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Opinión | Análisis

Joan Cañete Bayle

Sánchez y la fatiga tecnológica

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. / LUIS TEJIDO / EFE

Adanistas, tendemos a creer que lo que nos sucede no le ha sucedido nunca a nadie antes. No suele ser cierto. Tampoco en el campo de la comunicación de masas y el periodismo. Pedro Sánchez propone prohibir el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales, con el argumento de que el mundo digital es «el salvaje Oeste». Listo y astuto como suele, olisquea que la fatiga tecnológica (de las pantallas, de las redes sociales) es un tema de conversación de importancia creciente. ¿Quién no se desespera al ver a los adolescentes absortos en su móvil, ajenos al mundo?

El anuncio ha generado las reacciones que cabía esperar. Políticamente, Sánchez se erige en baluarte contra los tecnobros (el dirty Sánchez de Elon Musk); legalmente, la medida despierta muchas dudas; en el terreno de los principios, las tecnológicas apelan a grandes conceptos como la libertad, la innovación y el mito de la neutralidad tecnológica; generacionalmente, los chavales ven el vídeo de Sánchez en TikTok y pasan al siguiente.

Una de las grandes mentiras del mundo digital (y de quienes de él viven, en algunos casos muy bien) es que plantea retos nuevos que la sociedad o el periodismo desconocían. En el terreno de los medios de comunicación de masas y el periodismo no es así. El periodismo no nació regulado, imparcial ni con códigos deontológicos. Al contrario. Las Acta Diurna romanas eran propaganda del poder; las Gazzette en Francia o en lo que hoy es Italia eran un compendio de rumores e intereses comerciales; las primeras noticias que circulaban de mano en mano eran puro sensacionalismo: crónicas de guerras, ejecuciones o milagros dramatizados, exagerados, con moralejas.

Anónimos y pseudónimos fueron la base de los libelles franceses, claves para denunciar abusos, pero también para ajustes de cuentas en la Revolución Francesa. Las llamadas hojas volanderas se leían en voz alta en lugares públicos ingleses, como mercados, y viralizaban crímenes y escándalos con estilo sensacionalista. La prensa amarilla del siglo XIX (Hearst, Pulitzer) inventó el clickbait, primó las emociones sobre los hechos y llegó a cotas inimaginables, como crear una guerra con la explosión del USS Maine. A la radio se le atribuyó el poder de hipnotizar y manipular a grandes masas, y Orson Welles lo probó con su versión radiofónica de La guerra de los mundos. Los periódicos nacieron como tablones de anuncios útiles y de curiosidades (mirar hoy Discover) y como órganos políticos y propagandísticos, las primeras esferas de atención.

En un ambiente caótico, de «salvaje Oeste», los primeros editores o radiofonistas se veían como técnicos, solo un soporte, sin responsabilidad sobre el contenido. Muchos de ellos solo buscaban la audiencia (el click, el like) a cualquier precio, para enriquecerse. La regulación de los gobiernos siempre era reactiva, como la propuesta de Sánchez, y no daba abasto.

El periodismo exageraba, dramatizaba, tomaba partido y buscaba impacto, en nombre de la libertad, con fines económicos y de poder. ¿Cuándo y por qué aparecen conceptos como la objetividad, los códigos deontológicos y las normas del oficio? Cuando el caos y sus consecuencias (desinformación, masas engañadas y manipulables, propaganda al servicio del autoritarismo…) se vuelven insoportables. Las normas del periodismo no son la ley natural de la comunicación, sino una convención, un artificio. Una decisión social, que lleva a la repulsa ciudadana, a la presión estatal y a la autorregulación como mal menor, ante el riesgo de la censura pública.

Las redes están en la fase caótica. Como el amarillismo y la propaganda radiofónica, han creado multimillonarios y son el ariete de un profundo cambio social y político. Pero la fatiga tecnológica que olisquea Sánchez está ahí. De la misma forma que las ideas centrales del periodismo moderno –objetividad, ética, responsabilidad editorial– no surgen en el origen del oficio, sino cuando adquiere tal poder que su desorden es intolerable, la jungla digital solo la regulará un pendulazo social.

Por eso, la norma per se de Sánchez difícilmente será efectiva. Pero es un empujón más hacia el orden que la historia de la comunicación dice que surge después del caos.

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