Opinión | El cronista de la capital
José Manuel Ledesma Alonso
Plaza del Príncipe de Asturias
Abierta al público el 29 de octubre de 1860, el ornato se ejecuta con las recaudaciones obtenidas en los bazares y tómbolas de las verbenas

Plaza del Príncipe de Asturias. / E. D.
Los frailes del convento franciscano de San Pedro de Alcántara poseían una huerta de 8.570 metros cuadrados en la que cultivaban hortalizas y legumbres para su alimentación, regándolas con el agua que discurría por el barranquillo del Guaite, actualmente canalizado bajo la calle Ruiz de Padrón. Cuando los frailes fueron desalojados del convento, por la desamortización de 1820, y sus bienes pasaron al erario público, la citada huerta sería adquirida, en subasta pública, por Gabriel Pérez, natural de Cádiz.
Como Santa Cruz necesitaba tener un lugar para el descanso y solaz de sus vecinos, en 1856 el Ayuntamiento compraría la citada huerta por 90.000 reales de vellón (Rvn), entregándole al vendedor los 36.764 Rvn que había en las arcas municipales, 41.236 Rvn obtenidos por suscripción popular, y los 12.000 Rvn que prestarían, sin cobrar intereses, Ramón Mandillo, Isidro Guimerá y José García-Ramos.
El 8 de diciembre de 1857, un día antes de comenzar las obras, los bomberos, después de asistir a la función religiosa en honor a su patrona en la parroquia de la Concepción, procedieron a derribar parte del muro de la huerta que daba a la calle del Norte (Valentín Sanz) para que pudieran acceder las autoridades civiles y militares y pronunciaran los consabidos discursos de inauguración, en los que el gobernador civil anunciaría que la plaza se denominaría Príncipe de Asturias, ya que acababa de nacer Alfonso XII, según le había comunicado el comandante de la fragata de guerra española Berenguela que acababa de llegar al Puerto.
La plaza
El proyecto fue elaborado por el arquitecto municipal Manuel Oraá y Alcorcha, comenzando a realizar los trabajos los reclusos confinados en el penal, aunque serían sustituidos por soldados debido a que órdenes superiores obligaron a retirarlos.
Las obras comenzaron construyendo altos muros de contención en los lados colindantes con las calles José Murphy, Ruiz de Padrón y Villalba Hervás, con el fin de regularizar las alineaciones y lograr un plano horizontal.
El acceso principal a la plaza se situó por la calle del Norte (Valentín Sanz), lugar donde en 1866 se colocaron dos estatuas de mármol de Carrara, que representan la primavera y el verano, donadas por Manuel García Calveras, alcalde de Santa Cruz. Al año siguiente, el Ayuntamiento adquirió 14 jarrones de mármol de Carrara para adornar con flores el perímetro de la plaza. Los cuatro lados de la misma serían enmarcados con asiento de sillería de piedra basáltica de las canteras de El Sauzal, rematados por pilastras y tramos de verja de hierro forjado. Sobre cada pilastra se colocaron jarrones de flores, similares a los catorce traídos de Carrara, aunque realizados en la fábrica de mármoles Granados de esta ciudad.
Aunque la plaza se abriría al público el 29 de octubre de 1860, el ornato de la misma se iría ejecutando con las recaudaciones que se obtenían en los bazares y tómbolas que se instalaban en las verbenas celebradas en la plaza; de esta manera se construirían las tres escalinatas laterales que daban acceso a las calles Ruiz de Padrón, Villalba Hervás y José Murphy.
En 1985 se llevó a cabo la rehabilitación integral, se dotó de un paseo alrededor del templete y de pavimento con piedra basáltica
En 1866, alrededor de la plaza se plantaron 20 laureles de indias, traídos de Cuba por el capitán Domingo Serls Granier en su bergantín El Guanche, siendo los primeros árboles de esta especie que llegaron al Archipiélago, y que aún continúan dándole sombra.
La plaza se iluminaría por primera vez en 1870, para celebrar las fiestas conmemorativas del 25 de julio, utilizando los faroles de petróleo que se habían quitado de la calle La Marina. El alumbrado se completaría en 1903, con faroles de hierro fundido que se trajeron de Marsella (Francia).
En 1873 se colocaron los primeros bancos para el descanso de los paseantes, traídos de París, estrenándolos con paseo y música, amenizada por la banda La Bienhechora.
En 1871 se instaló una fuente de hierro fundido, comprada en Londres por la Junta de Mejoras y Ornato de la Alameda de la Libertad. La fuente estaba compuesta por un basamento hexagonal que terminaba en un capitel corintio de 5 metros de altura, donde descansaba una gran taza circular en cuyo centro se elevaban tres tritones con surtidores de agua que, en sus colas entrelazadas, sostenían una taza circular más pequeña, en cuya parte exterior tenía seis cabezas de león que también arrojaban agua por sus bocas. En medio de esta taza se encontraban las figuras de dos niños abrazados que sostenían el juego del agua. La citada fuente permanecería en pie hasta 1930.
En su lugar se instalaría un templete musical, construido en madera con arcos circulares de carácter neoárabe, el cual sería sustituido por el actual que se encuentra elevado por encima del pavimento en el centro de la plaza, con forma octogonal y un podio en cada vértice que sirve de apoyo a una columnata doble que sostiene el entablamento corrido de la cubierta de madera, rematada con teja árabe.
Rehabilitación
En 1985 se llevó a cabo la rehabilitación integral de la plaza, realizándole un paseo alrededor del templete, pavimentado con piedra basáltica y las superficies restantes recubiertas con albero. También se le incorporó un kiosco de hierro, con terraza, de diseño historicista.
En 1994 se colocó una escultura en bronce, denominada Courage, del autor Hanneke Beaumont y, en 2014, otra escultura de bronce, a tamaño real, de Enrique González Bethencort, fundador de la NiFú-NiFá.
En la actualidad, este entorno romántico continúa siendo un remanso de paz dentro de la capital, al ser un lugar de esparcimiento y solaz de los ciudadanos que acuden a pasear, descansar o leer bajo su exuberante arbolado. En ella continúan celebrándose conciertos musicales y los martes de Carnaval actúan Los Fregolinos y la NiFú-NiFá.
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