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Opinión | El observatorio

Venezuela / Drácula

Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela

Delcy Rodríguez, presidenta encargada de Venezuela / Europa Press/Contacto/Tian Rui

La acción armada ejecutada por Estados Unidos en Venezuela para aprehender al presidente, Nicolás Maduro, y a su esposa, y trasladarlos a Nueva York para ser juzgados con cargos de narcotráfico y terrorismo es una violación grosera de los principios fundamentales del Derecho Internacional y de la Carta de las Naciones Unidas. Añadiré que un jefe de Estado en activo goza de una inmunidad penal absoluta frente a una jurisdicción extranjera, con independencia de la gravedad de los hechos de que se le acuse.

Dicha acción se suma a las ejecuciones extrajudiciales (asesinatos de tripulantes en presuntas narco-lanchas) y actos de piratería (apresamiento de petroleros y confiscación de su carga en aguas internacionales), que se han venido produciendo en las semanas anteriores; añádase la amenaza de fuerza implícita en el despliegue de una gran flota aeronaval y el bloqueo del espacio aéreo venezolano.

Este conjunto de hechos implica que la administración del presidente Trump se está comportando como una organización que, siguiendo sus directrices, recurre al crimen en su acción exterior, confortada por la doctrina del Tribunal Supremo que libera al Poder Ejecutivo de control judicial cuando actúa más allá del territorio de los Estados Unidos. También ha tratado de evadir los controles del Congreso, presentando la operación militar como una acción para hacer efectivo el enjuiciamiento del señor Maduro y de su esposa conforme al predicado alcance extraterritorial de las leyes estadounidenses.

Esta política de fuerza no tiene que ver con la democracia o la libertad de los venezolanos, que al presidente Trump le trae sin cuidado cuando en los países que somete están al frente sus cipayos. Trump coincide con Chávez en que ambos huelen a azufre. Chávez olía al diablo; Trump lo lleva en el cuerpo, impregnado del petróleo que esconde Venezuela en sus entrañas, con las reservas más importantes del mundo.

La extracción del presidente Maduro no ha supuesto por sí sola el derrumbe del régimen. Por el contrario, con un sentido pragmático, Trump quiere instrumentalizar a quienes controlan los resortes de la República, garantizan el orden interno y extienden su autoridad a todos los rincones del país. El caos es enemigo de los buenos negocios.

Trump amenaza con una segunda oleada de ataques en el caso de que no se sigan sus instrucciones. Él será el «gran protector» de una ambigua transición, con los secretarios de Estado, Marco Rubio, y de Guerra, Pete Hegseth, supervisando las decisiones del gobierno venezolano, encabezado por Delcy Rodríguez. La presidenta en funciones es una mujer de gran valía, inteligente, íntegra, competente y dedicada, con experiencia de gestión y autoridad política y moral. Su padre, Juan Antonio, dirigente político revolucionario, murió el 25 de julio de 1976, con 34 años, torturado en las cárceles de la Venezuela democrática que presidía en esa fecha Carlos Andrés Pérez.

La responsabilidad que ahora asume Delcy Rodríguez la sitúa en un techo de cristal. Trump la ha amenazado directamente con un destino peor que el de Maduro si no satisface los intereses de Washington, que va a reabrir de inmediato su embajada en Caracas con intención de que sea más que eso, un proconsulado. Rusos, chinos, iraníes y demás tercermundistas están de más en Venezuela. La política petrolera será dictada por Estados Unidos y ejecutada por sus empresas, con inversiones multimillonarias que permitirán recuperar los niveles de extracción y exportación de antaño.

Pero la presidenta, obligada a gobernar bajo coacción, tiene que cuidar también el frente interno, el de sus compañeros de viaje; no el de la oposición emigrada o exiliada, que ha de rumiar su desencanto con el líder que, creían, iba a tender una alfombra roja a sus pies para entregarles la gobernación de un país que consideran haber ganado en las urnas. Se dice, incluso, que la CIA facilitó la salida clandestina de María Corina Machado de Venezuela, para que pudiera recoger su Nobel de la Paz en Oslo, que dedicó a Trump, porque la prefería fuera y no dentro del país.

No todos los chavistas son moderados o han digerido la situación de gravísimo quebranto de la República con la que han de lidiar. Mantener embridadas las «sensibilidades» más extremas, sin ser acusada de traición, es el otro extremo de la soga que amenaza a la presidenta. A Delcy Rodríguez se le va a exigir la cuadratura del círculo. Si alguien puede lograrla, manteniendo el decoro de la República, ahora mancillado, es ella. Si fracasa, María Corina y la tropa desigual de dirigentes de la oposición exterior tendrán su oportunidad.

Las acciones de Estados Unidos en Venezuela nos devuelven a la versión más belicosa de la doctrina Monroe, a la que se había renunciado formalmente en 2013, durante la presidencia de Obama; ahora se la rebautiza como doctrina Don-Roe, para gloria del inquilino de la Casa Blanca: vuelta al siglo XIX con armas del XXI.

Con independencia de las ambiciones que Trump albergue en un escenario global, él es el amo de América. Eso significa la abducción de la soberanía y el territorio de los Estados del continente -como un Drácula que succiona la sangre de sus vampirizadas criaturas- y se sirve de sus dirigentes como vasallos y siervos. No faltan quienes ofrecen, felices, su cuello de antemano.

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