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Opinión | Un carrusel vacío

Madres tardías y conejos blancos

Madres tardías y conejos blancos

Madres tardías y conejos blancos / Shamir Auyanet

Según las últimas estadísticas, ha vuelto a descender la natalidad en Canarias hasta alcanzar «mínimos históricos». Sin embargo, el estudio señala que el descenso ya no es tan acusado como en el último año, lo cual puede indicar un inicio de estabilización. Cada vez son más las parejas que deciden tener uno o ningún hijo. Por otra parte, según se ha registrado, la mayoría de las mujeres que son madres lo son en la franja de los treinta a los treinta y cuatro años. Por debajo de esa franja, se encuentra la que va de los treinta y cinco a los treinta y nueve, y va ganando peso la franja que comienza en los cuarenta: cada vez hay más «maternidad tardía», como la llaman.

Me molesta esa denominación. Me hace pensar en el conejo blanco de Alicia sujetando su gran reloj de bolsillo. No creo que sea tarde para ninguna madre: si son madres, es que han podido serlo. Si no hubieran podido, sí habría sido tarde. Es pronto, por ejemplo, para las adolescentes que lo son sin tener los medios o la madurez suficiente. Pero ¿quién decide cuándo es «tarde»?

Desde el punto de vista biológico, resulta más complicado quedarse embarazada a partir de los treinta y cinco, pero eso no implica que vayan a ser madres de segunda clase. Habrán tenido sus razones, muy diversas: físicas, económicas o emocionales. En el adjetivo «tardía» hay una especie de culpabilización latente, como si la mujer tuviera que pedir disculpas a la sociedad por no haberse decidido antes, en vez de pensar que a su edad tendrá una mayor madurez para tomar una decisión de ese calibre.

Cuando una mujer a partir de los treinta y ocho o treinta y nueve anuncia su embarazo, surgen voces críticas de «mamás enteradas» que comentan lo complicado que va a ser criar al niño con esa edad, porque ya no se tiene la energía de la juventud. Si nos ponemos así, la edad de fertilidad ideal para la mujer está en torno a los veinte años, cuando todavía estaría estudiando en la facultad. Además, si la mujer de cuarenta ha tomado esa decisión, sin duda habrá tenido en cuenta el factor y habrá concluido que no va a constituir un obstáculo. Si hablamos de «maternidad tardía», también deberíamos hablar de «sociedad tardía».

No olvidemos que, cuando en 1605 se publicó Don Quijote de la Mancha, Cervantes describía a su protagonista como un viejo y solo «frisaba» los cincuenta años. En nuestra sociedad actual, los hombres de cuarenta y tantos están lejos de considerarse ancianos. Si nos remontamos a la Edad Media, las mujeres parían antes de los veinte y llegaban al final de su vida a los treinta y pocos, y solo algunos de sus hijos sobrevivían. Todo ha cambiado mucho a lo largo de estos siglos; al menos, en el primer mundo, donde se ha reducido la natalidad, pero también la mortalidad infantil. La medicina, las mejoras tecnológicas y diversos factores más han aumentado notablemente la esperanza de vida y han generado que todo se «retrase». Incluso desde el punto de vista estético, cuando vemos una foto de nuestros padres con la edad que tenemos nosotros ahora, apreciamos que parecen mayores. Los veinteañeros de entonces parecen los actuales treintañeros.

Más allá de cuestiones sociológicas, habitamos en un mundo muy dado a la crítica y poco tendente a la empatía. Llevo toda la vida siendo apremiada por supuestos amigos coetáneos a mí que han debido de tener todo muy claro, al contrario que yo. Primero, criticándome por no trabajar, cuando todos ellos ya lo hacían. A los veintiocho, comencé mi primer empleo siendo funcionaria docente. Después, insinuaban que jamás me sacaría el carné de conducir: no lo intenté hasta los treinta y uno. Aunque me costó dar ciento veinticinco clases y dos exámenes prácticos, lo terminé consiguiendo. Entonces, tuvieron que buscar otro motivo de crítica: que no me independizaba. Cuando lo hice, fue como propietaria.

No creo que haya hecho las cosas «tarde». Todo llega cuando tiene que llegar, cuando uno está preparado y cuenta con la situación ideal para ello. No existe una regla universal y objetiva que etiquete algo como «tardío». Cuando cumplí dieciséis años, todavía me pedí como regalo de cumpleaños alguna muñeca, mientras mis compañeras acudían a llas sesiones light de las discotecas y a los primeros botellones. Pero jamás me he arrepentido. Ahora, algunos de los conocidos de mi edad que hace diez años compartían piso con su pareja o cobraban magníficos sueldos están vendiendo esos pisos o en paro. La vida da muchas vueltas, pero nadie debe decirnos cuándo hacer las cosas: es decisión de cada uno. Así que no le pongamos el apellido «tardío» a la maternidad. n

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