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Opinión | Retiro lo escrito

Democracia en peligro

Angel Víctor Torres

Angel Víctor Torres

Ángel Víctor Torres, expresidente del Gobierno de Canarias y ministro de Política Territorial, afirmó ayer que estamos en un momento políticamente peligroso y que la democracia en riesgo demanda ser salvada. Creo que Torres tiene razón y que su apelación no es gratuita. Lo que ocurre es que el análisis del ministro me parece demasiado rudimentario y (por decirlo todo) apegado a los interés político-electorales del PSOE. Para Torres, las amenazas a la democracia están en Donald Trump en el exterior y Vox en el interior, y Vox está ahí gracias al PP, capaz de servir de felpudo a la ultraderecha en España para conservar una cuota sustancial de poder. Yo pienso algo parecido, pero en términos históricos. En efecto, Vox tiene algo de reverberación del Partido Popular, o más exactamente, del marianismo. No es muy original, pero debe repetirse: Mariano Rajoy tuvo la oportunidad –incluso a lomos de una mayoría absoluta– de modernizar la derecha moderada y constitucional, diseñar y ejecutar una agenda de reformas, enfatizar los valores de un ideario liberal-conservador. No hizo nada de esto. Se puso a sestear, una modorra que no interrumpió ni cuando comenzó la insurrección independentista en Cataluña. Tal vez más de la mitad de los votantes de Vox de más de cuarenta años inició el camino hacia la ultraderecha decepcionados por ese gandul irresoluto que fue Rajoy y todavía puedes encontrar tarados que le ríen las gracias. Mucho más grave es la actitud que ha llevado a los votantes de menos de treinta años hacia Vox, que no es otra cosa que el descrédito de la democracia representativa como sistema político.

En los análisis con pretensiones intelectuales y en la charleta de los cafés, de izquierda a derecha y viceversa, se obvia delicadamente que la democracia representativa cada vez funciona peor. Y ocurre así porque constatar y admitir los errores, insuficiencias, falsedades y contradicciones de las democracias parlamentarias obliga a extender la responsabilidad de esta patología política a instituciones, partidos, dirigentes y élites empresariales. Implica que no puede uno excusarse en idioteces binarias de buenos y malos. Significa que no es ni intelectual ni moralmente aceptable sostener que la explosión de la extrema derecha sea invariablemente culpa del otro.

Desde hace años no seguía las cadenas de televisión generalistas. Lo hice hace algunos días –aún tengo migrañas– y me centré, sobre todo, en TVE. Dudo mucho que en Hungría pueda verse algo semejante: tres programas consecutivos dedicados a defender al Gobierno y zurrarle a la oposición, hagan y digan lo que digan y hagan unos y otros. Pero es, sobre todo, en la vida material de lo cotidiano donde la democracia representativa –que cada vez más una democracia simulativa– ha perdido aceleradamente legitimidad. Desde 2008 las clases medias y trabajadores viven cada vez peor en España. Los últimos años han sido de crecimientos del PIB y el empleo y, paradójicamente, de progresiva depauperación popular, del aumento de la fractura social, de erosión de la renta familiar disponible, de la crisis de la vivienda, de la sustitución de las políticas sociales por políticas asistenciales, de la evaporación del futuro. La democracia como vieja alcahueta de la pobreza. Las izquierdas, aparte de la milagrería de la limosna institucional, solo aporta a la situación el atrezzo de una indignación moral cada vez más agotadora, paliza, patética. ¿Qué se quiere que hagan los jóvenes que han visto la evolución de Podemos, esa patulea de infelices y arrebatacapas que rodeaban a Pablo Iglesias, de profesión ahora sus chaleces con piscinas, sus canales de televisión, sus vacaciones en estaciones de esquí, sus bares y sus contradicciones cabalgadas o por cabalgar?

Sí, la democracia parlamentaria está en peligro, entre otras razones, porque ya no dispone de controles e instrumentos para una mínima domesticación del capitalismo. No asumir nada de esto no la rescatará de un catastrófico destino.

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