Opinión | Retiro lo escrito
Pero calienta

Rambla Pulido, en Santa Cruz de Tenerife. / t
El día, ventoso y húmedo, un día de invierno desapacible que por fortuna no llega mucho más allá de Güímar para que los turistas sigan posibilitando un prodigioso 14,5% de desempleo, una productividad estancada, uno de los salarios medios más bajos entre las comunidades autonómicas y una brecha de ingresos que, como las propias islas, está más cerca de África que de Europa. Si uno empieza a subir por la Rambla Pulido desde la plaza Weyler se encontrará, incluso en una mañana tan poco propicia para el callejeo como esta, la interrupción contante de mendigos y pordioseros pidiendo una ayuda, caballero, una ayudita señora, para tomar algo. El primero antes de dejar atrás el edificio de la antigua Capitanía General es un clásico, lleva años pidiendo en el centro de Santa Cruz, y a veces oculta que limosnea ofreciendo a cambio cosas sorprendentes, hoy, por ejemplo, un ambientador barato que ni siquiera podrías encontrar en el bazar chino más infecto. Mueve el ambientador ante ti, como si pudiera hipnotizarte para que le sueltes veinte euros. La segunda, diez pasos más adelante, es una mujer flaca como una cabilla, en el rostro oxidado se hunden los ojos negros, a veces menciona a hijos reales o imaginarios, otras no, y su discurso no admite florituras, porque tiene hambre, te dice que tiene hambre, que no ha tomado nada, que le pagues un café con leche, e inmediatamente llega otro que la aparta casi a codazos, porque necesita tres euros, tiene usted tres euros que los necesito para el tranvía, tengo los pies abiertos, don, no puedo caminar, es cosa de la diabetes de mierda o eso me dice el médico, por favor no me haga caminar, de verdad lo necesito para el tranvía y comprar una magdalena, un dulce de algo, y ese te insulta cuando pasas de largo negando leve y abstractamente con la cabeza, te insulta con un resquemor limpio de culpa, suavemente. Casi con cariño te dice pedazo de cabrón, y frente a una frutería y verdulería china –porque la Rambla Pulido hace años se transformó en una avenida triste y chiquita repleta de establecimientos chinos, tiendas de baratillo, cafeterías anónimas y desganadas– le asalta un yonqui que siempre lo ha dejado anteayer, es el quejica del grupo, cuenta que antes dormía en una estancia destartalada y guarra del antiguo parque Viera y Clavijo, aunque le cobraban, por supuesto, porque fíjate, primo, eso lo llevaba un argentino que te cobraba diez euros por noche o si tenías ropa o comida, y a las siete de la mañana te echaba a patadas con un socio grande y peludo que siempre le acompañaba como un perro, era su perro, aunque tuvieras fiebre, aunque te hubieran roto un brazo o una pierna, les da lo mismo, pero se metieron a hacer obras y tengo que dormir en la calle, porque yo bajo el puente de la entrada a Santa Cruz no me meto, a mí eso me da miedo, dame algo para pasar el día, dame argo, que seguro que tienes un par de euros, enrróllate ahí, y apenas a cinco pasos otro te pide fuego, dices que no fumas, te censura, no seas mentiroso, te he visto fumar, yo no pido para vicios, pero mira cómo estoy temblando, no no es el caballo, es el frío, el frío joder, porque aquí nadie está acostumbrado al frío, y has visto a esa gente subir al Teide para ver la nieve, suben porque tienen donde volver calentitos, mongolos, mongoooooloos, dame algo, esos son unos tirados, y yo no, yo lo que tengo es una puta mala suerte, yo di clases en la academia Numancia cuando llevaba la barbita negra, igual te di clases a ti, tolete, no me das nada, no me vas a dar nada, que bien ir con la bufanda pitiguey y luego no dar nada, y ya a la altura de Benavides uno sentado en un zaguán se levanta como un resorte, dos piernas como dos palillos, y se empeña en que te conoce, claro que te conoce, y se le ilumina el rostro y está a punto de contarte algo cuando llega el loco, el loco que grita furiosamente por las calles santacruceras, un esquizofrénico paranoico que te mira aterrorizado, porque vive convencido de que todos los que lo rodeamos anhelamos contarle el cuello, y el mendigo se ríe del loco, este se hace el loco pero luego entra en las perfumerías y se echa colonia, y al final, cerca del Imperial, el penúltimo te pide el periódico, se lo das porque lo has leído ya y toma las hojas, las arruga, se las mete bajo la camisa hedionda y comenta: «Parece una bobería, pero calienta».
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