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Opinión | Claroscuro

Saray Encinoso

Cállate ya, ChatGPT

El ChatGPT es un chatbot de IA que utiliza modelos de lenguaje para comprender y generar texto de forma conversacional, como si hablaras con una persona real.

El ChatGPT es un chatbot de IA que utiliza modelos de lenguaje para comprender y generar texto de forma conversacional, como si hablaras con una persona real. / Frank Rumpenhorst / DPA

Le pido a ChatGPT que elabore un menú de recetas saludables, que haga un listado de ensayos relacionados con el trabajo, que resuma una ley de igualdad en cinco párrafos, que busque la etimología de la palabra refugio. El resultado varía, a veces la inteligencia artificial es útil y otras veces se inventa las respuestas, pero hay un comportamiento que siempre se repite: al final de cada réplica, el robot tiene preparada una nueva propuesta, una sugerencia para que la conversación nunca acabe. No es que la máquina haya aprendido a escuchar: igual que yo intento sacarle partido, ella fuerza la interacción conmigo para seguir evolucionando.

Me he convencido, sin embargo, de que ChatGPT me ayuda a ahorrar tiempo. Si me escribe emails rutinarios y me evita algunas lecturas, puedo emplear ese tiempo en otras tareas. Ya lo dicen todos los gurús del mundo laboral: el futuro no será de quienes ignoren a la inteligencia artificial, sino de quienes sepan sacarle partido. Pero la lista de tareas pendientes debe de crecer a un ritmo mucho mayor del que ChatGPT mejora mi vida, porque, a pesar de esa ayuda, raro es el día en que piense que he ganado tiempo para mí. Sea lo que sea tiempo para mí.

A veces, planteo una consulta a ChatGPT como quien hace scroll en Instagram y ese pasatiempo deriva en un intercambio que se prolonga más tiempo del previsto. Cedo a sus recomendaciones. Permito que adapte el recetario a una semana completa y que me haga propuestas sin lácteos o reduciendo el gluten, que me ajuste al ámbito de las políticas públicas los títulos que le he pedido o que profundice en ensayos más filosóficos, que resuma las medidas claves de la norma canaria y las confronte con la estatal, que compare el origen de la palabra refugio con otros conceptos como abrigo, casa o asilo.

Hace unos días escuché al escritor colombiano Héctor Abad Faciolince contar, en un pódcast literario de la radio pública de su país, un pequeño experimento que llevó a cabo. Pidió a ChatGPT que escribiera un cuento de terror -apenas tres o cuatro párrafos- sobre un presidente que llegaba siempre tarde a todas sus citas. La máquina obedeció y en cuestión de segundos presentó un relato que «no era prodigioso, pero tampoco era malo».

A partir de ahí, el escritor publicó un artículo en el que se hacía una pregunta incómoda: si uno de sus oficios, el de articulista, podría llegar algún día a ser sustituido por la inteligencia artificial. No hablaba desde el alarmismo, sino desde la certeza de que estos programas escriben cada vez mejor y se van acercando a lo que conocemos como el test de Turing. El lógico británico planteaba que cuando un ser humano y una máquina lograran mantener una conversación por chat sin que se pudiera distinguir quién era quién, podríamos decir que la máquina piensa. O, al menos, que escribe como si lo hiciera.

Igual que a Abad Faciolince, también me inquieta la velocidad a la que progresa la tecnología, pero no sé si me aterra más vivir en un mundo en el que no exista ni un segundo de silencio –ni sonoro ni mental– y en el que haya que sacarle partido hasta al mindfulness, porque para qué vamos a poner la mente en blanco si no es para luego ser más productivos. Y entonces solo tengo ganas de gritar: ¡ChatGPT, cállate ya! Pero en realidad no sé si se lo digo a esa supuesta inteligencia artificial o a mí misma.

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