Opinión | Risas y fiestas
Fantasía

Fantasía / El Día
Una amiga me dice que a veces se queda mirando a su perra y siente como una envidia: su perra, ahí sobándose viva la tía, es ajena al mundo del lenguaje verbal, a la lógica enrevesada de lo que nosotres construimos sobre las cosas para nombrar las cosas para acabar sustituyendo a las cosas. ¿Qué sentirían les perrites si se enteraran de todas las movidas que tienen que ver con la casa en la que se lamen las patas y a veces se mean a escondidas? ¿Saldrían corriendo, se escaparían todes a vivir juntes en la Montaña Pelada, pero luego se enterarían de todas las movidas que tienen que ver con el territorio sobre el que se mean esta vez sí muy bien toma una golosina un premio y no sabrían, pss pss, hacia dónde correr?
Yo creo que todas las personas que alguna vez hemos estado deprimidas, o todas las que simplemente alguna vez hemos intentado soplar dentro de una bolsa para ver si es verdad que eso te ayuda a no hiperventilarte, hemos tenido esa fantasía de hacer fuerza para que nos broten de repente unas orejas colgando. Pienso en la novela Canina de Rachel Yoder, en la que una artista deja de trabajar para cuidar a su hijo y se va convirtiendo en una perra. Su metamorfosis es un símbolo de explosión emocional rabiosa, pero también de amor hacia su hijo, y sobre todo me parece una metáfora de algo que me interesa muchísimo: las cosas que desbordan el lenguaje en el que las hemos guardado y nos dejan con una sensación de absurdo vital absoluto. La maternidad de la protagonista no quiere parecerse al molde de «la maternidad». Sin embargo, ese molde la escacha y define cómo es su día a día. Y ella, porque ese molde es lenguaje, no sabe quejarse, separarse de ello, o más bien nadie (toda la gente del mundo representada en un marido que no le hace ni caso) sabe escucharla y entenderla. Realidad verbal sin palabras.
Supongo que hay una equivalencia entre esa metamorfosis (y qué de moda están ahora las historias de metamorfosis, supongo que tiene un poco que ver con todo esto) y la envidia de mi amiga hacia su perra. Anhelar una vida sin los laberintos en los que nos hemos metido y que nos parecen indispensables para la existencia, pero en realidad no. Y no es contra el lenguaje la cuestión, claro. Es contra esa sensación de absurdo cuando sentimos: esto es así pero podría no ser así muy fácilmente pero es así y punto y solo me lo puedo imaginar así realmente, ¿por qué?
Imaginación.
Hace un par de años participé en una mesa redonda sobre imaginación queer. Me fascinó el tema, al principio lo sentí como algo muy etéreo pero poco a poco fue aterrizando en mi cabeza: imaginación queer es el pensamiento tozudo que se sale de los caminos aprendidos, porque, aunque no lo entiendas todavía, no te sirven para casi nada, y crea grietitas que poco a poco te van revelando que tú sí puedes ser otras cosas. Es la capacidad de desear un futuro en el que puedas vivir de una forma que se te acomode, incluso cuando no sabes que esas formas de vivir pueden darse: una fantasía, un juego que se te va de las manos, ver Crepúsculo sintiendo que te identificas con lo vampírico y no entiendes muy bien por qué, llorar con libros de fantasía que no hablan de ti pero te hacen habitar durante un rato mundos con otras lógicas y, si eso es posible, es que el abismo-absurdo algo tiene de verdad. Lo que más me interesa de esta realidad con dragones es que las amigas pueden vivir juntas para siempre y hacerse trenzas larguísimas.
Así que supongo que les humanes tenemos que tomar caminos enrevesadísimos para hacer lo que hace la perra de mi amiga: estar en el aquí y el ahora y esto es lo que es y el calorcito de una mano es el calorcito de una mano. O lo que hace la protagonista metamorfoseada de Canina: poder entender su propia maternidad desde lo que es para ella y no desde lo que es en el relato común. Nombrar es vivir, porque, cuando no nos nombramos, nos nombran. Y nos nombramos nombradas.
Y qué curioso que ese camino para la vida perruna lo tengamos que construir con lenguaje, precisamente. Canina, al final, es una novela, y, como dijo Mercé Rodoreda, «una novela son palabras». Yo creo que el lenguaje es un don que se debe pelear a sí mismo. Necesitamos mucho y su exceso nos puede encerrar y para liberarnos necesitamos más. Y buscar el nuestro propio, equivalente al silencio de una perra feliz, con todas las posibilidades de construir la realidad que queramos y todo el deber de afrontar la realidad que nos han creado encima. n
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