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Opinión | Risas y fiestas

Aida González Rossi

Ejercicios de escritura

La escritura nos define socialmente

La escritura nos define socialmente / Tendencias21

Ayer leí en la web de la revista literaria The Paris Review una selección de ejercicios de escritura propuestos por la escritora, crítica y tallerista Lucy Ives. Son ejercicios muy personales, extraños, que, según ella, lo que buscan no es que escribas un texto concreto sino que te suceda algo al escribir. Me pareció fascinante leerlos, lo sentí como leer un ejercicio de escritura en sí mismo, como una especie de género literario en el que tú cuentas algo pero además quien te lee se siente estimulade/apelade de una forma especial. Lo curioso es que seguramente la mayoría de ejercicios propuestos no serán escritos. Pero sí pensados en un fogonazo. Si me dices «escribe un cuento sobre las cholas de tu madre», no lo voy a escribir pero en un segundo solo como un rayo veré toda la historia pasándome por dentro y eso sí que hará que me suceda algo, también. Qué entretenido.

Me recordó mucho a la performance La higiene que presentó Sabina Urraca en el festival Poetas, en La Casa Encendida, en noviembre. La autora comienza contando que a veces se llena de ideas y ese llenarse es tan compulsivo como arrancarse las pielitas de los dedos. Mientras se va arrancando los pellejos y se va poniendo tiritas, va soltando ideas para cuentos, novelas, poemas, que sabe que no escribirá nunca pero aun así tienen que salir y pueden ser pescados por otres. Porque, en realidad, aun así, como ideas sueltas sin elaborar, son algo al ser escuchadas. Y son algo al ser pensadas por la mente obsesionada con escribir que ve intereses en tantos sitios y no puede cargarlos todos y qué dolor de espalda más grande.

Normalmente, yo me siento culpable de esas ideas no realizadas. Se sienten como oportunidades perdidas o algo así. Kurt Vonnegut decía que lo más importante para escribir algo, más que cualquier otra cosa, es el interés genuino que sientas por tu idea. Si la idea te hace salivar, sea el tipo de saliva que sea (de nostalgia de dolor de rabia de deseo…), ya tienes tanto hecho. Sin embargo, por cuántas cosas sentimos un babeo momentáneo, intensísimo, que luego tal vez se nos agota o que luego tal vez nos desnuda o nos viste de una forma que no nos apetece o que luego tal vez acabamos abandonando por cualquier razón, o por cualquier desrazón. ¿Qué pasa con eso? ¿Solo vale si le podemos dedicar el tiempo, si decidimos embarcarnos a lo loco, solo vale una pasión si se convierte en una novela entera en la que nos pegamos año y medio encerradas? Entonces, ¿solo podemos tener unas poquitas pasiones profundas, verdaderas, validadas, en la vida?

Esto me hace pensar en para qué se escribe. Es una cuestión complejísima porque está cruzada por muchas cosas: por un lado, está el aspecto romantiquísimo y precioso de la escritura, escribir como jugo y estímulo propio y demás. Por el otro, está el aspecto de trabajo, de lo que implica verdaderamente escribir un libro y el hecho de que un libro sea, en fin, un producto. Elena Ferrante cuenta siempre que tiene muchísimas más novelas escritas que publicadas. Solo publica las que le entusiasman de verdad, las que responden a unos criterios concretos que no tienen que ver con su voz de persona que escribe sino de autora que publica. Esto suena precioso, pero, claro, Elena Ferrante es autora de una saga best seller mundial. Si tienes tiempo para escribir, juegas un montón, y a través de ese juego luego alcanzas el desprendimiento verdadero del pellejito, el corazón duro de la manzana. Pero, cuando no lo tienes, es normal que quieras llegar directamente al corazón de la manzana: sabes que tienes que entregarte a esas dos o tres pasiones que reúnen todas las cualidades para ser textos definitivos y completamente tuyos.

Yo creo que la versión «para les mortales» de lo que hace Elena Ferrante es pensar mucho, disfrutar de pensar. Permitirnos hacer esa higiene que plantea Sabina Urraca, permitirnos esos ejercicios mentales de escritura que no nos van a llevar a adquirir material productivo pero sí nos van a llevar a disfrutar del pensamiento escrito, un pensamiento minucioso, lento, lúdico, estético, emocional, profundo, dramático, hermoso. Con las ideas que van y vienen, llegar hasta el final, y quizá no a través de trabajo sino a través de lo que es justo el centro de la cuestión: el interés. Tal vez podemos darle una vuelta a lo de Kurt Vonnegut. El interés profundo sobre la cosas es lo más importante para la escritura, pero también es lo que la escritura nos da. Nos acostumbra a buscar, a hacerlo desde nuestra subjetividad absoluta, distinta, situada. Juego precioso. Atrevimiento precioso. Hoy solo quería decir que podemos desechar ideas y aun así comprometernos con ellas.

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