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Opinión | El pergamino de Clío

Rezos, orgasmos y cerveza

Hildegarda

Hildegarda

Hildegarda (Alemania, 1098-1179) fue, sin duda, una mujer inusual para su época. Fue una monja benedictina que reflexionó en sus escritos sobre Dios, el diablo y el hombre, expresó sus pensamientos sobre la sexualidad, más concretamente, habló sobre el orgasmo con una naturalidad pasmosa. «El de la mujer, suave como un viento de primavera, en cambio el del hombre, fuerte como un vendaval», sin embargo, creía firmemente en la igualdad entre hombre y mujer.

Hildegarda fue la primera en asegurar que el placer no era obra de Satanás, sino que venía del cerebro y que la mujer también podía sentirlo.

El Decreto de Graciano (1140-1142), que recogía las leyes de la Iglesia, prohibió explícitamente que las mujeres tuvieran contacto con objetos de culto. De hecho, según el tratado, la mujer no podía ostentar autoridad alguna y debía someterse al hombre. En un periodo en donde se consideraba que las mujeres carecían de raciocinio, Hildegarda tuvo que utilizar su ingenio para conseguir ser escuchada. Su truco consistió en alegar tener visiones en las que Dios le transmitía conocimientos, convirtiéndose de este modo en una elegida del Todopoderoso.

Hildegarda fue hija de un noble alemán y, con tan solo ocho años, fue entregada a una viuda que la formaría espiritualmente para poder llegar a ser monja.

En torno a 1113, emite sus votos monásticos y es elegida magistra de un pequeño claustro de diez novicias. En 1136 fue elegida madre superiora y, según ella, a sus 42 años una voz celestial le dijo: «Oh, débil criatura, ceniza de ceniza y polvo de polvo, cuenta y escribe lo que ves y oyes».

Su primera obra, Scivias, recoge sus ideas sobre teología. La publicó bajo la supervisión del monje Bernard de Clairvaux, ya que ella sola no podría haberlo hecho sin que terminase siendo quemada antes de llegar a ser leída. Clairvaux, sin embargo, no quiso reconocer las visiones de Hildegarda, así que esta solicitó al Papa que examinara su caso. Para ello se encargó a una Comisión que estudiara las visiones de la abadesa. Terminaron concluyendo con la aceptación de la joven como visionaria. Además, su escrito se leyó públicamente en la clausura del sínodo en la catedral alemana de Tréveris.

En 1150 fundó una comunidad femenina independiente de San Disibodo y, más tarde, un monasterio. El Decreto de Graciano también prohibía a las mujeres predicar, pero Hildegarda hizo cuatro campañas de predicación. Clérigos, ciudadanos y nobles se agolpaban para escucharla con atención.

En cuanto a la composición de la cerveza, es cierto que la bebida se originó hace más de 7.000 años en Mesopotamia, sin embargo, la fórmula que usamos en la actualidad la inventó Hildegarda. Fue a la monja visionaria a la que se le ocurrió usar lúpulo para preservar la bebida y aportarle amargor.

En 2011, el papa Benedicto XVI la hizo santa y doctora de la Iglesia católica.

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