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Opinión | El recorte

Cambiar el foco

Trabajadores realizan tareas de retirada de los vagores en el punto del acidente de Adamuz, el pasado lunes.

Trabajadores realizan tareas de retirada de los vagores en el punto del acidente de Adamuz, el pasado lunes. / EP

Dicen los manuales que para ocultar una noticia incendiaria lo que se necesita es otra mayor. Hasta hace muy poco la información en España giraba en el vórtice del agujero negro de la corrupción que afectaba al Gobierno y a gente próxima al presidente Sánchez. La cosa parecía imposible de empeorar. Pero lo hizo.

Cuarenta y cinco muertos en un accidente en la Alta Velocidad por el fallo en una soldadura en las vías. Un desastre justo en la red de la que había alardeado, de forma temeraria, el titular de Transportes, Oscar Puente. Una tragedia que vino anunciada por fallos estrepitosos en el sistema ferroviario, retrasos, fallos en las catenarias, trenes detenidos y cabreo de lo usuarios.

Había que hacer algo urgente. Y por supuesto, se ha hecho. El Gobierno ha lanzado una arriesgada maniobra para que se amplíe el debate a otros asuntos ideológicamente favorables. Por eso ha llevado al Congreso, sabiendo que iba a caer, un decreto con la actualización de las pensiones, pero adosado a una prórroga en defensa de los inquilinos ocupas. O sea, una de cal y una de arena. Todos los partidos habrían votado por la subida de las pensiones, que solo es cumplir lo que establece la ley, pero el PP y Junts Por Cataluña no estaban dispuestos a que se siguiera defendiendo a los que ocupan las casas ajenas sin pagar. Así que el decreto no se aprobó, que es precisamente lo que quería el Gobierno. Para abrir una efímera e inútil polémica, que no ha llegado ni a marejadilla, porque la gente está harta de filibusterismos de medio pelo.

Las pensiones subirán. Todo esto no es más que una mala película digna de la mala política que se hace hoy en este país. Otro asunto de más enjundia será la regularización masiva de inmigrantes, entre medio millón y ochocientos mil, que ha anunciado también el Gobierno, lanzando otro gran tema a las fauces mediáticas para intentar reducir la temperatura de la indignación ferroviaria.

Ahora nos pasaremos semanas discutiendo si es bueno o malo dar permisos de trabajo y de residencia a los migrantes que ya están entre nosotros. Unos lo vincularán al aumento de la delincuencia y al efecto llamada. No es verdad que tras las regularizaciones haya aumento de migrantes. No ha pasado nunca. Y es relevante decir que esos migrantes ya están aquí y legalizarles solo implica darles más facilidades para trabajar e integrarse en la sociedad. Una política coherente en materia de migración consiste en la expulsión de los migrantes que delincan pero eso no es incompatible con otorgar derechos de residencia a los que trabajen y contribuyan a levantar un país donde ya se acercan al 18% de la fuerza de trabajo: el 80% de ellos procedentes de países centro y sudamericanos.

En el debate sobre la migración, ninguno de los extremos lleva razón. Ni los tontolabas progres que dicen que venga todo el mundo ni los ultrapatriotas que sostienen lo de Santiago y cierra España. Necesitamos una migración ordenada, regular y segura. La regularización tiene de malo que es genérica y masiva, no individual y ordenada. Pero no impide que en el futuro seamos firmes en la devolución de los migrantes ilegales con los que trafican las mafias.

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