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Opinión | La Calle Nueva

Corina se precipita

La opositora venezolana Maria Corina Machado

La opositora venezolana Maria Corina Machado / Europa Press/Contacto/Andrew Thomas

Es un momento endiablado el que vive el mundo y es triste y duro lo que pasa en Venezuela, que ahora es parte de lo peor que le pasa al mundo. Nosotros, los canarios, hemos vivido pendientes de Venezuela; el periódico EL DÍA, por ejemplo, tuvo una sección que duró años para explicar lo que pasaba con los canarios que cruzaron el charco, el inmenso charco, que durante años y años nos permitió vivir gracias a Venezuela.

Cuando pasó Pablo Neruda por el muelle de Tenerife me preguntó si en la isla había arepas; no había, pero yo le dije que sí, que las había, para que él se engatusara con aquel manjar que luego, pasado los años, fue parte isleña de lo que trajeron los que venían a las islas, en las épocas en las que ya caía el esplendor de Venezuela.

Cuando fui por primera vez a El Hierro, a entrevistar a José Padrón Machín, aquel periodista fuera de serie que escribía escondido de Franco, el extraordinario amigo me llevó a ver una casa que le daba las gracias a Venezuela, y así lo decía su frontispicio: “Gracias, Venezuela”. Parecía entonces que todo venía de Venezuela; había canarios que se fueron y que volvieron ricos, y lo exhibían, como maleducados, pero otros que igualmente hicieron allí fortuna, vinieron a ayudarnos a seguir viviendo en medio de la tristeza alargada de la posguerra.

Mi barrio, todos los barrios de mi infancia, de mi adolescencia y de mi juventud, vivieron gracias a lo que nos venía, por carta o en persona, desde Caracas. Mi tío Tomás, el mayor benefactor de quienes, como mis padres, se quedaron en la isla y no hicieron el viaje a Venezuela, nos enviaba ayudas o nos hacía llegar regalos que él podía adquirir y que para nosotros eran prohibitivos.

Jamás olvido aquel día en que él, de visita en la isla, entró en mi casa, se fue al patio, desde allí se fijó en el estado de calamidad que tenía la cocina en la que mi madre preparaba la comida, y se dio media vuelta. Él no dijo nada, era tan discreto como bueno. Así que al día siguiente apareció allí la primera cocina de gas que había en el barrio. En el barro, por otra parte, solo había un teléfono, el de mi madre, del que llamaban los vecinos a los médicos o a los parientes, entre los cuales estaban aquellos que recibían las noticias urgentes en Caracas.

Eran tiempos muy menesterosos, que poco a poco se fueron aliviando, porque era imposible que aquella pobreza se prolongara en las escuelas o colegios, en las casas y en el futuro, que finalmente fue poco a poco más pasable, menos terrible que el que, sin nosotros saberlo, rompió la alegría de nuestras sucesivas edades.

Jamás olvido a esas personas que nos ayudaron a vivir, a ir a la escuela, a comprarnos ropa, a creer, en fin, que la vida era posible en un mundo en el que no teníamos escuelas, ni había comida o no la había en condiciones adecuadas. En aquel entonces comíamos gofio con plátanos todos los chicos del barrio. Era un manjar sabroso que a nosotros nos parecía mejor que cualquiera de los distintos manjares cotidianos que hoy ya no se encuentran ni en las casas ni en las tiendas. Debo decir que en mi recuerdo todo era bueno, como una bendición que venía de las plataneras, de la leche de las vacas, de la alegría con la que las madres, sobre todo, disimulaban la realidad inhumana de la pobreza.

Esa Venezuela que nos ayudó a vivir es ahora otra Venezuela, y lo es desde hace decenios. Ahora es un momento especial, ha tocado fondo el pasado y parece que un futuro de otra magnitud va a aliviar la larga lucha de Venezuela por doblegar lo que comenzó siendo una ocurrencia de Hugo Chavez y ha terminado siendo una satrapía que parecía infinita, en la prolongación desatinada de Nicolás Maduro.

Conozco a muchos venezolanos, residentes en Madrid o en Canarias, o en otras ciudades o pueblos de este país, que han vivido las consecuencias del desastre económico y de libertades que se ha adueñado del estupor que ahora parece que, de una manera u otra, nos guste o no, es el resultado de las presentes posibilidades: ¿qué pasará?, ¿qué está pasando?, ¿quién terminará buscando el sentido común que dejó de existir cuando Chavez dijo, por ejemplo, aquel expropiése tan nefasto? ¿Hasta cuándo durará la incertidumbre azuzada por el presidente de los Estados Unidos? ¿Cuándo Venezuela será un país liberado que ahora está en vilo?

En este proceso se ha producido un hecho que me ha llamado muchísimo la atención: la visita que esta semana le ha hecho Corina Machado al presidente de los Estados Unidos. En medio de la confusión que este hombre, Donald Trump, ha impuesto sobre la faz de la tierra, a la recientemente galardonada con el premio Nobel de la Paz se le ocurrió regalarle su trofeo al mandatario del mundo que más trofeos tiene.

Es posible que ella haya hecho este regalo para explicarle al mundo que no lo hubiera sabido que ella es el Premio Nobel de la Paz. Ese es un premio que tiene que ver con Venezuela, con lo que ella ha hecho por ese país desde la clandestinidad y desde la pasión por compartir con sus compatriotas la difícil tarea de la paz, que ha estado en peligro (lo está, eso no se acaba como una gripe) en este país que tanto beneficio que le ha dado a los que, siendo canarios, también somos en el alma venezolanos.

No se entiende ese regalo. Es más: no se entiende ningún regalo de esta naturaleza a un hombre que no regala nada, al contrario que tantos que se fueron a Venezuela e hicieron tanto por nosotros. Esa medalla debería ser para todos los venezolanos y no para el que, haciendo la guerra, pretende ser un hombre de paz.

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