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Opinión | RETIRO LO ESCRITO

Subvencionismo carnavalero

El carnaval, como otras expresiones culturales, deberían avanzar por el camino del mercado y abandona el subvencionismo y no esperar que las autoridades locales resuelvan los problemas que no sean los del orden público

He sufrido un ataque agudo de admiración al enterarme que el ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, y más concretamente el Organismo Autónomo de Fiestas, ofreció una recompensa de 1.000 euros a sortear entre los espectadores que sean capaces de quedarse hasta el final en el Concurso de Agrupaciones Musicales. Parece que el universo carnavalero se ha quedado haciéndose cruces por lo atinado e ingenioso de la medida, destinada a “revitalizar el certamen”. Hace algunos años el ayuntamiento chicharrero ya arriesgó una intrépida iniciativa, no cobrar por la entrada, pero no ha tenido ningún éxito. Por lo visto algunos curiosos llegaban a asomarse al certamen y, después de pocos segundos de estupefacción o pavor, salían huyendo. Sinceramente lo que más me impresiona es la sentida demanda de la Federación de Agrupaciones Musicales a favor de una mayor popularidad de su concurso. La solicitud, cabe deducir, se dirigió básicamente a los responsables municipales, los cuales respondieron sacando de la caja los 1.000 euros para los oídos más valientes. A los señores y señoras de las Agrupaciones Musicales ni se les pasa por la cabeza que pudieran ser responsables del muermo que espanta a los espectadores, incluyendo quizás a amigos y familiares. Alguien se los tendrá que decir: son ustedes, y no los concejales, quienes deben atraer a los espectadores.

Esta acción institucional para salvar el concurso de Agrupaciones Musicales – sea eso lo que sea – es una derivación última aunque carnavalera del patrocinio como forma de intervención cultural de las administraciones públicas. Décadas de despropósitos y dislates nos han llevado hasta patrocinar espectadores en el concurso de las Agrupaciones Musicales. Espero que no se moleste demasiados culturetas, pero esto no es muy diferente a las perras que se le sueltan todos los años, por ejemplo, al Círculo de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, cuya rentabilidad no económica, sino socio cultural, tiende a cero. El paternalismo de las administraciones es el efecto de un paternalismo de las élites políticas, que a menudo admiten meter pasta en las actividades culturales y recreativas por cierto cansado automatismo, por las mismas razones que mantienes en tu casa un viejo perro que ya no le interesa a nadie, salvo a sus pulgas.

Por lo demás la cultureta subvencionada es igual que la cultura desnaturalizada, y termina adaptándose a una inyección económica oficial convertida muy pronto en imprescindible. De ahí al clientelismo, por supuesto, solo queda medio paso. Entre el hartazgo nihilista y el clientelismo de baja intensidad los artistas e intelectuales que pudiera albergar la capital tinerfeña están instalados en el silencio o solo se preocupan por los estrechos límites de sus propios intereses profesionales. Desde hace tiempo estoy convencido de que la alternativa no es despreciar sistemáticamente las subvenciones y ayudas oficiales – en estas islas a veces marcan la diferencia entre seguir luchando o bajar los brazos – pero si eludirla cuando sea posible y construir una independencia – o al menos autonomía – explorando todas las oportunidades del mercado y todas las sinergias con otros agentes culturales, sociales, institucionales.

“Del Carnaval vive mucha gente” es una frase que se escucha cada vez más frecuentemente en Santa Cruz. Es parcialmente cierta. Gracias a las fiestas más populares algunos miles de personas hacen un legítimo y por lo general modesto negocio durante dos o tres meses al año. Y ese debería ser el camino. Sobre la base de la legalidad y salvaguarda de derechos básicos (los derechos de autor, por ejemplo) el carnaval, como otras expresiones culturales, deberían avanzar por el camino del mercado y abandona el subvencionismo y no esperar que las autoridades locales resuelvan los problemas que no sean los del orden público. Serían unos carnavales más vivos, más fuertes y más democráticos, en ellos las agrupaciones musicales dejarían su concurso en suspenso durante un par de años: tomarse tiempo para renovarse y regresar entonces al escenario y a las calles.

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