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Opinión | La cantina ilegal

Un nuevo espectáculo

El mundo de los feriantes resulta ser interesante, no se si tanto como para un documental de Netflix, pero casi.

En primer plano, la tercera generación de la empresa familiar turrones y golosinas Yuly, habitual en la subasta del Carnaval.

En primer plano, la tercera generación de la empresa familiar turrones y golosinas Yuly, habitual en la subasta del Carnaval. / Arturo Jiménez

Anoche se pasó por mi cantina mi compadre José María del brazo de mi amiga Piluca, respondiendo a la llamada que le hice para que mi compadre, en su condición de letrado, le echara un vistazo a una propuesta de contrato que me envió una fábrica china de Wanzhou que pretende comercializar las garbanzas de mi madre enviándolas envasadas al vacío por AliExpress, cosa que no me convence a priori porque, si accedo a ello, me puede pasar como a las murgas: que si no cuidan el envoltorio, pierden su esencia.

Mira Pedro, dijo mi compadre, yo no lo haría aunque te diesen los sesenta y cinco mil euros que pagaron en la subasta de kioscos por un mesón en la plaza de España para este Carnaval; por cierto, una subasta la de esta edición que tuvo cierto aroma de antaño ya que, al parecer, hubo momentos de mucha tensión, amén de algún amago de ‘nos vemos ahí defuera’. El mundo de los feriantes resulta ser interesante, no se si tanto como para un documental de Netflix, pero casi. En las conversas de mi cantina he escuchado, desconozco si es cierto, de acuerdos entre ellos, de reventas de adjudicaciones, de ubicaciones por antigüedad y un sinfín de curiosidades que, al final, desde que haya uno que se sale del tiesto, ya tenemos «verbena».

Que un mesón llegue a pagar esa cantidad de dinero por diez días de fiesta en la calle me hace dudar de lo que me aseguró alguno, cuando yo era gerente: que pierden dinero con el Carnaval y que vienen por tradición, argumento que yo no me creo porque, a fecha de hoy, no conozco a ningún empresario que monte un negocio sabiendo ya de antemano que perderá dinero. Los que sí perdemos, somos los que pagamos nueve euros por una papona o diez euros por una caña y un pinchito. Total, que parece ser que la subasta de puestos se ha vuelto a poner tan interesante que la organización debería ponerla en el programa de actos y vender entradas, cual si fuera un nuevo espectáculo. n

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