad provistos de un cociente intelectual normal, es decir, ligeramente superior al de Pedro Quevedo dormido o despierto. Un proyecto de ciudad es también -paradójicamente - un proyecto de memoria. Respetar y proyectar una ciudad es al mismo tiempo mantener viva su memoria histórica, cultural y sentimental. Si se trataba de celebrar el cincuentenario del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria el protagonismo - y las perras - deberían estar al servicio del propio carnaval y de los carnavaleros que lo han mantenido vivo durante medio siglo ininterrumpido, sin necesidad alguna de gastarse un potosí en una estrella internacional. Es más: el primer medio siglo de carnestolendas debió servir para configurar de una vez una marca atractiva que potencie económica y simbólicamente la fiesta dentro y fuera del archipiélago. Santa Cruz de Tenerife también ha caído en numerosas ocasiones en la tentación de convertir el carnaval en un camafeo de perlas carísimas. Y por supuesto existe espacio y oportunidad para lo propio y lo ajeno. Pero toda la fuerza del carnaval tiene que utilizarse para vivificar su entraña popular y su propia originalidad artística y artesanal, lúdica y crítica, desobediente y cohesionadora. Y después, solo definitivamente después, que vengan artistas célebres, caros y glamurosos como Marc Anthony -a ser posible sin cuatro o cinco amigos de amigos por el medio - puede valer la pena, aunque dudo que alguna vez logren ser una bendición.

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