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Opinión | La Calle Nueva

Memoria de la cárcel

El artista  de la fuga apodado ‘Papillon’

El artista de la fuga apodado ‘Papillon’

La primera vez que fui a la cárcel fue a entrevistar a un golfo divertido que era cojo y quería parecerse a Papillón, un francés que se hizo famoso por ser malo. A Papillón lo conocí después en Madrid; había robado y había extorsionado, pero entonces en los periódicos (yo leía Pueblo, fue mi primera suscripción, cuando era un muchacho) se cultivaba mucho la maldad. Así que aquel hombre gordo que llegó a la fama tuvo páginas y páginas de celebración por parte de periodistas que, por otra parte, tenían su propia notoriedad.

Uno de aquellos colegas fue un periodista de Pueblo, precisamente, José María Amilibia, que por cierto era de aquellos que explicaban la vida de los golfos. Uno de sus viajes fue a Tenerife, a ver qué había pasado con un francés que había estado luchando contra los argelinos y que se había situado en la isla, donde había tenido suerte en los negocios, como si fuera un militar mafioso. Se llamaba Jean Paul Raguet.

Pero una parte de la mafia no lo quiso bien y lo mató cerca de su casa (y de la iglesia anglicana) en el Puerto de la Cruz, mi pueblo. Amilibia supo de mi porque yo publicaba en Triunfo y en EL DÍA, y porque yo había escrito para Europa Press (de donde era corresponsal) detalles sobre aquel asesinato.

Entonces los peninsulares que venían a visitarnos eran más bien engreídos y nosotros (por lo menos yo) éramos muy solícitos con ellos. Así que este colega, Amilibia, vino cuando ya habían pasado días de aquel asesinato. Hizo una crónica muy larga y se fue como si hubiera sido el primero en saberse la historia que había pasado entre nosotros.

Aquel personaje al que habían matado, por cierto, era dueño de algunos establecimientos nocturnos que estaban lindando con Martiánez, cuando esta playa del Puerto de la Cruz era como la noche iluminada. Había matones recibiendo a los que fuéramos allí, a bailar o a beber, y en una de esas noches que parecían inacabables yo mismo fui, con algunos amigos, a pasar parte de la noche quizá bailando. Observé, en la puerta del garito, que los que cuidaban la entrada eran muy insolentes, y ruines, con los que no tenían aspecto de ricos, o de guapos. Y los trataban a patadas, literalmente.

A mi me pareció que aquello no era correcto y que tenía que divulgarse en la prensa como un delito nocturno que las víctimas no merecían. Así que lo denuncié en EL DÍA, el periódico que entonces dirigía (y muy bien, por cierto, Ernesto Salcedo, uno de mis primeros maestros, con Elfidio Alonso y con Alfonso García-Ramos). Pocos días después de mi denuncia, que era una pieza periodística sin más, llegó al periódico una demanda contra mi y contra el periódico requiriéndome dineros que de ninguna manera yo estaba dotado para pagar.

A Salcedo le pareció que aquello había que arreglarlo de una vez, así que convocó al denunciante a un almuerzo. Le dijo a Raguet, en un almuerzo al que me llevó, que tampoco era para tanto y que eso se podía arreglar publicando un publirreportaje a favor del garito. Entonces yo debía tener menos de veinte años, era igual de pobre que la mayoría de los periodistas de la época, así que escuché la conversación del director y del dueño de la boîte y me fui de allí con un encargo: «Escribe otra crónica, pero no digas nada de la que ya escribiste».

Jamás me he sentido más avergonzado. Con nosotros estaba el abogado del perseguir, Francisco Sánchez, una persona extraordinaria, que había sido un futbolista magnífico. Me llevó hasta Santa Cruz, y en la Cuesta de la Villa me invitó a beber. Jamás una borrachera limpió así mi pena.

Así que esa fue la primera vez que viví ante el mundo de los golfos, con todas las consecuencias que ahí se expresan, y todo porque ahora me he acordado de aquella vez que fui a la cárcel para entrevistar al papillón español que penó en la prisión de la calle Benito Pérez Armas que estuvo cerca de donde, lo que son las cosas, ahora vivo.

Aquella vez, pues, fui periodista en la cárcel. Poco después regresó a esa misma presión, con un objetivo de enorme tristeza: a animar a un compañero de universidad (y de vida) que había sido encarcelado por sus ideas políticas en aquel tiempo en que la libertad no era ni una palabra.

Franco tenía las cárceles llenas, de estudiantes, de políticos perseguidos, en una época que duró cuarenta años y que nunca se borra de la historia de lo peor de este país, tras la guerra y durante la guerra que fue la paz que vino luego, una paz llena de persecución y de encarcelamientos.

Uno de los encarcelados fue Julio Pérez Hernández, un estudiante que fue perseguido por el Gobierno Civil, igual que muchos que cayeron en cárceles de toda España. Una mañana fui a visitarlo en el aire sin remisión que tiene una cárcel como aquella, preparada para cometer injusticia. Le llevé libros, hablé con él ante las rejas del presidio, y luego llamé, desde la sede del periódico EL DÍA, al gobernador civil de entonces para que reconsiderara aquel encarcelamiento… No tuve éxito, aunque conseguí que aquel gobernador, que luego sería parte de la democracia naciente, me atendiera con bastante solicitud.

Recuerdo nítidamente aquella visita en la cárcel. Las personas son como fueron, con las variantes que se quieran subrayar. Pero lo cierto es que antes de la cárcel y después, en toda su trayectoria de abogado y de político, aquel muchacho que también fue periodista se comportó como si no tuviera ni prisa ni rencor. A lo largo de los años Julio siguió siendo el mismo que era cuando joven, también como se comportaba en aquel presidio y como ha sido, en su pueblo y fuera de él, un caballero que escucha y que ríe y que no guarda rencor ni lo permite.

Otra vez una colega suya, que fue ministra, Carmen Alborg, me llevó a una cárcel cerca de Madrid, para que cantantes flamencos seleccionados por ella entretuvieran a presidiarios comunes. Carmen era generosa y risueña, una mujer feliz que se acercó a la política con devoción y con alegría. Fui su editor y su amigo; una vez la llevé a que conociera a Paul Bowles. Ella se sentía siempre aprendiendo a vivir. La muerte se la llevó pronto, como si rompiera su risa.

Otras veces fui a cárceles, sé de ellas, conozco las penurias que conllevan, y sobre todo me sigue siendo imposible explicar aquella era de ruindad que fue, en mi país, el encarcelamiento de personas por sus ideas.

Estos días el raro gobierno venezolano, que hereda a un sátrapa encarcelado en Nueva York y pone en libertad a los presos políticos que desde hace años están en esas cárceles que alimentó Hugo Chávez, saca de la prisión a cientos de sus encarcelados, porque estaban en contra de sus ideas.

Esta noticia y todos mis recuerdos relacionados con la cárcel refulgen ahora con una tristeza que tiene que ver con la melancolía. La produce el recuerdo de aquella visita a Julio Pérez cuando España era una cárcel arbitraria y ruin como la de Chávez y los sucesores de Chávez. Ahora en Venezuela ya no hay presos por sus ideas. ¿Y quién les quita el tiempo perdido?

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