Opinión | La Calle Nueva
La primera vez en los periódicos
Ya era yo un periodista obligado, por el corazón y por la pasión, a estar pendiente de este oficio como si hubiera nacido con él en mis entrañas

Recurso de un periódico. / ED
La primera vez que entré en un periódico fue cuando conocí en persona a don Julio Fernández, director de Aire Libre, en la era en que conocí también a Paladín, el seudónimo de Salvador Pérez, que viajaba desde su pueblo en La Guancha para cumplir con su tarea de colaborar en la prensa de entonces.
Yo no recuerdo quién me llevó al periódico de don Julio, pero lo cierto es que fue muy pronto en mi vida. En aquel momento yo debía tener trece o catorce años. A los trece yo le había enviado a Aire Libre una crónica de fútbol, escrita a mano. A don Julio le había gustado, tanto que él mismo hizo una entradilla en la que elogiaba mi sintaxis, en un tiempo, que dura hasta hoy, en que yo no sabía exactamente qué demonios era la sintaxis.
En uno de los viajes que hice para examinarme de bachillerato en la capital de la isla pedí ver a don Julio, éste me recibió en su periódico, que en ese momento no era exactamente una redacción sino un lugar en el que él guardaba, por ejemplo, los fotolitos.
Lo recuerdo, grande, espigado, simpático, interesado en las personas, alegre de encontrar a quienes lo quisieran conocer, generoso. Como me vio interesado en la técnica de los fotolitos me hizo un regalo muy ampliado de aquellos artilugios que luego serian parte de los materiales con los que pusimos en marcha, en La Orotava, el primer periódico en el que yo participé en mi vida, uno de cuyos compañeros era Miguel Hernández, que se llama como aquel poeta que pronto pasó a ser uno de nuestros ídolos literarios.
Aire Libre en realidad se hacía en los talleres de El Día, a cuya empresa estaba adscrito don Julio. De allí traía él los fotolitos que nos había regalado, y allí lo veía yo más adelante, cuando entraba y salía con aquellos materiales que él mostraba como si fueran tesoros. Don Julio fue muy generoso con quienes trabajaban con él y a mi en concreto siempre me trató como si fuera un hijastro. En un tiempo supe tanto de él, y lo admiré tanto, que incluso me sabía la matrícula de su coche, que a veces, cuando yo iba en la guagua, veía aparcado en las afueras de su casa de Tacoronte.
Muy poco después de ese conocimiento periodístico tan precoz conocí a Elfidio Alonso, que trabajaba en un banco casi escondido de La Laguna. En aquel entonces yo tenía ya pasión por los libros, por el teatro y por la literatura. Uno de aquellos días en que ya hacía el último curso de bachillerato en el Instituto de La Laguna, en aquel hermoso lugar en el que por primera vez me enamoré, me atreví a entrar en el banco donde trabajaba Elfidio.
Elfidio ya era periodista pero que aun no era el sabandeño que rescató para siempre el folklore de las islas Canarias… Recuerdo, por cierto, cuando Alfonso García Ramos ungió por primera vez, en el Ateneo lagunero, la bendita banda que Elfidio convirtió en historia… Pues en aquel momento, muchacho aun, entré en el despacho de Elfidio y le pedí que intercediera para publicar en La Tarde un artículo sobre teatro.
Lo hizo. Rápidamente mi artículo (Teatro en paquetitos, era el título) fue publicado en una sección inolvidable, Gaceta Semanal de las Artes, que en aquel entonces coordinaba Pedro González, el gran pintor, el amigo que hizo de La Laguna y del arte un lugar inolvidable.
La Tarde era un periódico atrabiliario, singular, en el que yo aprendí a escuchar. Iba a media mañana, me saltaba las clases (entonces terminaba el preuniversitario y estaba a punto de ir a la universidad) y esperaba a que Alfonso García-Ramos, el redactor jefe, recogiera sus trastos para volver a la ciudad de su vida.
Alfonso no era tan solo un periodista: era un escritor que luego, además, hizo la literatura poética que hoy se enseña en las escuelas y que entonces era mucho mejor que todo lo que escribíamos quienes empezamos a presumir de nuestra sintaxis… Alfonso me llevaba al Colegio Mayor San Fernando, aparcaba su coche francés y me seguía contando sus memorias de Madrid, de las islas, de las personas, como si en ese momento él mismo se estuviera examinando ante un estrado que era la inmensa soledad de las afueras del Colegio Mayor poco después del mediodía.
La Tarde era un periódico y una locura. Don Víctor Zurita, su propietario, su director, leía de pie las galeradas humedecidas que luego lanzaba para que fueran recogidas por aquellos que eran sus redactores principales. El grito siempre era el suyo, hasta que la voz se le fue minando y era entonces Alfonso el que avisaba de los cambios y de las noticias importantes.
Allí escuché yo el primer aviso relacionado con los trasplantes, que un médico sudafricano, el doctor Bernard, había practicado para asombro de la humanidad… Más adelante el médico no había tenido tanta suerte, y entonces escuché decir, en el mediodía del cierre, como Acosta, uno de los grandes periodistas callados de La Tarde, explicaba al linotipista que un nuevo trasplantado del famoso médico acababa de morir en el sur del mundo…
Ya era yo un periodista obligado, por el corazón y por la pasión, a estar pendiente de este oficio como si hubiera nacido con él en mis entrañas. Mi padre había dicho que no me hiciera periodista, que los periodistas siempre andaban con los calzos rotos por el culo.
Mi madre sí creyó que ese era un oficio interesante. De hecho, en cuanto ya parecía ineludible que mi vida se iba a hacer por esos campos, ella se ponía a leer en el patio con la pasión con la que, por otra parte, se tomaba todas las cosas de los hijos… En el caso del periodismo, la recuerdo siempre, escarranchada, con sus gafas a media nariz, deletreando los nombres propios de los personajes de entonces.
Ella sabía leer y escribir, se carteaba con una amiga sueca, escritora, que vivió, junta a nuestra casa, y que fue su amiga para siempre. Tengo las cartas que se enviaban, mi madre dando noticias de la casa y del barrio, la sueca mandándole postales contra el olvido. A veces, mientras leía las cartas o los periódicos, la escuchaba suspirar rabiosa porque los nombres propios que venían en El Díao en La Tarde incluían demasiados nombres extranjeros que ella era incapaz de descifrar.
Una vez la vi leyendo con mucho afán, y creí que su lectura tenía que ver con lo que yo mismo escribía ya en este periódico. No, ella leía siempre a don Luis Álvarez Cruz, que además no escribía poniendo nombres extranjeros.
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