Opinión | Risas y fiestas
Autoternura

Autoternura
Es una pena que la palabra «ternura» esté tan (mal) explotada, porque es importantísima. Es una pena cuando conceptos que pueden ayudarnos a vivir mejor y a hacer de la existencia algo más hermoso se ven absorbidas por los discursos capitalistas o mainstream que los sobajian todos hasta que se vuelven un escudito protector para otras cosas no tan nobles. Todes hemos escuchado alguna vez un lenguaje de terapia retorcido y exprimido (bayeta ya seca aunque estaba chorreando y solo de la fuerza y el empeño se secó) que acaba justificando un comportamiento de mierda y lanzándoselo a la cara a la persona que lo está sufriendo: tú tienes que aceptarlo porque tu culpa tu culpa. Todes conocemos a alguien que usa la lucha social para sentirse superior a les otres, o para ganarse una chapita sufridora que le alivie del esfuerzo de lidiar con la incomodidad del hecho de que no hay persona que no haga cosas mal y solo la persona que se atreve a asumir ese mal puede hacer algún bien verdadero. Creo yo.
Pero no vengo a hablar de eso. Me desvío del primer tema que acabo de lanzar como un capítulo de Los Simpsons o como, de hecho, la palabra «ternura». Ternura es blandura. Ver lo de enfrente como algo vulnerable y verte a ti como capaz de protegerlo un poco. Capaz y, sobre todo, con ganas. Sin duda, sin embargo, esas dos dimensiones: la de recibir la cualidad aterciopelada de le otre y la de verse a une la cualidad fuerte de preservarla y estar a su altura. «Fuerza» es otra palabra tergiversada y enlaberintada: siempre la asociamos a una fuerza ultra masculinizada, destructora, bruta e irreflexiva. Pero aquí, creo, tiene más que ver con ser capaz de jugar aunque se nos repita y repita que el juego es un estorbo, ser capaz de reconocer el juego como centro de todo, ser capaz de aceptar las crueldades y el dolor y agarrarse más fuerte (decididamente, intensamente) a una buena palabra, a una buena compañía y a un estar juntas. Ternura es querer lo mejor para la otre y, a pesar de las imperfecciones de cualquier situación, o justo porque esas imperfecciones están ahí y pican una barbaridad, intentar darle forma a ese bien con lo que sea que se tenga a mano. Que tengo una manta, te la boto encima, que tengo un beso, te lo doy, que tengo silencio, lo acomodo para que te metas en él conmigo. Es algo muy poderoso.
Y decía antes lo de que la ternura ayuda a vivir mejor porque, claro, puede guiarnos en el tratar a les otres: si yo escojo tener en cuenta la vulnerabilidad ajena y verme a mí capaz de dañar o cuidar esa vulnerabilidad, sí que hay un ruido doloroso a mi alrededor que puedo ir reduciendo poco a poco. Con las personas a las que tengo cerca, a las que es muy distinto tratar al trancazo o desde esa fuerza suave, y con las personas a las que no tengo tan cerca, para las que formo parte de un humito general hostil (por desgracia) que puede disiparse un poco un momento. O más, si hay más gente haciéndolo. Es como una de esas cosas de euro + euro + euro + euro + euro y al final tienes cien euros que te resuelven un montón.
Genial hasta aquí, genial, pero los conceptos son más complicados que cualquier explicación que les demos, y siempre hay escarbación posible, desvío posible incluso cuando nos parece que lo llevamos todo genial: ¿y une misme?
¿Soy solo fuerte y capaz?
¿Solo debo ver la blandura en, efectivamente, lo que me genera ternura?
Une no se desata OOOOOHHs a sí misme, ni tampoco sentimientos de responsabilidad compasiva o incluso ética. Es como cuando tenemos claro que no está bien juzgar el cuerpo ajeno pero seguimos haciéndolo con el nuestro porque solo es nuestro y no sale fuera y no acepta al humito ese del que hablaba. ¿No somos otres para les otres nosotres? ¿No es todo el mundo un sí misme?
¿Pero no somos, también, nuestra propia experiencia, la carne como un recipiente que nos presenta a les demás y a la vez una casita dentro de la que vivimos?
Por algún motivo que seguramente debe estar clarísimo, nos enseñan a no aceptar jamás esa blandura nuestra propia, y necesitamos hacerlo. Saber ser tiernes con otres nos enseña que tenemos la fuerza para asumir ser blandas nosotras. Y, a la vez, tan blandas y lo que sabemos cuidarnos. Conviven dos. Yo que lloro y yo que me seco las lágrimas. Pero para poder ser capaz de limpiarme las lágrimas tengo que ser capaz de dejarme llorar. Y para dejarme llorar bien tengo que confiar en que voy a ser capaz de secarme las lágrimas.
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