Opinión | A babor
La factura de la humillación

António Costa, Narendra Modi y Ursula von der Leyen, este martes en Nueva Delhi, tras firmar el acuerdo de libre comercio entre la UE y la India. / RAJAT GUPTA / EFE
El reciente acuerdo estratégico y comercial entre la Unión Europea y la India no es sólo una buena noticia para Bruselas y un éxito diplomático de Nueva Delhi. El acuerdo supone un paso concreto para reforzar el comercio, la inversión, la cooperación industrial y tecnológica, y para facilitar el acceso recíproco a mercados que suman más de 1.800 millones de personas. No se trata sólo de aranceles: hablamos de cadenas de suministro, materias primas críticas, industria farmacéutica, transición energética y seguridad económica. En términos simples, Europa e India han decidido atarse un poco más en un mundo cada vez más inestable.
Algo parecido –aunque con más ruido político– ocurre con el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur. Un pacto largo tiempo bloqueado, discutido y manoseado, pero que sigue técnicamente listo para entrar en vigor en cuanto uno de los países sudamericanos lo ratifique y se active el mecanismo jurídico correspondiente. Ese acuerdo abriría a las empresas europeas un mercado de más de 260 millones de personas y consolidaría una relación histórica con América del Sur que va mucho más allá de la soja o la carne: industria, servicios, energía, infraestructuras y estándares regulatorios. Quienes se oponen al acuerdo porque –dicen– perjudica a la agricultura, no sólo están mal informados sobre los beneficios obvios que Mercosur aporta a la agricultura de Europa y el mundo, es que no saben lo que está sucediendo hoy en el mundo.
Conviene detenerse un momento en este punto antes de entrar en materia. Porque lo que estamos viendo no son acuerdos aislados, sino una clara estrategia de expansión comercial europea. Bruselas lleva una década intentando reducir dependencias excesivas –de China, de Rusia y, más recientemente, también de EEUU– y diversificar socios. No es una huida hacia ningún lado, sino una suerte de vacuna preventiva. Europa ha entendido que el mundo ya no ofrece garantías permanentes y que apoyarse en un único eje puede salir caro.
Y aquí entra el verdadero trasfondo del acuerdo con India. Porque su significado va mucho más allá de la relación bilateral. Es, en realidad, un síntoma de la pérdida de fuelle de la política exterior de EEUU. Durante décadas, los gobiernos estadounidenses cumplieron la función de vigilar el orden internacional. No sólo imponían reglas: las hacía aceptables. Ofrecían seguridad, acceso a mercados y una cierta previsibilidad. Hoy, sin embargo, Washington ha optado por otras vías: la presión constante con amenazas comerciales, sanciones como reflejo automático y una diplomacia de la humillación, aplicada tanto a adversarios como a aliados.
Aranceles impuestos sin negociación real. Advertencias públicas a socios históricos. Exigencias de alineamiento acrítico. Y todo ello envuelto en una retórica interna pensada más para consumo electoral que para la estabilidad global. La lógica parece clara: forzar lealtades a base de miedo. El problema es que el miedo no genera alianzas duraderas; genera planes de escape. Y el acuerdo UE–India es uno de esos planes. Europa busca margen de maniobra. India quiere consolidarse como potencia bisagra, capaz de relacionarse con todos sin someterse a nadie. Ninguna de las dos pretende romper con EEUU. Pero ambas han entendido algo elemental: no conviene depender en exceso de un socio que confunde liderazgo con intimidación.
La política exterior de la Administración Trump pretende frenar la emergencia de otros polos de poder y reforzar su centralidad. Pero está consiguiendo lo contrario. Cada gesto de presión empuja a sus socios a diversificar. Cada amenaza comercial acelera acuerdos alternativos. Cada humillación pública debilita la confianza. Así se construye, paso a paso, un mundo más multipolar y menos dependiente de Washington. Europa ha aprendido esta lección por experiencia. India nunca se dejó engañar del todo. América del Sur observa con atención. Y todos sacan la misma conclusión: mejor tener varias puertas abiertas que una sola custodiada a gritos. De ahí Mercosur. De ahí India. De ahí también otros acuerdos que avanzan con Asia, África o el Golfo. EEUU sigue siendo una potencia central, eso no se discute. Pero las potencias no pierden influencia solo por derrotas militares o crisis económicas. También la pierden por errores de carácter, por confundir respeto con sumisión y liderazgo con amenaza. El maltrato recurrente rara vez produce adhesión. Produce resentimiento, cálculo frío y, cuando es posible, emancipación.
El acuerdo UE–India no cambiará el mundo mañana. El de Mercosur tampoco. Pero ambos forman parte de un mismo movimiento: la reorganización del comercio y de las alianzas al margen de una hegemonía cada vez más imprevisible y discutida. Un mundo en el que los socios prefieren no poner todos los huevos en la misma cesta, sobre todo si esa cesta viene acompañada de advertencias, sanciones y reproches públicos. Quizá en EEUU deberían tomar nota. Porque en geopolítica, como en la vida, quien empuja demasiado fuerte acaba quedándose solo. Y el aislamiento, incluso cuando se ejerce desde el poder, siempre termina pasando factura.
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