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Opinión | Retiro lo escrito

Un manifiesto tardío

Momento de la entrevista a Jordi Sevilla en el programa 'Un café en las alturas'.

Momento de la entrevista a Jordi Sevilla en el programa 'Un café en las alturas'. / PI

El documento difundo por Jordi Sevilla el pasado lunes es más una expresión de melancolía que un manifiesto político. Una de las características del manifiesto político –un género de intervención pública que se remonta a la revolución francesa– es el compromiso explícito de un amplio grupo de personas –lo más amplio posible– a favor de las tesis y argumentos expuestas en el mismo. Primera sorpresa: el manifiesto de Jordi Sevilla solo es promovido por Jordi Sevilla e incluso el autor nos explica que no ha querido incluir firmas de adhesión. Por supuesto son conocidos los nombres de simpatizantes de la educadísima proclama y a través del propio Sevilla se conoce a algunos coautores del texto. Pero eso no es cabalmente un manifiesto, que vale por sus argumentos y llamados, por supuesto, pero también por la calidad y cantidad de los abajofirmantes. Me recuerda esa broma de Woody Allen sobre la exposición individual de un pintor que fue un gran éxito porque, en efecto, asistió todo un individuo.

Este manifiesto incumple la segunda norma del género, y es que llega tarde. Los manifiestos tienen una relación muy estricta con el tiempo. O son puntuales y llegan en el momento crítico oportuno o envejecen instantáneamente en cuanto son publicados. Hubiera sido rarísimo que Cánovas del Castillo presentara el manifiesto de Sandhurst en tiempos de la regente María Cristina. A Socialdemocracia 21 le pasa algo parecido: pretende reactivar como fuerza socialdemócrata a un PSOE que ya no existe y resulta harto improbable que vuelva a existir. Para decirlo muy brevemente, ese PSOE que invoca Sevilla ya no existe porque Pedro Sánchez, su secretario general, le ha vaciado las tripas, ha practicado una operación taxidérmica completa, y la organización ahora cuelga decorativamente, como un viejo oso rellenado de serrín, en una pared de La Moncloa. Lo hizo convirtiendo la necesidad en virtud, es decir, adoptando un oportunismo brutal como principal método de praxis política. Vampirizó retóricas y gestos legislativos a Podemos durante los casi cuatro años de los poscomunistas en el Gobierno, pero el cambio fundamental ocurrió tras las elecciones generales de julio de 2023. El PSOE perdió los comicios, pero aplicando las enseñanzas doctrinales de Pablo Iglesias Pedro Sánchez prometió todo a ERC y a Junts per Catalunya y lo mismo hizo con el PNV y Bildu. Ese era el momento de lanzar un manifiesto y consensuar una estrategia con críticos y desafectos en el seno del partido para paralizar las cafradas del secretario general. No se hizo por dos motivos: porque Sánchez controlaba plenamente el comité ejecutivo federal y, en segundo lugar, porque la gran mayoría de dirigentes y cuadros del partido estaba conforme en poner en marcha cualquier apaño (cualquiera) para seguir en el poder.

Sánchez ha hechizado al PSOE. Lo ha hecho por su fría determinación y su frenética audacia al asaltar el poder y mantenerlo a lo largo de siete años y medio sin mediar un gran éxito electoral. Al no contar con aliados en el espacio de la izquierda su gestión política (y en esto Sevilla tiene toda la razón) ha caminado por la senda del populismo gratificante y el izquierdismo identitario y por el camino no solo ha dejado atrás cualquier proyecto de cohesión social y territorial, sino una parte sustancial de los valores del PSOE, como la fortaleza de sus feministas. Pero los miles de personas que viven gracias a la empresa denominada PSOE –desde ministros a auxiliares administrativos– o que mantienen vínculos emocionales con la marca sienten vértigo al imaginar la pérdida del poder. La amenaza de un gobierno de derecha radical hace el resto. Estoy convencido (y Sevilla seguramente también) que si se celebrara un referéndum en el PSOE sobre Pedro Sánchez el secretario general lo ganaría. Los socialistas son cautivos voluntarios del sanchismo, que les concederá ocho o nueve años de gobierno al precio de un larguísimo futuro de miseria política, electoral e intelectual y a la renuncia a ser un partido mayoritario, de trabajadores y clases medias urbanas, votado por jóvenes y mujeres.

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