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Opinión | Un carrusel vacío

Marina Casado

Marina Casado

Profesora, Dra. en Literatura española. Premios de poesía: Carmen Conde, León Felipe, Paul Beckett.

«Spain is different»

Retrato de David Uclés en Casa Batlló.

Retrato de David Uclés en Casa Batlló.

Es curioso que las trifulcas del mundillo literario sean más conocidas que la propia literatura. Lo digo yo, que no he leído aún ninguna novela de David Uclés, pero, en las últimas semanas, no he dejado de ver titulares protagonizados por él: primero, a causa de su disputa con Nadal Suau a raíz de un artículo de opinión en el que Suau afirmó que el reciente ganador del Premio Nadal se había creado un personaje público. Unos días después, por la retirada de Uclés de unas jornadas literarias sobre la Guerra Civil debido a que, entre la nómina de conferenciantes, que no conocía en un principio, figuraban José María Aznar e Iván Espinosa de los Monteros. Uclés no fue el único que se retiró; también lo hicieron Antonio Maíllo (Izquierda Unida), María Márquez (PSOE), la investigadora Zira Box y el escritor Paco Cerdá.

Me sorprende que ninguno de ellos sospechara lo que iba a encontrarse en unas jornadas dirigidas por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra, nada menos, y tituladas «1936: La guerra que todos perdimos». El título no anunciaba un homenaje al Frente Popular, precisamente. Pero aplaudo esa retirada a tiempo. A causa de la polémica, las jornadas, que iban a celebrarse en Sevilla, han sido aplazadas. Y el debate sobre la Guerra Civil se ha reabierto.

En 2026, se cumplen noventa años desde el golpe de Estado que atentó contra el legítimo gobierno de la Segunda República. Que, a veces, a algunas personas se les olvida que el conflicto empezó así: con un golpe de Estado. Eso debería suprimir la tan popular postura de la equidistancia, de igualar las acciones de un bando con las del otro, porque la mera comparación resulta vergonzosa. En la misma línea, no debería permitirse que todavía haya quien se refiera a los rebeldes o sublevados como «los nacionales», que es como ellos mismos se autodenominaron, porque no reconocían el gobierno que había sido votado por una mayoría de españoles.

Pero «Spain is different», como decía aquella campaña publicitaria orquestada en los sesenta, precisamente, por un ministro del franquismo. Existe una Ley de Memoria Histórica, pero la situación es vergonzosa, si la comparamos, por ejemplo, con Alemania, donde la mínima sospecha de exaltación del nazismo puede llevarte a la cárcel. Aquí los adolescentes que se creen rebeldes llegan a clase cantando el «Cara al sol», sin saber muy bien lo que significa, porque han visto en TikTok que eso «mola». Existe la Fundación Nacional Francisco Franco, con página web y todo, que se enorgullece, en sus «fines», de «difundir y promover el estudio y conocimiento sobre la vida, el pensamiento, el legado y la obra de Francisco Franco Bahamonde» y «luchar contra la mal llamada Ley de Memoria Histórica, […] gravemente dañina para la convivencia entre españoles, sectaria en su análisis de la España de Franco». Dicha fundación llegó a recibir subvenciones públicas entre 2000 y 2003, cuando José María Aznar era presidente del Gobierno. Sí, ese mismo Aznar que figuraba en la nómina de conferenciantes de las jornadas sobre la Guerra Civil de Pérez-Reverte y Vigorra. En otro país que hubiera sufrido cuarenta años de dictadura, que su presidente destinase fondos públicos a la fundación que promueve la figura del dictador sería considerado un verdadero escándalo. Aquí nada nos sorprende.

Y no solo no nos sorprende, sino que nos llega a hacer gracia que existan bares y restaurantes abiertamente fascistas que representan un atractivo turístico. La famosa Casa Pepe, ubicada en la autovía entre Madrid y Cádiz: un auténtico museo del franquismo que cuenta con toda clase de símbolos y objetos nostálgicos asociados al dictador. Ojo, también merchandising, que es muy gracioso llevarte tu llaverito o tu mechero del Caudillo para fardar con tus colegas. Porque este restaurante, que se defiende alegando que es un negocio privado para seguir burlando la Ley, se aprovecha de la ignorancia y de la fascinación boba de los turistas.

No es el único caso. Al lado del instituto donde trabajo, en el barrio de Usera –el llamado «barrio chino» de Madrid–, existe otro bar con estas características y una historia mucho más extravagante, porque es regentado por un tal Chen Xiangwei, que ha sido nombrado «Caballero de Honor» por la mismísima Fundación Francisco Franco. Para rematar la extravagancia, resulta que el hijo de este señor fue bautizado «Franco».

Estas cosas pasan en España. No nos asustan. Por eso, me ha sorprendido –para bien– que el título de las susodichas jornadas sobre la Guerra Civil haya creado cierta polémica, hasta el punto de que, por ahora, no van a celebrarse.

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