Opinión | Visiones atlánticas
HUGO LUENGO
Prosperidad y resiliencia

Sede del Consejo Europeo, Bruselas / Sierakowski Frederic/European Co / DPA - Archivo
Europa sigue en la encrucijada de no saber lo que quiere, con mecanismos decisorios que le impiden reaccionar ante la globalización. En un mundo que se reparte con la fuerza de las armas y la economía, que nos alejan de EEUU y de China, el escenario que dibujaron Churchill y Roosvelt para el orden de la posguerra –«la paz como objetivo, la prosperidad como camino y un marco de reglas como garantía»– se ha plegado a las circunstancias de esta ‘tercera guerra mundial’ que explota en numerosas guerras puntuales -Ucrania, Gaza, Irán, Venezuela, con amenazas para Cuba, Nicaragua, Taiwán, Siria, Afganistán, etc.–. En el nuevo orden que reparte la geopolítica en áreas de influencia, entre el pulso de sus dos primeros agentes.
Europa contra los objetivos del art 3 del TFUE, Tratado Fundacional de la Unión Europea que promueve «la prosperidad, el bienestar, la protección social, la seguridad y la economía social equitativa». De facto han renunciado a ellas, aconsejando refugiarnos en la resiliencia, no en la prosperidad acordada. Con su renuncia a la reindustrialización, la pérdida de competitividad al carecer de energía, agricultura, defensa, población, valores e IA propios. Nos hemos colocado en la última década en crecimientos año en torno al 1%, cuando para mantener la prosperidad se exigen incrementos del 3%. La pérdida acumulada de poder adquisitivo, el precio de los productos básicos y de la vivienda, el deterioro de la sanidad y la educación, la inseguridad ciudadana e impunidad del delincuente, dibujan en marco de resiliencia obligada. Conducidos a acomodarnos a una situación adversa, en la incapacidad del juego de los partidos para gestionar la prosperidad de todos, asumir que el ascensor social es posible, éxito y bienestar. En la resiliencia no hay mejora, se carece de plan, no hay promesa sino contención. No hay incentivos para la creación de riqueza, ni para aumentar la productividad, en una deriva fiscal confiscatoria, con una maraña regulatoria que crece gripando la prosperidad. Transferimos más recursos hacia los aparatos públicos ineficientes, que acaban expulsando el talento cualificado, la prosperidad se vuelve imposible con un gasto estructural desbocado, financiado con más deuda pública que se come el ahorro nacional.
Como señala la periodista francesa Salomé Saqué (1995) en su obra Resistir, antes existía una idea para avanzar en el progreso, en la democracia. La crisis de Europa ha incrementado las desigualdades, el joven no puede proyectar su futuro. La UE avanza hacia la muerte de la democracia cuando con su ley de Servicios Digitales introduce el discurso del odio, soportado en interpretaciones morales, no se juzgan acciones sino intenciones. Si el ciudadano no es capaz de tener ideas propias es que la democracia está muerta. Democracia tutelada donde sólo progresa el relato compatible con los poderes públicos. En el ‘Manual de Resistencia’ del presidente, se nos ofrece un buen ejemplo, acomodarnos a políticas sin sentido. Se carece de discurso propio que se sustituye con muros que nos enfrentan. Regresión en la historia más allá de la Constitución, del sistema de financiación autonómico, de la igualdad nacional y del mercado único, hacia un imposible estado confederal. De nuevo los carlismos de la historia, que resurgen en las crisis de la nación, cuando el estado central renuncia al bien común. Resistencia que emula el «no pasarán» guerracivilista de la guerra del 36. Resistiré lo cantaban atacando el virus que nos cogió en 2020.
No es cierto que no haya solución, que tengamos que acomodarnos a la resiliencia que tantos venden como solución a la obligada prosperidad. La pedagogía silenciosa del desaliento se ha trasladado a las escuelas, educando a una generación en la idea de que el esfuerzo y mérito no merecen la pena. Hemos roto el contrato social entre generaciones, que estamos obligados a recuperar, natalidad-vivienda- salarios-pensiones, penalizan a los activos especialmente a los jóvenes. Rehacer la arquitectura institucional, nuevos equilibrios de ingresos, gastos y deuda. Los déficits se cronifican, la deuda crece y la reforma fiscal se evita. Administraciones y políticos en una huida hacia el futuro, donde sólo podremos regresar apostando por la prosperidad y sus reformas obligadas. En Canarias las situaciones se extreman.
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