Opinión | El recorte
En defensa de Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez / Marta Fernández - Europa Press
Frente a la opinión mayoritaria de este país, como un salmón hastiado que se dirige al desove final, admito que estoy intelectualmente de acuerdo con el Sanchismo y su idea de la demolición de España. Muchas grandes y polémicas figuras que esculpieron mi estupidez juvenil predicaban la destrucción del Estado. Para Lenin era un molesto e inevitable tránsito hacia la dictadura del proletariado. Para los postmarxistas, una herramienta de poder de la burguesía. Para Rothbard, un simple ladrón.
El Estado ya no es el contrato social. El Estado no somos todos. Es una clase, una casta sacerdotal de funcionarios, una espesa trama de musgo en el estanque que impide que circule el agua. Y como el Estado es invulnerable a las reformas, porque defiende su preservación con el monopolio de la fuerza, la única manera posible de desmontarlo es a través de su reducción a estructuras mucho más pequeñas. La eliminación por consunción.
La propuesta de Sánchez de acabar con el residuo de la administración central del Estado me parece luminosa. ¿Para qué queremos una corte de vividores en Madrid moviéndose por los ministerios como por los pasillos de Versalles? ¿Para qué nos sirven los ministros y ministras y ministres, en sus pisos oficiales, con sus criados y sus chóferes, pariendo proyectos y campañas manifiestamente inútiles basadas en ocurrencias publicitarias? ¿Para qué necesitamos más de medio millar de diputados y senadores que cobran pingües sueldos y se aseguran la pensión máxima de jubilación por el simple hecho de reunirse para ponerse a parir?
Me parece brillante que Moncloa haya decidido liquidar de un solo tajo el nudo gordiano del corazón del Estado, que es el Gobierno y la administración central. Desde que el mundo es mundo, ya lo decían Los Sabandeños, los intermediarios se hacen ricos a costa de los consumidores y los productores. Es absurdo que un canario pague impuestos para que vayan a Madrid, se queden allí con una parte y luego nos manden de vuelta lo que sobra en forma de inversiones y salarios para maestros o sanitarios.
La revolucionaria tesis que defiende Sánchez es el fin de la solidaridad. De acuerdo. Pero es también el fin del mamoneo. Lo mío es mío y quita tus sucias manos de lo que he ganado con el sudor de mis cuernos. El primer paso es que las autonomías se hagan con el control de la recaudación de impuestos de sus ciudadanos. Eliminando la administración del Estado, vaciándola de dinero y de competencias, perderemos la selección nacional de fútbol, la televisión pública estatal y el ejército. No es una tragedia insuperable. Vivimos tiempos de cambios drásticos. Milei, con su política de la motosierra, decidió podar el ruinoso Estado argentino plagado de burocracia y mamandurria. Es lo mismo que hicieron en Portugal. O en Grecia cuando el Estado heleno quebró un modelo capaz de permitir treinta jardineros para cuidar un parterre de diez metros cuadrados.
Con una deuda pública que va camino de los dos billones y un sistema de pensiones que va a detonar, Sánchez se debe haber dado cuenta que la única manera de evitar el desastre es la liquidación del Estado. Quiebra por insolvencia. El tipo es un genio.
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