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Opinión | En el camino de la historia

Así es la cosa, no pensar y sí obedecer

Paul Virilio.

Paul Virilio. / ED

En un momento de la historia reciente del pasado siglo XX pensadores como Paul Virilio, uno de los raros centinelas que se han atrevido a denunciar los peligros de una revolución cibernética en El cibermundo, la política de lo peor, editado en 1997, intuía que la cibernética mandaría en la conciencia del individuo donde las pérdidas superarían a las ganancias. La pérdida del mundo propio, la pérdida del cuerpo propio tendrá que ser recompensada porque de lo contrario la situación llegaría a ser insoportable para todos.

El tiempo del mundo acabado comienza de nuevo. Es extraño, irreductible, no somos capaces de someterlo, nos somete, y tiene sus asistentes para que nos gobiernen. Son los que se ríen de sí mismos; son poderosos, tienen mando y capacidad de convencimiento. Y lo hacen desde tribunas que titulan, por ejemplo, La Junta de Paz, que es una organización internacional establecida y dirigida por el gobierno de los EEUU para promover el mantenimiento de la paz en todo el mundo. Pero la incongruencia es que la gestión de la paz reporta más beneficios al presidente de la organización y no a los que le acompañan y por supuesto nada o escaso para aquellos que necesitan vivir y desarrollar su vida en paz.

Y si preguntamos a algunos de los canales que distribuyen, controlados por cientos de asesores, que nos expliquen esta incongruencia, dirán «así es la cosa», desde esa originalidad vulgarizada llega la respuesta que no entendemos, pero sí sufrimos. Seguiremos en la inopia donde los conceptos se diluyen sobre sí mismos, arremolinándose en el aplauso que estimula la insuficiencia de la rebeldía.

Y es que ser rebelde se ha convertido en una acción menor disfrazada de una tipología extraña mientras que los filósofos se pierden alejados entre sus muros académicos, los científicos en laboratorio trabajando en la búsqueda de descubrimientos con máximo esfuerzo, casi de manera altruista para que sus hallazgos los rentabilicen al máximo los negocios de los poderosos.

La rebeldía hoy se asoma y se pierde en las pantallas, en sus discursos de influencer, con metáforas rebuscadas en el diccionario de conceptos inservibles manejados por falsos mesianismos, depredadores del ser humano que levantaron imperios, que robaron voluntades con la fuerza que desarrollaron, pero que al final sucumbieron. Y que muy bien pudieron emular, con verdadero entusiasmo, a personajes como Nerón tocando la cítara mientras Roma ardía y aún en sus horas cercanas a la muerte sin desparpajo alguno hasta exclamarían como él «¡Qué gran artista muere conmigo!»

Si preguntamos con cierta timidez en momentos de calma: ¿cuándo acabará la situación, para que no trascienda confundida con fascismos y dictaduras pasadas que costaron la vida a millones de seres humanos bajo el ordeno y mando? ¿Cuándo la razón se abrirá paso ante tanta escandalera mental y llegue el fin de la exuberancia discursiva, que confunde, que empobrece, que nos jibariza, como seres imposibles?

Su respuesta, si esperamos otra, será la de siempre; así es la cosa, menos discutir ante el descalabro mental producido por el cibermundo porque la ganancia está en no pensar y sí en obedecer. Esto lo repiten, una y otra vez.

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