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Opinión | Notas lingüísticas

Palabras nuevas, palabras nuestras

Palabras nuevas, palabras nuestras

Palabras nuevas, palabras nuestras / El Día

Es costumbre que al finalizar un año las distintas instituciones relacionadas con la lengua manifiesten de algún modo su preocupación por el objeto que justifica su existencia. Así, el Instituto Cervantes publica su tradicional anuario El español en el mundo, ya por la vigesimosexta edición, en el que nos ofrece los resultados de distintas investigaciones, de demolingüística, sobre todo (más de 520 millones de hablantes nativos, nos dice); la FundéuRAE, por su parte, comunica cuál ha sido la palabra del año, la que ha suscitado mayor interés lingüístico, por distintos motivos, en el año que ha concluido (a ‘Arancel’ le ha tocado en esta ocasión), mientras que la Real Academia Española se hace visible para la ocasión presentando las novedades que se han incorporado en este año que termina y que, junto con las que se incorporen en el próximo, conformarán la vigesimocuarta edición de su Diccionario de la lengua española.

Son unas trescientas las novedades, entre nuevas palabras y nuevas acepciones, modificaciones en muchas definiciones y otro tipo de precisiones con las que se intenta mejorar la información de los distintos artículos lexicográficos. Sin duda, lo más llamativo es la presencia de palabras nuevas, entre las que se incluyen voces como desratizador, eurofobia, fotonoticia, milenial, neolengua, okey, priorización, resignificación, simpa o turismofobia. Nuevas acepciones se añaden a palabras como brutal y chirriar, y se registran extranjerismos, aún no españolizados, como mailing, outlet, piercing, smartphon o streaming. Y ante estos ejemplos que acabo de citar, habrá quien se pregunte cómo es que hemos estado utilizando fotonoticia o turismofobia, o el adjetivo brutal en su acepción de ‘magnífico’, sin que previamente estuvieran registradas en el propio diccionario, como llamará la atención que después de haberlo usado en tantas ocasiones aparezca ahora el verbo chirriar con el sentido de discordar. ¿Es que habremos estado incurriendo en graves faltas léxicas cuando hemos utilizado palabras no incluidas en los diccionarios? Nada de eso, los diccionarios no son obras con carácter prescriptivo sino orientador, y puede ocurrir que muchas voces no registradas en el Diccionario académico sí lo estén en otros repertorios, como en el Diccionario del español actual, por ejemplo. Es, pues, equivocada la idea de que las palabras existen porque están en los diccionarios, cuando es en realidad su previa existencia lo que justifica su inclusión en estos repertorios, muy incompletos, por cierto, pues es harto difícil recoger en un único documento toda la riqueza de una lengua de vasta historia y tradición cultural como el español; sin embargo, a pesar de las deficiencias que podamos detectar en ellos, son obras de una indiscutible utilidad, pues entre otras cosas nos proporcionan información acerca de la escritura y significación compartidas por la mayoría de los hablantes de nuestra lengua, que no somos pocos.

Si así fuera, si lo que no está en el diccionario de la Real Academia pudiera considerarse como un uso anómalo por inexistente, es muy probable que gran parte del léxico dialectal de cualquiera de las modalidades del español, el específico o diferenciado, caería fuera de la considerada norma culta de la lengua española, aunque tengamos la certeza de que muchas de las voces dialectales que el Diccionario académico no registra poseen una vigencia y una vitalidad que casi las hacen insustituibles por las consideradas palabras del español general. ¿Procederíamos en contra de la norma culta del español si utilizáramos palabras como amañado, curioso y ardiloso que escuché recientemente cuando en casa confeccionábamos algunos adornos navideños? ¿Y cómo decir que en estas fiestas tuvimos que soportar la posma, el sereno y los aguaceros que nos llegaron con la borrasca Francis, y que, en ocasiones, desprevenidos y sin paraguas acabamos ensopados o enchumbados?

Es muy probable que muchos de los canarismos que he utilizado en el último párrafo no estén registrados en los diccionarios generales del español ni en el de la Real Academia Española, circunstancia que, de ninguna manera, justificaría que tales voces no pudieran utilizarse, si bien hemos de ser conscientes de que por tratarse de estar muchos de ellos circunscritos a una determinada área geográfica, convendría situarlos en contextos suficientemente explícitos y esclarecedores para dar pleno sentido a toda esta variedad, de la que sí se ocupa una institución, la Academia Canaria de la Lengua, que, sí las trata, sin exclusiones, con rigor lingüístico y con la estima de la sentida proximidad de un bien valorado patrimonio.

Saludemos, pues, las nuevas palabras, generales y dialectales, y cuidémonos de las que pretenden introducir algunos no por necesidades lingüísticas sino por un mal entendido prestigio, como es el caso de los muchos extranjerismos que lejos de enriquecer nuestra lengua la empañan con elementos foráneos innecesarios. Confío en que esta recomendación no se entienda como una sugerencia con tintes de purismo casticista, pues no he tenido que irme demasiado lejos ni en el tiempo ni en el espacio para encontrarme en la sección de cultura de un diario de gran tirada un artículo de opinión en el que se afirmaba, hablando de un novel aunque exitoso escritor, que no era una casualidad que mantuviera una historia de amor con el mainstream; que tuviera un aspecto de buena persona con sus outfits de hípster levemente rural, y un dispositivo generador de feel-good-reels en redes sociales. (En página de cultura de El País, 7-1-2026).

Confieso que para entender en su totalidad el novedoso engendro tuve que ayudarme de otros recursos, como si no hubiera sido más elegante decir que el novelista en cuestión seguía las corrientes estéticas dominantes, y que con un atuendo poco convencional con ciertos aires de ruralidad había sido capaz de realizar pódcast con muchos seguidores en las redes sociales.

Por más que siempre he defendido una actitud abierta y nada restrictiva a los cambios y a las novedades en la lengua, no me pide el cuerpo, en esta ocasión, dar la bienvenida a palabras tales ni desearles un próspero año nuevo.

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