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Opinión | El recorte

El principio del fin

Maduro con los pulgares hacia arriba, detenido por la DEA.

Maduro con los pulgares hacia arriba, detenido por la DEA.

Un buen fin no se puede conseguir con los peores medios. Este nuevo año nos trajo de regalo la caída de un dictador bananero con sangre de su pueblo en las manos. Pasó lo mejor, pero de la peor manera. Un espectacular secuestro de película, en plena Caracas, con un saldo de medio centenar de muertos en el pequeño ejército que protegía a Nicolás Maduro. Y una evacuación en helicóptero para acabar ante un juez norteamericano.

Es tentador decir quien a hierro mata a hierro muere. Que a Maduro le dieron de su propia medicina y le aplicaron su famosa operación ‘tun tun’: los siniestros golpes en la puerta que precedían al secuestro y detención de ciudadanos críticos y políticos de la oposición. Pero por mucho que Maduro haya sido un dictador criminal, le secuestró por la fuerza un país extranjero que no tenía ningún derecho a intervenir, de la manera que lo hizo, en Venezuela.

Algunos señalan a Trump y se escandalizan, pero hace tiempo que vivimos en la ley de la selva. Obama, premio Nobel de la Paz, ordenó ejecutar a Osama Bin Laden en Pakistán. Un grupo terrorista llamado Hamás, financiado con el dinero de Estados legítimos, atacó Israel causando más de un millar de muertos y los judíos, en represalia, realizaron una matanza en Gaza. Putin ordenó invadir Ucrania. ¿Por qué insistimos en hablar de derecho internacional en medio de una anarquía mundial?

La revolución bolivariana eliminó o exilió a líderes de la oposición, cerró medios de comunicación y manipuló elecciones a punta de bayoneta. Apoyado en el ejército, Maduro acabó con la independencia judicial y destruyó la democracia venezolana. Pero ninguno de esos crímenes legitima la intervención de Estados Unidos por mucho que haya sido aplaudida por la oposición y celebrada por los demócratas del mundo que pensaban –equivocándose– que la libertad regresaba a Venezuela.

Trump, ante su electorado, ha dado un golpe sobre la mesa con Venezuela. Y también con Cuba, cuya dependencia energética de los bolivarianos es casi absoluta. Pero para dejar a todo el mundo descolocado –a izquierda y derecha– está dispuesto a apoyar a Delcy Rodríguez para conducir el país durante un tiempo por ahora indeterminado. Dicho de otra manera: a Donald Trump le interesa controlar Venezuela pero no parece especialmente interesado en restituir la democracia a corto plazo.

El nuevo orden mundial, el de la ley del más fuerte, no se molesta en guardar las apariencias. Mientras la izquierda y la derecha europeas se pierden en el dédalo de su moralidad de clase acomodada, el pragmatismo empresarial de Trump, Putin o Xin Ping solo se atiene a los beneficios. Si los dirigentes bolivarianos trabajan para Estados Unidos, les permitirán seguir con la bota sobre el cuello de los venezolanos. Porque no estamos hablando de democracias y libertades, sino de estrategias y beneficios. El motor que movió a Rusia para invadir Ucrania. El que provocará que China, antes o después, acabe agrediendo abiertamente la independencia de Taiwán.

Europa necesita ser mucho más fuerte. Porque en este extraño mundo de cisnes negros, si no eres capaz de defender tu libertad, es probable que la pierdas.

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