Opinión | El recorte
El accidente

El ministro de Transportes y Movilidad Sostenible, Oscar Puentes. / José Luís Roca
Falló un punto de soldadura. La unión entre una traviesa antigua con una nueva, hechas con dos aceros diferentes. La vía se rompió y el tren descarriló causando un accidente con cuarenta y cinco víctimas mortales. Y ahora las pequeñas mentiras publicitarias se tornan demoledoras. Porque resulta que es falso que se renovara «completamente» o de forma «integral» el trazado de esa vía de alta velocidad entre Madrid y Sevilla. Se hicieron algunos apaños. Se colocaron nuevos elementos junto a otros viejos. Nadie habría sabido nada si no estuviéramos ahora cavando medio centenar de tumbas.
Óscar Puente no es culpable, en un sentido similar al de Carlos Mazón. El ex presidente valenciano estaba almorzando felizmente cuando un diluvio se llevó por delante doscientas vidas. Su terrible error fue no estar en el puente de mando cuando el barco se hundía. Suficiente para tener que pagarlo con el cargo. Pero le llamaron asesino, porque este es un país profundamente canalla. Puente es el ministro de Transportes y ha heredado una gestión anterior. Le ha tocado asumir el trabajo de otros. Y los pufos. Dentro de ellos una red ferroviaria que está fallando más que una escopeta de feria. Su gran error fue presumir de una red de alta velocidad en el momento más inoportuno: en el tiempo en que estaba ofreciendo alarmantes indicios de colapso. Vibraciones y oscilaciones impropias en los convoyes y quejas de las operadoras por los fallos en la estructura de la red. Hasta que se rompió un rail, descarriló un tren y sucedió una tragedia
En favor de Puente hay que decir, aunque sea lo único, que dio la cara ante los medios desde el minuto uno después del accidente. Pero su relato se ha ido agrietando con el tiempo. Ha empezado a mutar en autodefensa. En construir una explicación de lo ocurrido que no suponga una culpa intensa para los responsables del sistema ferroviario, o sea, él y el Gobierno. Por eso lanzó esa polémica afirmación de que se habían gastado setecientos millones de euros en una renovación «integral» de la línea. Y por eso ha quedado a lo pies de los caballos cuando se ha demostrado que la afirmación no es cierta. Porque es importante que los medios de comunicación, los ciudadanos y la Real Academia de la Lengua entiendan que una reforma «integral» y «completa» es cuando se sustituye todo lo antiguo. Pero es mucho más relevante que la Comisión de Investigaciones de Accidentes Ferroviarios haya dejado al ministro con las nalgas al aire señalando que ellos entienden lo mismo. Y que la reforma del tramo donde se produjo el accidente no fue «completa» porque se mantuvieron viejos materiales con décadas de uso. Y eso ni es lo mismo ni es igual.
El insultador mayor del reino, sabe que le ha tocado. Lleva arrastrando un caos ferroviario desde hace años, con paralización de trenes y fallos en toda la red. Miles de viajeros han soportado el desastre mientras se denunciaban sospechosas vibraciones y sacudidas en la alta velocidad que apuntaban unas vías deficientes. No es extraño en un organismo, ADIF, que gasta más dinero en las nóminas de su personal que en el mantenimiento de las redes. Parece increíble, pero es cierto. Es la obesidad mórbida de lo público, que al final termina descarrilando.
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