Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

La moda de la amistad

Mi amigo

Mi amigo / La Provincia

Esta temporada han vuelto los pantalones de campana, no puede faltar la kombucha en tu cesta del súper y no debes salir de tu librería de confianza sin un libro sobre la amistad. Las modas tienen algo tranquilizador: te ahorran decisiones. Te dicen qué ponerte, qué comer y hasta qué pensar. Una intenta resistirse, hacerse la interesante, ir a contracorriente como los salmones, pero la realidad es menos épica. Hace poco me probé unos pantalones de campana que nunca pensé que volverían a entrar en mi armario, tengo una botella de kombucha de jengibre y limón en la nevera y en mi estantería descansan tres libros sobre la amistad comprados en los últimos meses.

El primero que llegó fue Amistad, de Mariano Sigman y Jacobo Bergareche. Lo firman un neurocientífico y un escritor que, además, son amigos y lo publican dos editoriales que también parecen llevarse bien. El libro es diferente; no solo se lee, también se escucha. Y no porque exista versión en audiolibro, sino porque está construido a partir de conversaciones con amigos que después saltaron al formato podcast. Hay personas conocidas -Jorge Drexler, Leonor Watling, Rosa Montero, Marta Nieto- y otras anónimas. Todas reflexionan sobre la amistad en infinitas circunstancias.

He disfrutado con todos los libros sobre amistad que he leído últimamente, pero si hay un territorio donde me incomodan las modas es la literatura. Me inquieta esa sensación de que, de pronto, ciertos temas -salud mental, feminismo, identidad- se conviertan en una especie de salvoconducto cultural. Como si el asunto en sí otorgara calidad y como si hablar de algo que está en la conversación general bastara para otorgarle valor literario.

Pero que la amistad se haya convertido en objeto de ensayo -que la analicemos en vez de simplemente usarla como materia para novelas y cuentos- quizá dice más de nosotros que del mercado editorial. Tiene que ver con la forma en que vivimos. A medida que crecemos no solo cambiamos de gustos o de ideología, se modifica la logística de la vida. El tiempo se encoge. No hay veranos eternos ni semanas con tardeos. Nunca tenemos tiempo, siempre estamos agotados, quedar se deja para otro momento.

Me desespera esa falta de horas, pero también la calidad de la presencia. Quedamos con grupos de amigos o con conocidos y muchas veces, sin darnos cuenta, convertimos el encuentro en una reunión de seguimiento: trabajo, familia, parejas, novedades varias. Yo, la primera. Parece que hacemos un checklist emocional y que nos ponemos al día como quien actualiza una aplicación.

Hace unos días desayuné con un amigo al que conozco desde que teníamos seis años. Fuimos a La Garriga, luego a tomar unas cañas. Cuatro horas. Hacía meses que no nos veíamos. Hablamos de padres que envejecen, de relaciones que empiezan o se rompen, de empleos que nos definen más de lo que querríamos. Pero también de la dificultad de construir un relato propio en un mundo en el que nada dura, de por qué hemos querido tener hijos o por qué no, de películas, de música, del origen de las sillas y los bancos -supongo que el que uno sea arquitecto y otra obsesa de los bancos ayuda-, de cómo se vive en un pueblo. Y, por supuesto, del próximo concierto al que iremos juntos.

No sé cuántos amigos así nos quedan. Amigos con los que la frecuencia del encuentro no determina la intensidad. Amigos con los que la conversación no se limite a un parte de daños -quién ha dejado a quién, qué jefe es insoportable, qué contrato no salió-, sino que sea un lugar donde ensayar la vida. Amigos con los que discutir de política sin miedo a que la sobremesa acabe en ruptura, con los que pelearte porque sí -en todos estos años hemos tenido más de un conflicto- sabiendo que hay camino de regreso.

No quiero amigos que sean solo testigos de mi agenda, que sepan dónde estoy pero no quién soy. Quiero amigos con los que poder pensar en voz alta, incluso cuando lo que pienso es confuso o contradictorio. Y tampoco quiero convertirme en esa amiga que solo queda para pasar lista y salir corriendo. Quizá por eso leemos ahora tantos libros sobre la amistad. Porque intuimos que sostenerla bien no es tan sencillo como nos contaron.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents