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Opinión | Notas del móvil

Menos redes y más Club Penguin

Infografía sobre cómo las redes sociales explotan el cerebro adolescente.

Infografía sobre cómo las redes sociales explotan el cerebro adolescente. / IA/T21

Cuando era niño, recuerdo pensar en el internet como un espacio. Un espacio que se materializaba a través de mi ordenador todas las tardes que dedicaba a jugar al Club Penguin o ver vídeos de Youtube.

Llegaba a casa de mi abuela después del colegio, tiraba la mochila en el suelo, y corriendo me sentaba enfrente de la torre para encenderla. Presionaba el botón y la pantalla negra se tomaba sus cinco minutos en mostrar un logo de Windows XP, para luego tomarse un par más en dejarme acceder al escritorio.

Hoy en día, esperar tanto para entrar en un dispositivo supondría pensar que algo va mal, suspirar, reintentarlo y cerrar los ojos porque «si no lo veo seguro que va más rápido».

Google servía como una ventana a un más allá lleno de entretenimiento, debate e información. Recuerdo con mucho cariño ese juego que me permitía ser un pingüino de color, hacer misiones, tener puffles de mascota y ‘hacer amigos’ en ese espacio temporal que era el internet. Entrar en foros y hablar con la gente, leer blogs, jugar, también, al Habbo, e incluso, agregar a gente conocida en Facebook e interactuar en los juegos online que ofrecía la plataforma, mucho antes de convertirse en el circo que es hoy.

El internet era ese lugar chulo al que ir por las tardes. Era una puerta que podía abrir y cerrar siempre que quisiera.

En un momento donde el metaverso nos inunda cada vez más, donde existimos más en las redes que en el mundo real, donde hasta Google está al borde de quedarse obsoleto, la idea de esa puerta, de hacer check in y check out de internet, suena entrañable.

Vivimos en una hiperconexión que, como consecuencia de un entorno de por sí acelerado, nos hace ir a mil, nos hace correr a velocidades que no sabemos sostener y que nos ha acostumbrado a pensar que esperar cinco minutos por el encendido de un ordenador es mucho, que nos hace perder el tiempo.

Pero, honestamente, ¿qué tiempo? Va a pasar igual y hemos construido el hábito de no saber hacer más nada fuera de la pantalla.

Con la noticia de que Sánchez prohibiría el uso de redes sociales a menores de 16 años he visto a varias personas hablando de la diferencia de las redes y de internet. De cómo es posible todavía verlos como espacios distintos, donde sí, el primero normalmente domina al segundo, pero que podría no ser así.

Esta propuesta podría ser una oportunidad para la reapertura (o repopularización) de aquellos espacios que de niños nos permitían tener una relación más distanciada de este metaverso. Esos foros, esos blogs, esos espacios de juego donde se socializaba, pero sin tendencias, filtros y estándares inalcanzables para una cabeza en formación.

Claro que siempre hay un huequito para el peligro y las malas costumbres, yo mismo tuve redes mucho antes de que alcanzara la edad permitida, pero siento que tomar las precauciones y los pasos pertinentes para regular algo que se nos ha escapado de control es necesario.

No quiero acabar este texto con un mensaje de «en mis tiempos los niños estaban en los parques y no había móviles», porque bastantes cosas perjudiciales también pasaban en esos parques, sin necesidad de móviles. Pero en mis tiempos los niños jugaban al Club Penguin, a la Nintendo, y tenían, al menos, la oportunidad de apagar las consolas y las pantallas, salir de sus casas y oler un poquito de césped o, como mínimo, quedarse mirando al techo sin hacer nada, dándose el lujo de aburrirse.

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