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Opinión | Notas del móvil

Pensar nuestros lugares

Plaza de Los Patos, en Santa Cruz de Tenerife.

Plaza de Los Patos, en Santa Cruz de Tenerife. / t

En los diez años que llevo viviendo en Santa Cruz siempre me ha gustado mucho caminarla. No precisamente porque sea la ciudad más bonita o fácil de caminar, de hecho, el que la mayor parte sea una cuesta convierte la caminarla en un arduo trabajo. Sino porque he aprendido a encontrar hogar en los rincones que solo se convierten en especiales después de visitarlos más de una vez. Esos espacios en los que la regularidad es el factor que influye para entenderlos, para procesarlos, para incluirlos en nuestra rutina y en nuestra concepción general de lo que es la ciudad.

En la rapidez y el ruido que muchas veces identifican a la vida en Santa Cruz, encontrar calma en pequeños rincones que, con el tiempo, se sienten míos, se ha vuelto esencial para llevar el día a día.

Nunca me ha gustado el García Sanabria. Es bonito, sí. Hay mucho verde, sí. Pero siento que no es habitable. Es un parque hecho para pasar por él, pero no para habitarlo, para sentarse en el césped, para desconectar del barullo capitalino. Es por eso que siempre elijo el Parque de La Granja para despejarme. Por pequeño que sea, y a pesar de que no importa lo profundo que entres en él, siempre puedes ver y escuchar coches, me produce calma el sentarme en sus colinas de césped, apoyarme en uno de sus árboles y leer, escuchar música o simplemente ver a la gente pasar. Me recuerda a las tardes de la adolescencia, a salir del instituto y quedar en La Granja por la tarde. Me he movido por cada una de sus esquinas a la par que he ido creciendo, y aunque ya no lo visito tanto, aunque ya me sepa las copas de todos los árboles y la comodidad de cada uno de sus bancos, siempre me llevará de vuelta a los quince años, comiendo munchitos y echando la tarde.

Uno de mis lugares favoritos de la ciudad es la Plaza de los Patos. Al visitarla por primera vez, no me mencionaron que se llamaba Plaza del Veinticinco de Julio, me enteré mucho más tarde en una de mis paradas lectoras, así que para mí se quedó como Plaza de los Patos. Este puntito céntrico que conecta la Avenida de Veinticinco de Julio con la Calle Viera y Clavijo, me ha salvado de muchas tardes de calor caminando sin rumbo, permitiéndome parar, sentarme y escuchar la caída del agua de su pequeña fuente. Nunca he entendido muy bien mi afinidad con este espacio. No se si son las estatuas de ranas escupiendo agua de sus bocas, los bancos decorados con azulejos, la sombra que crean los árboles, o que, como dije, ha sido mi salvación en varias ocasiones, pero hay algo que siempre me hace volver, sentarme y dedicarle un ratito de mi día.

Cuando llega el domingo de una semana que ha sido especialmente pesada, esas que atraviesas con la adrenalina propia de un lunes y no terminas de descansar, no realmente, hasta que llega el domingo, te cae todo el peso sobre los hombros y te pones triste porque al día siguiente es lunes y sientes que sigues sin haber descansado nada. Esas. Saco la artillería pesada. Recurro a un recurso del que intento no abusar para no cansarme. Recurro a caminar del barrio Salamanca hacia la Escuela Pías y más arriba.

Es mi momento Lady Bird (2017) de recorrer las calles con casas grandes escuchando música y simplemente limitándome a observar. Dependiendo de mi ruta, subo todo lo que pueda de Las Mimosas o, si voy para el otro lado, muchas veces paro en el parque Secundino para descansar. Podrá sonar contraproducente acabar una semana de cansancio subiendo cuestas arriba simplemente para ver casas, pero hay algo del silencio, de esos escenarios que se me hacen tan ajenos y que, en momentos de vulnerabilidad son hasta idealizables, que despeja, me trae calma y me permite volver a poner los pies en el suelo.

Hay muchos sitios de esta ciudad que se han ganado mi corazón y, más importante, un espacio en mi rutina con el paso de los años. Siento que vivir en un lugar muchas veces no va de la mano con habitarlo. Siento que los ritmos del diario y la idea de conocer algo porque lo vemos todos los días, nos impiden realmente indagar y encontrar comodidad en lo conocido. Siempre buscamos escapar en aviones, y eso está muy bien, pero creo que también se puede viajar recorriendo las calles de siempre, prestando atención. Porque volviendo a traer Lady Bird, qué mayor acto de amor por nuestros espacios, por nuestra cotidianidad, que simplemente dedicándoles un poquito más de pensamiento.

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