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Opinión | Análisis

Omar Batista Martín

El precio y el valor de ser isla

Las tierras raras y el oro, los grandes atractivos de Groenlandia que quiere Trump

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Las islas suelen entenderse allende los mares como territorios singulares, casi autosuficientes, protegidos por el mar que las rodea. Sin embargo, la historia demuestra justo lo contrario: pocas realidades son tan frágiles como la insular cuando entran en juego los intereses de una potencia mundial. Cuba y Groenlandia, separadas por miles de kilómetros y por realidades radicalmente distintas, son hoy dos ejemplos claros de cómo una isla puede convertirse en pieza vulnerable dentro de un tablero que no controla.

La razón es sencilla: las islas concentran valor estratégico. Controlan rutas marítimas, aéreas, recursos naturales o posiciones geopolíticas clave. El mar es frontera para la isla pero genera una exposición constante; nos expone. Cuando una potencia redefine sus prioridades —económicas, militares o energéticas— las islas aparecen rápidamente en el centro del mapa. No porque sean débiles, sino porque son útiles.

En el caso de Cuba, la fragilidad no reside tanto en su tamaño como en su condición de isla sometida a una presión prolongada. El bloqueo económico impuesto por Estados Unidos durante décadas ha demostrado cómo la insularidad amplifica cualquier crisis. No hay territorio vecino al que apoyarse, no hay alternativas logísticas fáciles, no hay margen para el error. Cada fallo energético, cada problema de abastecimiento, cada estallido social se vive como un colapso total. El mar, lejos de ser una vía de escape, actúa como un cerco.

Groenlandia representa otra forma de vulnerabilidad, más silenciosa pero igualmente profunda. Durante siglos, su aislamiento geográfico y climático funcionó como una barrera natural. Hoy, el deshielo del Ártico ha transformado esa protección en exposición. Recursos minerales, nuevas rutas marítimas y proyección militar han despertado el interés de grandes potencias que ven en Groenlandia una pieza clave para el futuro. La isla no ha cambiado; ha cambiado el mundo que la rodea. Y eso basta para volverla frágil.

Lo que une a ambos casos es el carácter imprevisible del interés externo. Las potencias no actúan por afinidad cultural ni por principios morales, sino por conveniencia. Una isla puede pasar de irrelevante a estratégica en cuestión de años, incluso de meses. Cuando eso ocurre, sus habitantes descubren que su estabilidad dependía de equilibrios ajenos, decididos en despachos lejanos.

Por eso resulta esencial que las sociedades insulares mantengan una conciencia clara de su posición en el mundo, y guarden siempre una relación virtuosa y diplomática con los actores clave, porque la no agresión es tan importante como la defensa. No se trata de vivir en estado de alarma permanente, sino de no confundir tranquilidad con seguridad. La historia demuestra que las islas que se perciben como excepciones —fuera del conflicto, fuera de la disputa— suelen ser las menos preparadas cuando el interés externo aparece.

Desde Canarias, esta reflexión no es abstracta. El archipiélago ha sido durante siglos punto de paso, frontera atlántica y plataforma estratégica. Mirar a Cuba y Groenlandia es mirar posibles futuros, o al menos advertencias. La insularidad no es un refugio frente a la historia global; es, muchas veces, uno de los lugares donde esa historia se manifiesta antes y con más intensidad.

Las islas no caen por ser pequeñas, sino por ser significativas para el imperio de turno. Primero fue Bethencourt, luego Portugal y España, después Inglaterra. Reconocer esa fragilidad no es un gesto de debilidad, sino de lucidez. Sólo siendo conscientes de nuestra realidad podemos colocarla a nuestro favor, y en ese sentido, es importante que desde nuestro Archipiélago pongamos toda la energía en defender la soberanía europea de un territorio tan singular como Groenlandia, que recordemos que no forma parte de la Unión Europea por decisión propia, siendo distinto el caso de la OTAN de la que sí forma parte. Canarias votó que no a la OTAN y creo que por amplio margen está de acuerdo con formar parte de la Unión Europea. Todo el diálogo que nuestras autoridades puedan dar para ayudar a Groenlandia a entender que su mejor lugar está dentro del modelo de soberanía compartida europeo es muy positivo, no sólo para el devenir de nuestra Europa, si no para la noción de soberanía legítima que debemos proteger y cuidar desde los espacios insulares con alto Índice de Desarrollo Humano en el mundo. Sólo quien entiende el valor que otros ven en su territorio puede aspirar a defenderlo con algo más que la esperanza de pasar desapercibido.

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