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Opinión | Notas del móvil

Un enero sin mapa

Propósitos de Año Nuevo.

Propósitos de Año Nuevo. / Crédito: Jo Szczepanska en Unsplash.

Siempre he visto a los primeros quince días de enero como un purgatorio entre el año que pasa y el año que entra. Son los días en los que toda la euforia del fin de año y la motivación de ‘un nuevo comienzo’ vibran en nuestras mentes, llenándonos el pecho de la ilusión de que, esta vez sí, cumpliremos con todos los propósitos. Los gimnasios están llenos, las horas diarias en el móvil están reducidas y torres de libros se erigen en mesitas de noche. Son quince días de prueba para determinar si somos capaces de sacar del papel las nuevas metas personales e incluirlas en la rutina.

Este año admito que me despisté. Entre las fiestas y los regalos, llegué a los primeros días de enero sin un mapa que seguir, solo una lista vacía con guiones dibujados para dar espacio a propósitos que nunca llegaron a formularse en tinta.

Entrar a enero sin propósitos se siente como entrar al purgatorio sin que te velen: quedas perdido en un espacio subliminal entre lo que podría ser y lo que fue. Un cliffhanger mental en el que sabes que deberías estar haciendo algo (hacer ejercicio, plantar un árbol, usar menos redes, etc.) pero no sabes por dónde empezar, a dónde ir o directamente qué hacer. Comenzó la carrera y yo, por alguna razón, no escuché el silbato.

Tampoco he sido nunca el más disciplinado a la hora de cumplir con los propósitos de otros años. De hecho, supongo que por ser estudiante hasta el año pasado, siempre me ha sido mucho más útil estructurar mis años siguiendo el calendario escolar: borrón y cuenta nueva en agosto, nuevos propósitos en septiembre. Pero nunca me había encontrado en la situación de olvidarme por completo y no haber escrito, ni siquiera, ‘comer más fruta’.

Es curioso, desde mi circunstancia, entrar a las redes y hacer doomscrolling a través de las nuevas rutinas de la gente online. Vídeos de todos los pasos a seguir para hacer check en cada uno de esos propósitos, preferiblemente antes de que acabe enero.

Siento que este delirio por que nuestra vida dé un giro de 180º en el primer mes del año, a modo de certificar que sabremos cumplirlo los próximos once meses, es consecuencia de una rapidez intrínseca de nuestro tiempo. Entendemos el cambio con la misma profundidad (y velocidad) con la que deslizamos nuestros dedos por una pantalla y no como proceso arraigado al tiempo, a la lentitud propia de la naturaleza, a la fuerza que tiene las raíces de un árbol para acabar con una acera si ésta interfiere con su crecimiento.

Realmente nos hemos convencido de que estamos en una carrera contra el tiempo y que nuestra única oportunidad de ‘mejorar’ se encuentra entre el momento en que las agujas del reloj marcan las 00.00 y los primeros días del año. Una semana, quince días, un mes, en el que metemos a la fuerza en una rutina, ya bastante cargada, una lista de propósitos a partir de los cuales hemos basado nuestra nueva personalidad. Nuestra nueva vida. Quiénes seremos este 2026.

En este enero sin mapa, me he limitado a observar. Observar, casi desde fuera, la nueva ola de rutinas y personalidades que salen de entre las piedras estos días de frío. He observado y me he recriminado el no haber hecho mi lista a tiempo, el no haberme comido las uvas pensando en doce deseos y unos propósitos a los que hacer check, el no haberme despertado el uno de enero con una nueva vida en mente. Hubiera escrito que me gustaría esforzarme por desayunar más todos los días. Que sí, me gustaría beber más agua, usar menos redes e ir al gimnasio. Me gustaría escribir más y pasar más tiempo con mi madre.

Así que, después de llenarme la cabeza con la culpa de todo lo que no hice, fui a la cocina, cogí una naranja, la piqué en trocitos y me la comí antes de alistarme para el trabajo. Mejor esto que nada, pensé.

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