Opinión | Retiro lo escrito
El macarra sentimental

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Óscar Puente, comparece para dar cuenta del caos ferroviario, en el Senado, a 29 de enero de 2026, en Madrid (España). / Eduardo Parra - Europa Press
Si no se amontonaran los motivos para que Óscar Puente dimitiera como ministro de Transporte, su intervención anteayer en el Senado sería más que suficiente. No porque en su comparecencia ofreciera nuevos datos sobre el terrible accidente ferroviario de Adamuz –no los os hubo– sino por la repulsiva actitud moral de la que hizo gala durante toda la tarde. Llevo media vida escuchando discursos políticos y poquísimas veces he visto algo similar. De modo que un ministro que llega al Senado a causa de un accidente con un saldo de 45 muertos y varias decenas de heridos escupe hacia lo alto y proclama: «Yo hago muy bien mi trabajo, y eso es lo que les molesta». Es la frase que define lo que fue la actitud de este sujeto grosero y oprobioso desde que chocaron los trenes, desde que tomó posesión del cargo. En un mitin (¡en un mitin!) Pedro Sánchez dijo que el Gobierno se había centrado prioritariamente en las víctimas de la catástrofe, pero ese no fue el caso del ministro de Transportes. Para el ministro de Transportes, en sus entrevistas y singularmente en su comparecencia parlamentaria, la prioridad era él. Todas las explicaciones que él había dado, todas las poquísimas horas que había dormido en los últimos días, toda su decencia, muy superior a Carlos Mazón, todo su profundo sentido de la justicia que lo impregnaba como socialista y que le servía, precisamente, para saber que no se estaba siendo justo con él. Una frase que parece un rubí pero que solo es bisutería barata de su egotismo: «Yo podré mirar a la cara a las víctimas». Como es obvio Puente se refiere a los familiares de las víctimas. Porque las víctimas, ministros, están enterradas y ya no pueden atender a ninguna mirada. Otra vez él. Siempre él el que trabaja, el que no duerme, el que es justo y benemérito hasta el fondo del alma, el que gestiona esta situación inmejorablemente, el que puede mirar a la cara todo el mundo, incluso a los muertos. Ese es el indicador de su empatía, apenas humo de tramoya, tan farsesca como cuando se inclina sobre el micrófono y se engorila y empieza a faltarle respeto a todo el mundo, salvo al Puto Amo. Su sentido de la responsabilidad empieza y termina en él mismo. Después de escucharlo en la Cámara Alta uno concluye que no es que Oscar Puente deba dimitir de inmediato, es que un individuo así jamás debió ser nombrado ministro. Incluso Valladolid –de donde jamás debió haber salido – le quedaba grande.
Porque este Puente, el macarra sentimental, el que hablando de los fallecidos en un accidente cuya responsabilidad técnica solo puede estar en las infraestructuras que dirige, también se victimiza un poquito, no puede resistirse, es como el escorpión, que se mata a sí mismo porque prescindir del aguijón lo supera. Puente está cansado, pero sigue adelante; Puente está emocionalmente roto, pero se recompone con valor; Puente se puede equivocar en su afán de transparencia, que curiosamente siempre le beneficia, pero los medios de comunicación no, porque no puede admitirse como error lo que solo es una voluntad de destruirlo. Puente le promete al presidente de la comisión de investigación la máxima autonomía, pero si abre la boca y no coincide con sus explicaciones, lo censura agriamente. Así no se gestiona mediáticamente una crisis. Al inicio el máximo responsable político puede y debe proporcionar la máxima información, pero desde que se designa una comisión de investigación, el ministro se retira y se coloca a un portavoz: de tal modo no existe riesgo de colusión entre el discurso del dirigente político y el técnico encargado de identificar las razones del accidente. Es un protocolo inventado hace mucho pero Puente prefiere ignorarlo porque, como ha consagrado el sanchismo, lo importante, lo decisivo, es mantener el control del relato, y no va a callarse la boca él, con lo bien que habla y frasea y se explica a sí mismo para explicar el accidente, las vías, los muertos, las culpas criminales del PP, el Universo.
La responsabilidad política no está circunscrita a un error técnico, fatal o fortuito, sino que es de naturaleza moral y simbólica. Oscar Puente demostró el jueves que carece de fibra moral. No puede ni sabe dimitir. Debe ser destituido cuanto antes.
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