Opinión | El recorte
Sexo, mentiras e inteligencias artificiales

El presidente del Gobierno, Pedro Sänchez, con representantes de asociaciones de víctimas de abusos sexuales en la Iglesia. / MONCLOA
En los años sesenta, Truman Capote escribió una novela en la que narraba un crimen real; el de la familia Clutter, en un pueblo de Kansas, en Estados Unidos. Contó de forma soberbia la brutalidad de un asesinato sin sentido y exploró la vida y el pasado de los asesinos, Dick Hickock y Perry Smith. Con los criterios de hoy en España, la novela supondría una revictimización de los familiares que perdieron a sus seres queridos. Habría sido prohibida. Lo mismo habría pasado con Columbine, de Dave Cullen, que retrató la masacre de un colegio, en el que murieron tiroteados una docena de jovenes. O, sin salir de casa, el Crimen de los Marqueses de Urquijo, el libro escrito por el propio Rafael Escobedo, el único condenado, o los varios libros sobre los crímenes de Alcasser.
El Gobierno de España ha aprobado un anteproyecto de ley para proteger a las víctimas, porque todo el mundo es hoy una víctima potencial de algo. En este caso no hablamos de la censura a relatos basados en crímenes reales, porque el delincuente existe en el mundo virtual. La nueva norma pretende, entre otras cosas, perseguir la creación y difusión de imágenes, generadas por Inteligencia Artificial, en las que se atente contra la indemnidad sexual de las mujeres o el honor o la fama de las personas. «La IA puede ser beneficiosa o puede ser usada para difundir bulos y mentiras, esparcir odio y atacar a nuestra democracia. Por eso es oportuno su buen uso y gobernanza», ha dicho de forma inquietante el ministro para la Transformación Digital, Óscar López. Lo de atacar nuestra democracia dicho en el mismo párrafo de los bulos es nombrar la soga en la casa del ahorcado.
Para sancionar la difusión de falsedades ya existen leyes: las que protege la vulneración del honor y la intimidad de las personas. Da igual que la falsedad se construya con un bolígrafo, un procesador de textos o una IA capaz de generar imágenes. Habrá que esperar al contenido final de la ley. Es comprensible que a cualquier Gobierno le preocupe una herramienta poderosa como la IA, que ha venido a cambiar tantos paradigmas, pero debería preocuparnos que éste o cualquier otro gobierno, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, intente imponer más restricciones a la libertad de opinión.
Un asunto recurrente de hoy, cuando se trata de las redes, es hablar de «verificadores» y «controladores». No digo –aunque solo exageraría un poco– que se trate de una figura evocadora de los viejos censores de la dictadura, que revisaban los textos y películas para que se adecuaran a la ortodoxia moral de aquella asfixiante época. Hoy son gente bien intencionada, encargada de certificar en las redes que algo es verdad: una tarea difícil porque la verdad es muy esquiva y poliédrica. Es útil cuando la verificación se refiere a datos o fechas, que son elementos objetivos. Pero ocasiones hay un sesgo. Porque la tentación de confundir la información falsa o inexacta con una opinión despreciable es muy grande. Muchos sueñan con el Ministerio de la Verdad. Por eso se creó una Ley Mordaza que condena algunos delitos de opinión, llamándolos apología, cuando se «interpreta» que incitan al odio o denigran a ciertos colectivos arbitrariamente elegidos.
La información se basa en datos y tiene que ser rigurosa. La opinión es un artefacto que se construye interpretando la información y es libre. Debería serlo. Pero hoy, y no solo en España, el poder está alarmado por un mundo que no controla y apenas entiende. El desorden y el ruido, la creatividad y la locura, se mueve libremente en esa plaza pública que son las redes sociales. Los medios de información hemos dejado de ser propietarios de la verdad, que nos ha sido arrebatada por miles de opinadores, comunicadores y telepredicadores que inundan las redes y llegan a millones de devotos seguidores que no exigen la verdad, sino la confirmación de sus propias ideas.
Si la mentira fuese delito, el presidente y muchos otros políticos estarían condenados a galeras. Pero no lo es. Afirmar que la Inteligencia Artificial miente, es una estupidez. Lo hacen quienes la usan. Y es que la mentira, ya lo dijo Revel, es la fuerza que mueve el mundo.
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