Opinión | RETIRO LO ESCRITO
Cuando falla todo
Una vez le reproché en X a un ministro, Óscar Puente, que en hora y media escribiera una decena de tuits. Como han hecho otras personas yo expresé que un ministro no está para pasarse media mañana tuiteando. Bueno, en pocas horas me escribieron más de 300 tuits insultantes o descalificadores. Es un mecanismo perfectamente engrasado. Señalas a alguien y de inmediato una jauría nada espontánea sigue al dedo acusador. No es necesario más pruebas: el que hace eso, sea el puente que sea, es un dechado de imbecilidad, un infeliz, un mequetrefe prepotente. En otros países, más civilizados, un individuo como Puente jamás hubiera llegado a un ministerio. Toda su experiencia previa cabe en la Alcaldía de Valladolid, una corporación donde jamás obtuvo mayoría absoluta y a la que llegó en 2015 casi por casualidad. Y después de ocho años, a un ministerio, quiero decir, a insultar. Puente es de esos tipos que no se explica que no le hayan cubierto de bofetadas. Es el único secreto que guarda. Lo demás está muy claro, empezando por su vocación de señorito que cuando juega al golf lleva encima un equipaje que no se paga con el salario mínimo interprofesional de Yolanda Díaz. Solo tiene usted que escrutar una foto de Puente en 2015 con otra de la pasada semana. Ha adelgazado, cambió de peluquero, lleva ahora trajes caros muy lejos del aliño indumentario de un picapleitos de provincia, se ha arreglado los piños. Indudablemente ha prosperado. ¿Alguno recuerda al primer ministro de Transporte del PSOE? Fue Enrique Barón, jurista, licenciado en Administración de Empresas por ICADE y por la Escuela Superior de Ciencias Económicas de París (ESSEC) y profesor universitario. Hablaba y habla inglés y francés y llegó a ser presidente del Parlamento Europeo entre 1989 y 1992.
Me dirán por qué hablo de Oscar Puente si todavía están abiertas las investigaciones sobre el accidente en Adamuz . Por supuesto soy de los que opinan que debe aguardarse a los resultados de una investigación que casi está empezando. Lo que me irrita es ver a un individuo grosero y faltón que ahora pide, con carita de pena, comprensión y hasta simpatía hacia un responsable público atormentado por una catástrofe imprevista. Es la realidad entrando incómodamente por la ventana, como una ráfaga de viento cargado de pestilencias. Este era el mismo individuo que hace un par de meses anunciaba con gran fanfarria que los trenes de alta velocidad en España alcanzarían muy pronto los 350 kilómetros por hora. Es el que ha insistido contra toda evidencia que España cuenta con una red ferroviaria entre las mejores de Europa. Es el ministro de la impuntualidad y de otros desprecios sistemáticos a los viajeros. El que escupe sobre cada crítica sobre Renfe. El que continúa la rumba de nombramientos al frente de Adif, la empresa estatal que gestiona las infraestructuras ferroviarias: cuatro presidentes en siete años y ningún proyecto empresarial bien articulado y definido, como ha señalado José Antonio Zarzalejos. Un accidente, aunque aterrador y doloroso, no destruye el esfuerzo inversor de España en los últimos treinta años en alta velocidad ni sus benéficos efectos económicos y sociales, ciertamente. Pero desde hace varios años existen señales inequívocas de una gestión deficiente y, en ocasiones, alarmante, y no únicamente en los AVE. Precisamente el sistema de trenes de cercanías, en Cataluña, es un buen y reiterado ejemplo, y acaba de sufrir otro accidente con decenas de heridos y suspensión durante varios días del servicio.
Los trenes, esos animales mitológicos que pulverizaban distancias y recuerdos como explicaba en una canción Joaquín Sabina, tienen en la seguridad, en la integridad de los equipos y pasajeros, una obligación técnica, social y moral. La sensibilidad ciudadana puede ser brutalmente indiferente ante un accidente automovilístico con varios muertos, pero no lo sufre igual con los trenes, y cuando ocurre y pierden de vida decenas de personas es que se ha fallado. Ha fallado todo el sistema de transporte ferroviario. Ha fallado el Gobierno aunque todo haya sido un accidente. La prioridad gubernamental, precisamente, consiste en que no se produzcan accidentes mortíferos y lleguemos a salvo a nuestro destino. n
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