Opinión | Observatorio
Del esperpento al despropósito y, de ahí, a la ignominia
Hace pocos meses escribí otro artículo en el que comenzaba apuntando qué poco hemos evolucionado en determinados aspectos con el paso del tiempo

Trump y Netanyahu celebraron juntos la llegada del 2026 en Mar-a-Lago
Los recientes acontecimientos ocurridos en Venezuela, con la intervención militar estadounidense que derivó en la captura de Nicolás Maduro y su posterior traslado a suelo norteamericano, ha acrecentado la incredulidad de numerosas personas (entre ellas, la mía) ante una realidad que, sorprendentemente, sobrepasa todos los límites del despropósito. El escenario internacional siempre se ha movido sobre una especie de tablero de «Monopoly», en el que las grandes potencias, imponiendo sus propias reglas y saltándoselas impunemente cuando quieren, se aseguran cuotas de dominio y control. Pero, a día de hoy, junto a ese despotismo se ha instalado una especie de grotesca ridiculez e infames formalidades que, además de sobre el fondo, genera infinita vergüenza ajena sobre las formas.
En el concreto caso venezolano, se da la circunstancia de que la repulsa y el rechazo son absolutos. En primer lugar, sobre el propio régimen de Nicolás Maduro, autócrata y dictador de un régimen detestable. Manipulador de elecciones y concentrador de poder, encarna la antítesis de cuanto merece ser defendido. En segundo término, sobre las ansias de poder de Donald Trump, quien da una vuelta de turca al propio concepto de imperialismo y que, con tremendo descaro y chulería, anuncia su pretensión de hacerse con Groenlandia para entablar su nueva Guerra Fría (o caliente) con el resto de potencias mundiales.
Durante estas jornadas, he visto y oído a diversos dirigentes defender a uno y atacar al otro, como si a uno le asistiese la razón y al otro, la sinrazón. Y el problema radica justamente en que ninguno merece legitimidad, defensa ni apoyo. A título particular, me niego a mostrarles adhesión, pues ambos representan todo lo contrario a los valores de libertad, democracia y Estado de Derecho. Por supuesto, Maduro tenía que abandonar el poder y responder por los crímenes cometidos, devolviendo al pueblo venezolano su voz y sus derechos. Pero aplaudir los planes de Trump, en los que incluye a Colombia, Cuba, México y Dinamarca, supone alentar un estilo de matonismo tanto o más criticable.
Las formas en las que la propia Casa Blanca difunde las comunicaciones oficiales, así como las burlas, el desprecio y la prepotencia con la que el propio Donald Trump se manifiesta cuando habla como Presidente de los Estados Unidos, descalifican a un Ejecutivo que parece salido de una película cómica y grosera, que pudiera tener cierta gracia si se tratase de una ficción, pero que como realidad, abochorna. Pero más allá de esas formalidades, el fondo es más revelador. Exigen el acceso total al petróleo y se jactan de que ahora ellos controlan Venezuela, manteniendo a buena parte de los dirigentes que apuntalaron el régimen autócrata de Maduro como marionetas y despreciando a los dirigentes opositores a los que, mayoritariamente desde el resto de países, se los considera vencedores en los últimos comicios.
Resulta innegable la evidente, clara y manifiesta vulneración del Derecho Internacional a la que asistimos por enésima vez, ya que esta rama jurídica se ve permanentemente pisoteada sin consecuencia alguna por los mismos países de siempre. Sucede con Israel respecto de Gaza y Cisjordania, con Rusia respecto de Ucrania y con China respecto de Taiwan, así como en buena parte del continente africano.
Preferimos pensar en la raza humana como una especie racional y regida por las leyes, y en las naciones de la tierra como entes soberanos que se interrelacionan a través de la diplomacia en sedes como la ONU, cuya Carta fundacional se firmó el 26 de junio de 1945 en la ciudad californiana de San Francisco, coincidiendo con el fin de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Organización Internacional. En dicho texto normativo se manifiesta, por ejemplo, que este organismo se basa en el principio de la igualdad soberana de todos sus miembros, que estos cumplirán de buena fe las obligaciones contraídas al firmarlo, y que arreglarán sus controversias por medios pacíficos, de tal manera que no se pongan en peligro ni la paz, ni la seguridad ni la justicia internacionales. Asimismo, establece que los miembros, en sus relaciones internacionales, se abstendrán de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o a cualquier otra forma incompatible con los propósitos de Naciones Unidas. Palabras vacías. Documentos ignorados. Mientras tanto, la ciudadanía piensa encantada que el sistema funciona.
Llevamos décadas con los medios de comunicación informando sobre idénticos conflictos bélicos y regímenes totalitarios. Estados Unidos, China, Rusia e Israel, actuando impunemente. Venezuela, Irán, Afganistán, Nicaragua, Cuba, Corea del Norte y otros tantos enclaves, pisoteando los derechos y libertades de sus ciudadanos. En definitiva, la situación global no puede ser más deprimente, oscilando semana tras semana del esperpento al despropósito y, de ahí, a la ignominia, acostumbrándonos ya a este modo «normal» de actuar.
Lo peor, a mi juicio, estriba en constatar una total ausencia de solución. La ONU no sirve. Al Tribunal Penal Internacional casi nadie le hace caso. La Unión Europea pierde protagonismo irremisiblemente. Y cada país se posiciona en función de sus intereses, al margen de cualquier criterio objetivo o normativo. Baste señalar como muestra de mercadeo el cambio de posición de España sobre el Sáhara Occidental.
La Corte Penal Internacional emitió en noviembre de 2024 una orden de arresto contra el Primer Ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y su exministro de Defensa, Yoav Gallant, así como contra el comandante de Hamas, Mohammed Deif, por cargos que incluían crímenes de guerra y contra la Humanidad. Dichas «órdenes» de arresto todavía no se han cumplido, pese a que el máximo mandatario judío, durante toda esta etapa, ha estado viajando por el mundo sin riesgo alguno de detención. Así, cuando visitó Hungría, ninguna autoridad de ese país europeo se planteó siquiera arrestarle. Circunstancia similar ocurre con Rusia. En marzo de 2023, la citada Corte dictó una orden de detención contra Vladimir Putin, en relación a presuntos crímenes de guerra relativos a la deportación y al «traslado ilegal» de menores de la Ucrania ocupada. Más de dos años después, el dirigente ruso sigue desplazándose sin ningún tipo de restricción, gobernando e impulsando una sangrienta contienda contra su país vecino.
La gran mayoría de resoluciones de la ONU referidas a estos dos actuales enfrentamientos (la invasión de Ucrania y el conflicto en Oriente Medio) no salen adelante porque China, Francia, Rusia, Reino Unido y Estados Unidos poseen la facultad de vetar cualquier decisión que no sea de su agrado, con independencia de que el resto de países las apoyen.
Hace pocos meses escribí otro artículo en el que comenzaba apuntando qué poco hemos evolucionado en determinados aspectos con el paso del tiempo. En las Facultades de Derecho se estudian las teorías de Rousseau sobre el denominado «contrato social» o de Hobbes en su obra «Leviatán», autores de los siglos XVII y XVIII que, aunque con diferencias entre sí, describían la necesidad de formación de un Estado y de un poder soberano para superar un previo «estado de naturaleza» donde la Humanidad se regía por la ley del más fuerte. Sin embargo, desgraciadamente, la realidad demuestra que nos sigue rigiendo.
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