Opinión | Retiro lo escrito
Apoltronados

Miembros de la CEOE de Tenerife. / Lp
Si usted lleva treinta años siguiendo nuestras interminables crisis económicas y sociales sin duda habrá notado una particularidad, la extrema discreción de nuestras élites empresariales, sobre todo cuando se trata de criticar razonada y razonablemente al Gobierno central y exigir determinadas actitudes y soluciones tácticas y/o estratégicas. Si le apetece puede usted rascar un poco más y encontrará unas organizaciones de empresas encantadas de haberse conocido, pero cuya mentefactura es aproximadamente nula, sin ninguna aportación analítica relevante, sin rastro apenas de una reflexión articulada sobre la evolución de la economía canaria y sus retos. Pongamos por caso la peligrosísima sinvergüencería diseñada por el Ministerio de Hacienda para contentar a los independentistas de ERC en el nuevo modelo de financiación autonómica. El Gobierno canario y los dos principales partidos que los sustentan, por supuesto, se han pronunciado críticamente, mientras los socialistas canarios, por boca nada menos que de su secretario general, han cantado las alabanzas de semejante engendro, porque los dirigentes socialistas están decididos a seguir como lemmings a Pedro Sánchez (y a la socialdemocracia española) hasta el matadero. El silencio de las patronales ha sido casi perfecto. Ocurre con casi todos los asuntos: la desaparición del Posei en el próximo marco financiero de la Unión Europea o la preparación de proyectos para acceder a la última andanada importante de los fondos comunitarios. No es que la CEO tinerfeña o la CEE grancanaria no se pronuncien, siquiera brevemente, sobre todo esto, pero lo hace cumpliendo un pequeño ritual, como sin ganas de molestar a nadie, con una modestia admirable, deseando ser apenas una tenue melodía de fondo, como la música en los ascensores, ya vayan hacia arriba, ya vayan hacia abajo. Si mañana, simultáneamente, cayera un aerolito sobre Canarias, se declarase la peste negra en todos los municipios y los hoteles volaran por los aires con los turistas dentro, las patronales se tomarían tres o cuatro días para pronunciarse, porque no vale la pena ponerse nerviosos por cualquier tontería.
En esa pachorra burocrática, en la prolongación infinita de un bostezo entre vocacional y rentista, juega un papel, obviamente, el tráfico entre la actividad política y la gerencia empresarial característica de nuestra idiosincrasia macaronésica. La dirección de la CEO tinerfeña es casi una familia cuyos principales eslabones son José Carlos Francisco, exconsejero de Hacienda del Gobierno autónomo, y su sempiterno prótegé, Pedro Alfonso Martín, exdirector general de Promoción Económica: entre los dos suman media eternidad en el cargo. Incluso se ha dado el caso de guardarle la Presidencia a Martín mientras permaneció en la Zona Especial Canaria, y Francisco, también exconsejero de Sanidad, se instalaba en el Consejo Económico y Social de la Universidad de La Laguna. Un tercer agente, Eduardo Besares, ejerce como secretario general, incrustado en el consejo de dirección hace lustros, tan leal a Martín como Martín lo es a Francisco, y tiro porque me toca. Durante este reinado de más de un cuarto de siglo el movimiento empresarial se ha momificado incesantemente hasta convertirse en irrelevante. Ya la última elección en la CEO de la provincia fue escandalosa. La próxima, muy probablemente, será indescriptible.
Canarias se las tendrá que ver con retos existenciales en los próximos años. En realidad las empresas canarias más modernas y proactivas hace tiempo que ya no operan, en sus relaciones políticas, administrativas y sociales, a través de una CEO complacida y complaciente que ni está comprometida con el mundo empresarial local –particularmente con las pymes y las volcadas en la innovación– ni con el futuro de Canarias como un proyecto de país viable, próspero y cohesionado territorial y socialmente. Uno ni siquiera pide una organización como el Cercle d’Economia de Cataluña ni espera un empresariado lúcido que actúe con patriotismo y se juegue, por lo menos, lo que le cuestan unas vacaciones en París o en Dubai. Pero lo que sí debería esperarse es que su instinto de supervivencia y exigencia profesional los lleve a liberarse de malas costumbres y dirigentes apoltronados.
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