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Opinión | Retiro lo escrito

Miguelón

Miguel Ángel González Batista

Miguel Ángel González Batista / PSOE Tenerife

A Miguel Ángel lo llamaban algunos Miguelón por lo grande y buenazo que era. Era buenazo, por supuesto, después de pasar por todas las etapas que templan y autentifican la bondad: la tristeza, la decepción, el escepticismo, el pringue de las almas sucias, la oligofrenia de los ganadores, la constatación de la maldad irreprimible del mundo. Si después de todo eso, después de traicionar y ser traicionado en un fin del mundo que se repite día a día, sigues siendo fiel a tu bondad, nada podrá destruirte del todo. Miguel Ángel González Batista, como todos los hombres bondadosos, era muy paciente, y entendía la paciencia como una oportunidad que había que darles a los demás y a uno mismo, pero a veces no era suficiente, y entonces salía un espíritu ingenioso y burlón que podía ser singularmente destructivo. Los que en su día siguieron la web Canarias Bruta, donde firmaba como Autónomo, sin duda recordarán cómo sus sarcasmos contra tarados, ignorantes y canallas ardían como piras funerarias. Eran entonces casi un veinteañero provocador y divertido, tan sarcástico y cabroncete que había que quererlo. Después se hizo un hombre más serio. A ratos, por supuesto. Solo que esos ratos eran cada vez más largos y más espesos.

Yo conocí a Miguelón en un grupo de Facebook de gente brillante, redicha y derogatoria que intercambiaban barbaridades contra adversarios y fobias comunes. Encontrabas ahí a periodistas pero también a técnicos informáticos, a un abogado, a un profesor de bachillerato, a un camarero que tocaba a Satie y citaba a Schopenhauer, a varios diseñadores gráficos y a un par de sujetos cuya identidad jamás supimos los demás. Miguel Ángel y Enrique querían averiguarlo, pero a mí y a otros casi nos parecía un sacrilegio. Las cosas estaban bien así. ¿Qué falta hacía saber los nombres y apellidos de todo el mundo? Este encuentro sardónico, digital y casi cotidiano duró años de colegueo y diversión, pero, claro, tuvo su final. Más pronto que tarde, por supuesto, fue evidente que Miguel Ángel era del PSOE, en casi perfecta soledad entre escépticos políticos, escépticos de izquierda, ya se entiende, que somos los que sufrimos más y más lo contamos. Pero nunca respondió mal frente a mis críticas a la organización socialista y sus líderes. A veces, incluso, le escuché críticas más afiladas a su partido que cualquiera de las mías. Críticas al borde de la rendición. Sus cansancios y desengaños no afectaban a su lealtad esencial a lo que todavía consideraba un proyecto político. «Hemos hecho cosas muy mal, de acuerdo, rematadamente mal algunas veces, pero casi todo lo bueno que se ha hecho en los últimos cuarenta años es gracias al PSOE». Una vez, no hace mucho, me pidió un libro de política para entender lo que les ocurría a los socialistas bajo el sanchismo, y le recomendé La isla del tesoro. Me miró son sorna: «¿Y se entera uno de algo?». «Si entiendes que Pedro Sánchez es John Silver, sí». Se rio mucho mientras me mandaba al carajo y me replicó que mucho mejor navegar con John Silver que con Marcial Dorado.

Miguelón tenía tiempo para todo y para todos: para atender a padres y abuelos, para trabajar y estudiar simultáneamente, para ayudar a los amigos y organizar tenderetes, para colaborar muy activamente con el PSOE, y no solo en tránsitos electorales. Y en ese compromiso militante con su partido no había ningún componente mercenario. Durante más de veinte años de militancia en las Juventudes y en el partido jamás persiguió ni consiguió ninguna canonjía. Cuando la continuidad de los años lo llevó a algunas listas electorales siempre fue en lugares en los que resultaba imposible ser elegido, pero no le importaba demasiado: asumía su condición de relleno. «Pero fíjate un momento», me decía, señalando su abultada humanidad, «¿dónde podrías encontrar más y mejor material para rellenar?». Una vieja tradición judía habla de diez hombres corrientes cuyas virtudes –la honradez, la bondad, la generosidad– sostienen secretamente el mundo. Ni ellos mismos lo saben. Miguelón quizás no lo sabía tampoco, pero no estoy seguro: a veces su sonrisa parecía demostrar lo contrario.

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