Opinión | Notas del móvil
Este año sí

Un nuevo estudio mundial revela una carga de enfermedades relacionada con la violencia contra mujeres y niños mucho mayor de lo estimado anteriormente. / Crédito: Anete Lusina en Pexels.
¿Qué nos queda cuando solo hay espacio para la violencia? Violencia en la tele, en el móvil, en las redes. En las calles, en el trabajo, en casa. Violencia al hablar de violencia. Violencia al hablar de paz, de convivencia, de soluciones..
Violencia al iluminarse las pantallas de nuestros dispositivos, que se convierten en una extremidad más de nuestro cuerpo. En un miembro fantasma. En una ventana desde la que asomarnos al mundo desde la comodidad de nuestra burbuja.
Una burbuja que la violencia atraviesa hasta que nos alcanza, antes incluso de que podamos hacer scroll para huir. La violencia deja rastro, deja olor. Hiede por las paredes, por las calles. Se queda impregnada en la ropa como el humo de un fogón. No escapamos de ella. Nos persigue. Se presenta cuando no la esperas, pero también cuando sí, cuando el cuerpo se tensa con la antelación del “qué pasaría si…”,y el pecho se contractura hasta que dejamos de respirar.
Incluso en ese estado de alerta, incluso con los muros más altos para protegernos, ella nos alcanza, nos ensucia.
Siete días llevamos de año. El 2026 llegó rápido, con prisas, de golpe. Violento. Acabó con cualquier ilusión de no repetir los pasos que siguió el 25, el 24, el 23, el 22, el 21, el 20, y todos los anteriores en los que acumulamos uvas en nuestras bocas, formando lagrimillas en las esquinas de los ojos, esperando que este año sí. Que los doce meses que vienen sean distintos. Que por una vez tengamos un comienzo de Disney, de animalitos corriendo por la pradera, de banda sonora compuesta por John Williams.
Pero suena la doceava campanada y cae la primera bomba. Suena la doceava campanada y será la última de muchos, y muchas, que sucumbirán a la violencia. A la violencia de manos cobardes que destrozan familias, que añaden el primer número del año a uno más grande que crece, crece y crece. A la violencia de regímenes fascistas, de narcotraficantes con conjuntos de Nike y un bigote pasado de moda, de señores en traje con un mal peluquín, de bocas llenas de mentiras y bolsillos que se desbordan y chorrean nada más y nada menos que violencia.
Y así nos damos cuenta que al igual que el 25, el 24, el 23, el 22, el 21, el 20, y todos los anteriores, el 26 será igual. Más de lo mismo. Lo de siempre. Lo de todos los años.
Nos queda esperar que, al menos, no sea peor. Pero quién sabe. Quién sabe en un presente donde las fronteras dejan de ser un medio de derecho y pasan a ser uno de opresión. Donde consumimos la violencia como el reality de los jueves. Donde lo que no ensucia el patio de nuestras casas nos entra por un oído y nos sale por el otro.
Hasta que quede todo sucio.Hasta que cada rincón, cada esquina y cada recoveco queden llenos de tanta inmundicia que sea imposible limpiarla.
Incluso, en ese momento, encontraremos una excusa para volver a meternos la cabeza en el ombligo, ‘scrollear’ el vídeo que habla de lo que pasa al otro lado del Atlántico, y quedarnos a gusto. Tan panchos. Porque lo que queda en un mundo donde solo hay espacio para la violencia, es ser violento.
Es repetir el patrón a pequeña, mediana o gran escala. Es depositar el pequeño atisbo de esperanza que queda en doce uvas acumuladas en nuestra boca y esperar que algo vaya a mejor.
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