Opinión | Reflexión
A Jorge lo echaron de su propia vida

Manifestación contra los desahucios. / María Pisaca
A don Jorge le pusieron ya fecha para el miedo. Ese papel le avisó del desenlace que le esperaba. Es un día concreto, una hora aproximada y una notificación escrita con lenguaje pulcro y deshumanizado, ese tan típico en la nomenclatura administrativa. Don Jorge tiene 78 años, vive en el mismo piso de Santa Cruz desde hace cuatro décadas y esta semana ha descubierto que su casa ya no es su casa. Así de crudo y de miserable. No sé si puede existir un atentado mayor contra la dignidad personal que un desahucio. Y qué chungo tiene que ser seguir pagando religiosamente el alquiler durante tantos años, sin haber cometido ninguna irregularidad, y que ahora seas un proscrito. De repente, te enteras de que tu edificio, donde has criado a tu familia, fue adquirido por un maldito fondo buitre. No es tu culpa, Jorge. Es imposible que pueda asumir el alquiler un pensionista como él. El juego está construido para que siempre ganen los mismos. El señor Jorge no entiende de fondos de inversión, ni de rentabilidades, ni de activos inmobiliarios. Entiende de cosas mucho más básicas: de la ventana desde la que ve amanecer, del pasillo donde aprendieron a caminar sus hijos o de la cocina donde todavía guarda el tazón de leche para el gofio de sus hijos. Ese piso de 70 metros cuadrados es su vida. ¿Es tan difícil de entender? ¿Es tan complicado comprender que debe existir siempre espacio para una pizca de humanidad entre tanta norma?
La ley siempre tiene un lado, y casi nunca es el de los débiles. La ley no tiembla cuando llama a la puerta. No se sienta a escuchar. No pregunta si alguien podrá dormir esa noche. La ley se ejecuta en base al miedo. Y en esa ejecución fría hay algo que empieza a parecerse peligrosamente a una derrota moral colectiva. Y muchos seguimos sin hacer nada, aunque sea imposible no sentir empatía. Se arranca a una persona mayor de su único refugio, se la empuja a una incertidumbre para la que ya no tiene fuerzas y lo normalizamos. «Un desahucio más»… y cambiamos de canal en la tele. Nos escandalizamos –con razón– cuando una residencia de ancianos funciona mal, cuando las listas de espera en la sanidad son interminables o cuando se criminaliza al migrante por el simple hecho de serlo. Sin embargo, aceptamos con una normalidad inquietante que a una mujer mayor o a un anciano se le expulse de su casa porque así lo dice el contrato. Sinvergüenzas. Esto también va de una economía que presume de eficiencia mientras expulsa a quienes ya lo dieron todo. Qué complicada es esta metáfora tan indigna. Jorge no pide caridad. Pide tiempo. Pide seguir viviendo donde ha vivido siempre y hacer vecindad. Pide no convertirse en un problema administrativo al final de su vida.
Y quizá la verdadera locura no sea cuestionar las normas, sino aplicarlas sin alma. Es la violencia legal del desalojo que acaba con familias por caprichos de la especulación. Algún día, todos podríamos ser Jorge. Y entonces entenderemos que una casa no es simplemente un activo. Es un lugar donde alguien merece quedarse. Por suerte, tu vecindario va a estar ahí contigo, apoyándote ante una nueva injusticia que seguimos, cruelmente, normalizando. Jorge solo pide seguir pagando su alquiler para quedarse en su refugio, para vivir en su casa.
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