Opinión | Sangre de Drago
Cuando termina enero

Los expertos de Canarias Sin Deuda advierten de que la cuesta de enero puede alargarse todo el año si no se controla el gasto / El Día
Enero siempre acaba igual: pidiendo perdón. Se va desinflando poco a poco, como si fuera consciente de la fama que arrastra. La llamada ‘cuesta de enero’ no es solo una expresión económica: es un estado de ánimo colectivo. Un tiempo de reajuste, de volver a poner los pies en el suelo después de los excesos simbólicos –y reales– de diciembre. Las luces se apagan, los propósitos empiezan a tambalearse y la vida cotidiana recupera su pulso, menos brillante pero más verdadero.
En la Universidad de La Laguna, además, enero no solo se termina: se transforma. Con el inicio del segundo cuatrimestre, el campus vuelve a llenarse de mochilas, de horarios recién impresos, de asignaturas que prometen ser distintas y de estudiantes que regresan con una mezcla de cansancio y esperanza. Es un mes bisagra: se cierran exámenes, se abren nuevas materias, se evalúa lo aprendido y se intuye lo que aún queda por construir. Enero no es un final; es una frontera.
Quizá por eso nos pesa tanto. Porque no es solo una cuesta económica, sino vital. Enero nos enfrenta a lo real: a lo que somos de verdad cuando ya no hay celebraciones que disimulen las carencias. Nos coloca delante de nuestras limitaciones, de nuestras rutinas, de nuestras deudas –no solo las bancarias, también las interiores–. Y, sin embargo, tiene algo profundamente pedagógico: nos enseña que el tiempo no se detiene, que siempre hay un después, que la vida no se juega en los grandes momentos, sino en la perseverancia de lo cotidiano.
Hay una escena evangélica poco citada que encaja bien con este tiempo: la de aquel Jesús que, después de los milagros y de las multitudes, vuelve a caminar por los caminos ordinarios, sin aplausos, explicando pacientemente a sus discípulos lo que aún no entienden. No hay épica, no hay espectáculo. Solo camino, palabra, proceso. Algo parecido ocurre en enero: se acaba lo extraordinario y comienza lo esencial. No hay luces, pero hay dirección.
Tal vez la ‘cuesta de enero’ no sea tanto un problema como una oportunidad. La oportunidad de preguntarnos hacia dónde vamos ahora que ya no nos empuja la inercia de las fiestas. La oportunidad de asumir que crecer siempre cuesta, que aprender siempre exige atravesar cierta incomodidad, que todo segundo cuatrimestre –académico o vital– implica empezar de nuevo con menos ingenuidad, pero con más verdad. Enero se va, sí. Pero nos deja, como siempre, en el lugar más importante: el de seguir caminando.
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