Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | El recorte

España la tiene más grande

Pedro Sánchez durante su intervención en el Congreso

Pedro Sánchez durante su intervención en el Congreso

El presidente del Gobierno de Macondo, Pedro Sánchez, ha defendido en el Congreso de los Diputados la excelencia del sistema ferroviario español. Y lo ha hecho a lo machirulo, echando mano de tamaño. Si pusiéramos en línea recta nuestras vías férreas uniríamos el Polo Norte con el Polo Sur. ¡Cágate lorito! Y ahí queda eso: el tamaño sí importa.

Hay que vivir en un mundo onírico, muy extraño, para defender hoy a capa y espada un sistema de transporte que está fallando como una escopeta de feria. No solo por el trágico descarrilamiento de Adamuz, con 46 víctimas, sino por los largos meses de padecimiento que llevan miles de viajeros en trenes detenidos por fallos reiterados. Echando mano de la del argumentario kilométrico y triunfalista del presidente Sánchez, el tamaño del cabreo de los frustrados viajeros de los trenes en España podría ir y volver de la Tierra a la Luna.

Instalado en un agónico fin de ciclo, el Sanchismo se enroca en una permanente defensa ante todo y ante todos. Los escándalos judiciales que afectan al partido -a dos secretarios de organización, un ministro y varios altos cargos- son bulos y una creación de la fachosfera judicial. Los casos que han llevado al banquillo a personas muy cercanas al presidente, fiscal general, esposa y hermano, más bulos de los medios de la derecha y jueces conservadores. El desastre de la red ferroviaria, también mentira de la oposición, que pretende aprovecharse de que ningún sistema es perfecto.

Las elecciones en Extremadura, primero, y Aragón, después, han sido dos aldabonazos que muestran hasta qué punto la imagen crepuscular de Sánchez está afectando al PSOE. Que sea Vox el que esté capitalizando en mayor medida la indignación de los ciudadanos es un misérrimo consuelo: el mal de los otros es siempre un consuelo para los tontos. El tren de Moncloa ya ha descarrilado dos veces y lleva camino de darse dos nuevos estampidos en Castilla-León y en Andalucía. Solo el control absoluto del partido que tiene el presidente está evitando la sublevación de quienes ya saben, fuera de toda duda razonable, que la marca PSOE hoy es un lastre, en vez de un plus.

El mundo imaginario en el que vive Sánchez es uno en el que los españoles, para impedir que este país acabe en manos de la ultraderecha, se pondrán una pinza en la nariz para votarle. Es posible que haya gente que lo haga, pero la realidad está demostrando que el voto de la indignación, tal y como una vez se fue a Podemos, está peregrinando hacia la versión española del patriotismo. A un partido con un líder cesarista que puede presentar de candidato a un recortable de la etiqueta de Anís el Mono: da igual, porque lo que se vota es la marca. Lo que mola es el castigo contra un sistema que no funciona.

Un presidente normal habría explicado a los españoles que ha fallado el mantenimiento de las redes ferroviarias. Que ha crecido el número de trenes, pero no se han modernizado las vías. Que ha fallado la seguridad. Y que todo ello es una responsabilidad compartida por todos los que han gobernado. Pero Sánchez no vive en la normalidad. Ni en la humildad. Morirá combatiendo los bulos, que son, esencialmente, la noticia de su soberbia.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents