Opinión | Retiro lo escrito
Despertando de un sueño

Donald Trump publica una foto de Maduro esposado y con los ojos tapados a bordo de buque de EEUU en su red social de BlueSky. / EFE
Tuve amigos que habrían aceptado sin dudar un segundo que una fuerza de intervención extranjera hubiese secuestrado a Franco para llevarle a otro país y juzgarle por sus crímenes. Habrían salido a las azoteas para saludar con banderas y aplausos a los helicópteros saliendo del palacio de El Pardo con el general y Carmen Polo colgados por las patas: doña Carmen, claro está, atada con un collar de perlas inmaculadamente blancas. Lo importante habría sido el huevo, no el fuero. Los hechos y no las formas.
Hoy tengo amigos venezolanos que no han tenido ni el menor problema en celebrar la captura y el secuestro de Nicolás Maduro por marines norteamericanos como si les hubiera tocado la lotería. Se la refanfinfla completamente que haya sido extraído de Venezuela de forma ilegal por soldados de una potencia extranjera. «Como si se lo hubieran llevado los extraterrestres en un platillo volante», me asegura uno de ellos. Al fin y al cabo, argumentan, Maduro y su régimen han practicado durante años el secuestro de ciudadanos inocentes, por el hecho de ser denunciados en su barrio e identificados como hostiles al gobierno bolivariano. No deja de tener su justicia poética que le hayan hecho lo mismo que los suyos le hicieron a tantos otros.
Lo curioso es que dentro de sus muchas diferencias -entre otras de legitimidad democrática- hay una especie de simetría en el comportamiento populista de Trump y de Maduro. Dos tipos escandalosamente enamorados de sí mismos capaces de actuar ante las cámaras sin ningún tipo de vergüenza. Maduro gritó histriónico en un discurso televisado que no tenía ningún miedo de los yankis y que estaba esperando a Trump en el Palacio de Miraflores. «¡Venga a por mí, cobardeeeee!» le gritó. ¡Pues deseo concedido! Fueron y lo sacaron de la cama a rastras. Y el presidente norteamericano ordenó elaborar un vídeo que más bien parecía un meme para las redes sociales, en donde ponía esos chillidos de Maduro junto a su patética imagen de prisionero esposado. Para humillarle, supongo, aún más.
María Corina Machado, como toda la oposición venezolana, había pedido una y mil veces una intervención exterior para acabar con el régimen bolivariano. Venezuela es un pueblo sometido y controlado por los militares. Pero no es el único país del mundo donde pasa eso. También ocurre en Corea del Norte o en China o en Cuba. Y hay regímenes autoritarios que conculcan los derechos humanos y liquidan a los opositores, como Rusia o Arabia Saudí. La lista de lugares en donde se vulnera la democracia es muy larga, pero nadie tiene el menor interés en ninguno de ellos. ¿Por qué? Porque tienen demasiada fuerza o carecen de riquezas naturales. Dos premisas que no se daban en la miserable Venezuela. Trump, con una sinceridad impúdica, no tuvo el menor empacho en decir que Estados Unidos no hizo lo que hizo por devolver la democracia al país, sino porque se va a cobrar en petróleo venezolano. Primero se va a cobrar en crudo y ya si eso un día permitirán convocar elecciones.
La historia más reciente nos está ofreciendo significativas señales de alarma. Cuando Estados Unidos atacó Afganistán -como también hizo Rusia- o invadió Irak o cuando le volaron los sesos a Sadam o hicieron que Gadaffi acabara linchado, con un palo metido por el trasero, la cosa no iba con nosotros. Lo de las Torres Gemelas tampoco iba con nosotros. Las guerras las veíamos por televisión. Hasta que un día llamó a la puerta de nuestras casas en Atocha.
Una y otra vez hemos visto cómo los conflictos se resuelven aplicando la ley de la fuerza. Y hoy el mundo está en manos de populistas y terroristas iluminados. Putin decidió un día cualquiera atacar un país europeo -Ucrania- para amenazar a la OTAN. La somnolienta Europa, como ocurrió en Los Balcanes, hizo como que sí y que no. Con una mano ayudó a Ucrania para conseguir armas y con la otra a Putin comprándole gas y petróleo. Pero ahora las viejas democracias timoratas se han despertado del susto. Están solas. Amenazadas por Rusia, por el Islam y también por un imprevisible Trump.
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