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Opinión | Horizonte

Pedro Afonso

La aldea de los relojes parados

Relojes.

Relojes. / Unsplash / Jon Tyson

Había una vez una aldea próspera llamada Tiempo Justo. No era rica por sus recursos, sino por algo más delicado: cada habitante sabía que su trabajo sostenía al de los demás.

En la aldea había dos grandes casas. Una era la Casa del Oficio, donde artesanos, comerciantes y agricultores trabajaban juntos. La otra era la Casa del Servicio, donde se organizaban los caminos, el agua, la escuela y la justicia.

Durante años, ambas casas funcionaron como un reloj bien ajustado. Hasta que algo empezó a fallar.

No fue una crisis, ni una tormenta, ni una guerra. Fue algo más silencioso.

Algunos habitantes comenzaron a no acudir. No siempre por enfermedad. No siempre por causa grave. A veces por cansancio, otras por costumbre, otras porque «nadie se daría cuenta».

Al principio fue poco. Un día aquí, otro allá.

En la Casa del Oficio, los que acudían tuvieron que trabajar más para cubrir al ausente.

En la Casa del Servicio, los trámites se alargaron, las colas crecieron y las respuestas llegaron tarde.

Nadie señalaba a nadie. Pero todos lo notaban.

Con el tiempo, ocurrió algo curioso: los relojes de la aldea seguían marcando la hora… pero ya no marcaban el ritmo.

La producción bajó. Los servicios se volvieron lentos. La gente empezó a desconfiar.

— «¿Para qué esforzarme si otros no vienen?» , decían unos.

— «¿Para qué cumplir si nada pasa?» , decían otros.

Entonces apareció la Anciana del Tiempo, que llevaba décadas observando la aldea.

Reunió a todos en la plaza y dijo:

—El absentismo no es solo no venir.

—Es romper el pacto invisible que sostiene a una comunidad.

Señaló primero la Casa del Oficio:

—Cuando uno falta sin causa, no castiga a su jefe, sino a su compañero, a su cliente y a su propio futuro.

Luego miró a la Casa del Servicio:

—Cuando la Administración se ausenta, no pierde eficiencia: pierde legitimidad.

Y concluyó:

—No se trata de vigilar más, sino de entender por qué falta la gente y qué coste tiene para todos.

—Porque una aldea puede sobrevivir a la escasez… pero no a la ausencia constante de compromiso.

Desde ese día, Tiempo Justo no se volvió perfecta. Pero volvió a ser consciente. Y entendieron algo esencial: la presencia no es solo estar, es sostener.

Moraleja: El absentismo no es un problema individual, es un coste colectivo que paga toda la sociedad. Cuando dejamos de cuidar el valor del trabajo y del servicio público. n

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