Opinión | A babor
El corolario Trump

Trump: "Cuba está a punto de caer"
Uno de los errores más repetidos al analizar la política exterior de Trump es reducirla al extenso y reiterativo catálogo de sus exabruptos personales. Como si todo lo que ocurre fuese fruto del capricho de un presidente impulsivo, más atento a su cuenta de True Social que a los equilibrios del mundo. Esa explicación ya no basta. Lo que está ocurriendo con Venezuela apunta a algo bastante más profundo y complejo que una política basada en un carácter volcánico. En realidad, estamos ante un cambio sustancial de la forma en que Estados Unidos entiende su papel en el sistema internacional, por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, de una forma tan descarada y obvia. No estamos ante decisiones aisladas, sino ante una estrategia próxima a las que se aplicaron en el siglo XIX y principios del XX. Y estamos también ante una nueva dirigencia, una nueva clase de gestores decididos a aplicar esa estrategia.
La Administración Trump no está dirigida por diplomáticos clásicos ni por expertos en multilateralismo, sino por gestores, asesores y secretarios procedentes de los negocios, el comercio y las finanzas. Es la irrupción del mundo del dinero en la administración, evidenciada de forma brutal con el aterrizaje de Elon Musk, el hombre más rico del mundo, en la administración Trump. Ese experimento en concreto no duró mucho: es difícil hacer convivir a dos gallos en un mismo corral, pero Musk fue sólo uno de los capitanes de empresa que hoy integran el Gobierno USA. Son gente acostumbrada a negociar desde la fuerza, a medir resultados en términos de beneficio inmediato y a concebir la política exterior como una extensión de sus balances de resultados. Esa lógica comercial impregna hoy las decisiones del stablishment cercano a la Casa Blanca. Es la misma lógica que cede el ala Este para una enorme discoteca, la que hace a Trump presentar sus decisiones al pueblo americano y el mundo desde su club de Mar-a-Lago. La lógica que considera a los países aliados como activos, riesgos o competidores.
A esa forma de entender la acción política se suma un giro ideológico reaccionario y abiertamente hostil a la multilateralidad. Trump y los suyos no creen en el orden internacional surgido tras la Guerra Mundial. Lo consideran un sistema decadente, diseñado para limitar a Estados Unidos y permitir que otros se aprovechen de su poder sin pagar el precio que cuesta mantenerlo. Frente a ese modelo, proponen otro más simple y brutal: el de la fuerza y la obediencia.
Paradójicamente, Trump llegó al poder prometiendo hacer exactamente lo contrario de lo que hace: juró que no volvería a arrastrar a Estados Unidos a guerras extranjeras, que no repetiría los errores de Vietnam, Irak o Afganistán, ni se implicaría en interminables procesos de reconstrucción nacional. Aquella promesa le dio votos: Estados Unidos es profundamente contrario a las intervenciones que sangran recursos propios. Pero una vez instalado en el Despacho Oval, Trump se ha dejado llevar por el ego. Le gusta demostrar que la tiene más grande que nadie, y –a pesar de su ridícula retórica de pacificador– ha bombardeado todo lo que se le ha puesto por delante: las posiciones hutíes en Yemen, los ataques contra el ISIS en Siria, acciones militares contra Irán, represalias en territorio nigeriano… y ahora la operación quirúrgica sobre Venezuela. Esa intervención, amparada en artificios legales, ejecutada sin contar con el Congreso y con desprecio absoluto por las reglas internacionales, es la pieza más reveladora del nuevo orden y reparto que Trump quiere imponer: Asia y parte de África para los chinos, Europa del Este para Rusia, y América desde Alaska a Tierra de Fuego para él, con el añadido de Groenlandia.
Trump no se molesta en disimular. Sólo diez horas después de secuestrar a Maduro, anunció desde Mar-a-Lago que su Gobierno gestionará Venezuela. Un protectorado de facto, dirigido a distancia, y en el que las decisiones se tomarán en Washington y las empresas petroleras norteamericanas marcarán el ritmo de lo que se debe hacer. Los líderes locales obedecerán o "lo pagarán muy caro".
En su política –la nueva política del poder americano– no hay ambigüedad. Tampoco pudor alguno: Trump reconoce sin rodeos que el petróleo es lo que da sentido al asalto, y Maduro resulta ser la excusa perfecta. La incursión y retirada de Venezuela es un experimento de laboratorio, con el que su Gobierno ensaya la nueva visión del mundo. Una visión en la que Estados Unidos es la potencia hegemónica natural del continente americano y ningún otro actor puede disputar ese dominio. Es el regreso explícito de Hispanoamérica como patio trasero de Washington. La reescritura sin complejos de la nueva política del Gran Garrote. Pero Trump no es Teodoro Roosevelt. Ni el mundo de hoy es aquél. Hoy es infinitamente más complejo y peligroso. Y hace cinco décadas que Estados Unidos no logra dar en el clavo.
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