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Opinión | El recorte

La eutanasia del plátano

Museo del plátano

Museo del plátano / Arucas

A los pequeños productores de plátanos de Canarias les está llegando de Europa una carta certificada. El contenido, sustancialmente, dice: «descansen en paz». Porque es un hecho que van camino de la fosa.

Cuando Canarias se integró en el mercado común europeo, las islas tenían derecho de pernada en el mercado peninsular del plátano. Es decir, existía una reserva del mercado para las producciones de las islas. A cambio de renunciar a ella –porque era incompatible con las reglas comunitarias– a los canarios les ofrecieron cascarle aranceles aduaneros a las bananas y darle una subvención a los plátanos. Así se las ponían a Fernando VII. Naturalmente entramos de cabeza.

Pasaron los años y de aquellas lluvias estos lodos. Los aranceles que protegían a los plátanos –porque hacían más caras las bananas– han desaparecido y las ayudas al kilo de plátano se quedaron congeladas. Y ahora, con los recortes del presupuesto comunitario, pueden reducirse drásticamente.

A los grandes productores canarios que están en Madrid todo esto mayormente se la refanfinfla. Porque además de vender plátanos de las islas también comercializan bananas centroamericanas, ya que están asociados con las grandes multinacionales. Gente lista. Pero a los pequeños productores los pone a los pies de los caballos, porque, si les bajan la subvención, podrían terminar produciendo a pérdidas.

En todos estos años pasados la banana se ha ido comiendo el mercado peninsular. El consumo ha crecido, pero la producción de las islas sigue congelada en las cuatrocientas mil toneladas al año –más o menos– porque la nueva demanda de los consumidores las han atendido los bananeros.

Con la firma del acuerdo entre Europa y América, el llamado Mercosur, las fronteras comunitarias se abrirán aún más para las producciones agrarias foráneas. La banana es más barata que el plátano y, para muchos consumidores, de superior calidad. Si ya tienen la mayoría del mercado peninsular, no es descabellado pensar que se lo acaben comiendo todo. Y tiene sentido, porque a los consumidores les beneficia comprar lo más barato. Todo esto apunta a que los canarios se van a quedar como una producción residual que irá languideciendo con el tiempo, hasta su extinción.

Ese escenario, para islas como La Palma, será una tragedia. No solo afectará a miles de personas, sino a la propia economía de la isla. Encarecerá el transporte de las importaciones –los contenedores que ahora vienen con mercancías y se van con plátanos– y producirá el empobrecimiento de familias que viven a duras penas de unas pocas fanegadas de plátanos.

El sector platanero no se va a movilizar. Porque los que realmente mandan tienen asegurado un floreciente mercado. Les da igual, en términos económicos, vender más banana y menos plátano. De hecho ganan más con la primera que con el segundo. Y tampoco van a ser ellos los que maten a los pequeños, sino el destino.

Lo realmente extraño es que todos esos humildes productores morirán en absoluto silencio. Les están llevando al paredón y uno no escucha ni un grito de rabia. Debe ser una variante aplatanada del modo canario. Nunca mejor dicho.

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