Opinión | RETIRO LO ESCRITO
El ejemplo de Aragón
Vox sube como sube en toda España. Muy pronto alcanzará en las encuestas el 20% de intención de voto, y este crecimiento ya no solo provendrá del PP, sino también del PSOE y la abstención

El presidente de Vox, Santiago Abascal / Ramón Comet - Europa Press
La inmensa mayoría de la población corre el riesgo de ser más inteligente que Tellado, una de los errores más patéticos de Alberto Núñez Feijóo, uno de esos gorditos que creen que se merecen siempre ración doble porque, precisamente, son gordos. Por eso en la noche del pasado domingo Tellado llegó a decir que el PP había ganado las elecciones porque había sacado muchos más votos que el PSOE, muchos más votos que toda la izquierda junta: la doble ración del gordito. Comparó al PP con todo el mundo, salvo con el mismo PP, por supuesto, que respecto a los comicios de 2023 ha perdido decenas de miles de votos y dos diputados. Sobre la ultraderecha Tellado sigue el discurso oficial. Vox es un apéndice molesto, un socio menor frustrado y frustrante, un grano en los glúteos, pero nada puede hacer frente al poderío del Partido Popular.
Ignora bastante o trata de ignorar del todo que el votante de Vox se caracteriza simultáneamente por apoyar a la ultraderecha y renegar del PP. Incluso en muchos colegios electorales y municipios puede haber más de lo segundo que de lo primero: considerar el PP como una alternativa de gobierno inviable, indeseable, inverosímil, periclitada. Un partido adocenado y ergonómico, sin proyecto de país ni visión propia de futuro, tan manchado por la corrupción como el PSOE y bajo un líder débil, poco atractivo y que no convence a nadie. Especialmente entre los jóvenes y la clase media y media baja, y en las pequeñas y medianas ciudades, el PP huele a naftalina, a inoperancia, a sobaco de trepas y aprovechados, a burocracia de sí mismo. Incluso sin Vox tendrían un problema grave. El estólido inmovilismo marianista les dio la puntilla. Tienen un problema tan grande como su voluntad de obviarlo.
Para qué hablar del PSOE. Por poco no sacó su peor resultado en Aragón. Los socialistas se desangran pero son incapaces de frenar las maniobras cesaristas de Pedro Sánchez. El presidente del Gobierno no ha elegido a sus ministros para la lucha por el poder autonómico. Los ha elegido para que sean coronados, antes de meterse en lista electoral, como secretarios generales del PSOE en sus respectivos territorios: una nueva élite al frente de las organizaciones territoriales que mantendrán su lealtad cuando se pierda el poder político. De esta manera Sánchez atornilla aún más su poder interno para protegerse de cualquier eventualidad, movimiento o reivindicación cuando pierda las elecciones.
Vox sube como sube en toda España. Muy pronto alcanzará en las encuestas el 20% de intención de voto, y este crecimiento ya no solo provendrá del PP, sino también del PSOE y la abstención. Lo ocurrido en Aragón debería alertar sobre lo que puede ocurrir en Canarias, especialmente en ayuntamientos y cabildos, pero sin excluir al Parlamento regional. Ya circulan encuestas y no son tranquilizadoras, como el subidón de los ultras en los cabildos de Gran Canaria, Tenerife o Fuerteventura y su multiplicación en los ayuntamientos sureños. En todas esas corporaciones el ascenso de Vox pone en peligro los pactos para mantener mayorías. La derecha radical practicaría el estímulo al desbarajuste o presentaría sus exigencias a gobiernos de centro derecha como los de Coalición y PP, destartalando el ecosistema político canario.
En la Cámara canaria Vox podría –como en Aragón– duplicar los cuatro diputados que alcanzó en 2003. Para mantener un gobierno similar al actual sería imprescindible contar con la ASG y AHI: un pentapartito. Mientras tanto, hacia la izquierda, el PSOE seguiría bajando y se aburriría jugando a la brisca con el par de diputados de Nueva Canarias. Vox, en resumen, estaría en condiciones de formar parte de gobiernos, condicionar políticas, obtener fuentes de financiación, ganar músculo político y comenzar a tejar redes clientelares. La única forma de frenar esta deriva consiste en la unidad democrática y en hacer política en la calle abandonando el cómodo catafalco de los despachos. Claro que volver a hacer política es muy duro y cansado para izquierdas y derechas y viceversa. Se prefiere la gestión, que permite incluso no verles la cara a los administrados.
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