Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Risas y fiestas

Aida González Rossi

Nuestras islas de Animal Crossing

Nuestras islas de Animal Crossing

Nuestras islas de Animal Crossing / El Día

De pequeña siempre veías de forma distinta el primer capítulo de unos dibujos que habías visto, ¿no? Si repetían el primero que vi de, por ejemplo, La banda del patio, yo me daba cuenta de que no podía verlo desde la perspectiva de conocer ya muy bien a esos personajes y enterarme ya muy bien de todo lo que estaba sucediendo. Lo seguía entendiendo desde esa descontextualización primera. Había quedado tocado por eso, bañado e imbañable, y esa sensación mezcla de hogar y casa ajena era solo mía porque solo a mí la casualidad me había hecho empezar a enviciarme a la serie justo por ese capítulo y no por otro. Bueno, solo a mí o a tantes otres que la hubieran pillado también por ahí: como con la saga de videojuegos Animal Crossing y el invierno, regalo de navidad y, como el juego cambia con las estaciones (nieva y sale hierbita y la hierbita se chamusca un fisco), todes crujiendo al pisar.

El otro día me decía un amigo que él entiende que el invierno sea la época de la meditación y el recogimiento, yo lo que pensaba era que claro, claro, para mí el invierno en Animal Crossing es la época de pensar en lo que es realmente Animal Crossing. Me saco los hábitos, las expectativas aprendídimas a través de haber jugado a tantos títulos de la serie, y puedo mirar un poco desde ser una niña que enciende la Nintendo DS y se extraña. Los juegos de Animal Crossing (el último, es decir, el actual, Animal Crossing: New Horizons) son de simulación de vida, de tener una existencia paralela ahí con sus propias reglas en la que te dedicas simplemente a vivir bajo esas reglas, y también entran dentro del género de los cozy games, juegos que se supone que te van a relajar. El primero salió en el año 2002 para la GameCube, y el último, en 2020 para la Nintendo Switch.

En 2020 pasó algo muy curioso con Animal Crossing: New Horizons: se estrenó el 20 de marzo, cuando acababan de confinarnos, y, aunque la saga ya era muy conocida (ya les digo que muches tenemos anclada esa visión de la nieve y los árboles frutales), se convirtió de pronto en un éxito total. Para muchas personas, de hecho, el juego fue un ancla de salud mental muy importante durante la cuarentena. Las salidas eran ahí, las reuniones con las amigas eran ahí, había una misión, un espacio fuera, algo muy nuevo que descubrir y disfrutar a tope. No fue invierno, sino primavera, y no había nieve, sino un suelo verdísimo tan fresco que daba ganas de llorar. Quizá por eso, ahora que, seis años después, acaban de actualizar el juego (es decir, le han metido cosas nuevas que hacer), veo la nieve y lo que siento es la mirada hacia los juegos anteriores, los de la infancia y adolescencia, los que eran más simples, menos conectados, menos adulta yo, claro, que tenía que esperar a que me lo regalaran y no podía, con mi poquito dinero guardadito para eso, comprármelo por mi cuenta y qué buena decisión porque el mundo está rarísimo. Vuelvo a jugar ahora y mi mente se espera la simplicidad de esos primeros inviernos y no la encuentra, y qué descoloque.

Lo que pasa es que los otros juegos eran sencillos: hablabas con tus vecines, decorabas tu casa, recogías fruta. Y este, como hay muchos más medios, no lo es: tu pueblo ya no es un pueblo, ahora es una isla que debes engalanar entera para que vaya siendo más y más popular y turística. Les vecines ahora explicitan que se han ido a vivir a una isla para desconectar y descansar, para vivir la vida isleña. Les vecines ahora esperan, pasives, que tú lo mejores todo, que tú lo hagas brillar todo para que sus existencias-vacaciones sean increíbles. El cambio más grande de la nueva actualización es la apertura de un hotel en la isla: tú debes decorar las habitaciones para atraer gente que deambulará por tu isla exclamando lo preciosa que es y metiendo las puntas de los dedos o alas (porque los personajes de Animal Crossing son, claro, animales) en el agüita de la fuente que tú pusiste ahí.

Así que de habitar a mostrar, de disfrutar de tu rutina a enviciarte malsanamente para lograr un objetivo que desvirtúa el juego. No digo que no me guste ya. Digo que es abrumador ver cómo un lugar de descanso tuyo también. También lo hace y lo sufre. También lo haces, y lo sufres. Ni siquiera está planteado desde la distopía, desde la utopía, desde la crítica, desde la celebración malévola: es solo lo que hay, lo normal, la realidad colándose y tú te automatizas hasta que llega el invierno y ah. Ves desde fuera. Ah. Es tan importante esa mirada extrañada.

Tracking Pixel Contents