Opinión | Claroscuro
Saray Encinoso
Los asombros

El fundador de Spotify, el sueco Daniel Ek. / TORU YAMANAKA / AFP
Sospecho que detrás de la mitad de los periodistas de 40 años o más hay una madre o un padre que en algún momento intentó disuadirlos. Quizás de manera sutil, tal vez solo sugiriendo la carrera de Derecho como una alternativa. Sé que no es un estudio riguroso, no tengo más pruebas que las conversaciones que he mantenido a lo largo de los años con compañeros de profesión y mi propia experiencia. Sin embargo, esa percepción, junto con la evolución de la profesión, me hace intuir que los padres de hoy reaccionarían con mucha más contundencia ante un anuncio similar. Me los imagino nerviosos, diciendo: ¿vas a pasar cuatro años en la universidad para acabar con un título que te condenará a una vida precaria?
Hoy vivimos gestionando emociones, optimizando agendas, priorizando afectos y sacando rentabilidad a cada instante. De todo esperamos un retorno. También –y esto no es nuevo- de nuestra formación. El mundo siempre se ha dividido entre quienes tienen una vocación y quienes tienen una estrategia. Pero, quizás, en los últimos años el segundo grupo ha crecido hasta convertirse en mayoría. La vida se ha mercantilizado, y con ella nuestro lenguaje. Hasta la amistad se ha convertido en una especie de capital: todo se calcula, de todo queremos un beneficio.
El músico Nacho Vegas también observa esta tendencia en la música: «Me vuela la cabeza cómo se ha normalizado tanto hablar de consumir música, cuando antes era escuchar música. Consumes cuando pagas los diez euros de Spotify al mes, pero no cuando escuchas música. A la literatura eso no llegó, nadie dice: ‘consumo a Federico García Lorca’. En la música se ha normalizado».
Nunca he usado el verbo consumir cuando hablo de música. Sin embargo, al leer estas declaraciones de Vegas en Rockdelux sé que muchas veces es justo lo que hacemos: para escuchar de verdad hace falta paciencia, tiempo, y en un mundo hiperplanificado y en el que todo se mide, a menudo no disponemos ni de lo primero ni de lo segundo.
Sin espacio para lo inesperado, a veces tengo miedo de irme anestesiando cada vez más y de convertirme en un ser con escasa capacidad para deslumbrarme. Nos ha tocado vivir en una época en la que nunca es de noche, en la que siempre está ocurriendo algo en alguna parte del planeta -a veces algo que nunca habríamos sido capaces de imaginar-, pero estamos tan saturados de información que nada nos horroriza ni nos maravilla lo suficiente. Las decisiones de Trump apenas retienen nuestra atención durante un instante, igual que un hallazgo científico que podría frenar el cáncer de páncreas.
Pero entonces descubro el nuevo disco de Nacho Vegas, Vidas semipreciosas, y salta la chispa. Escucho Los asombros, el single del álbum, y durante días no puedo dejar de canturrear: «Aprender a una edad que el mundo tiende a aturdir / Permitirse llorar en cada hora fantasmal / Comprender que vivir es fuga y fragilidad / Y, aunque no haya plenitud, rebuscar hasta el esplendor».
Alguna vez me he arrepentido de estudiar Periodismo y, si tuviera hijos, probablemente sentiría el impulso de aconsejarles otra carrera. Proteger a quienes amamos es humano. Pero también quiero pensar que haría todo lo posible por que su lenguaje y sus pasiones estuvieran lejos de la lógica económica. Casi todo lo bueno que me ha pasado ha llegado por casualidad, sin planificarlo, sin medirlo, sin esperarlo. Y cuando todo va mal, ese territorio imprevisible, ese espacio de libertad y asombro, sigue siendo el mejor refugio.
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